Ayer, sábado, a las 2 de la tarde. Una chica camina por 2 casi 49 y diagonal 77. Van dos jóvenes en una moto; uno se baja, la amenaza y el roba el celular. Huyen a toda velocidad en dirección al Bosque. Unos pocos testigos ocasionales miran la escena con indignación e impotencia. La chica tiembla; queda al borde de un shock.
Este es uno de los tantos robos que “no existen”. No se denuncian (la chica cree, seguramente, que ir a la comisaría no tendría el menor sentido y le complicaría más las cosas) y casi nunca son noticia. Son robos “naturalizados”. Ocurren todo el tiempo, a cualquier hora, en cualquier lado.
No figuran en ninguna estadística; no se cuentan más que en el ámbito familiar; no se registran. Pero dejan en miles y miles de víctimas una angustia indescriptible; un sentimiento de impotencia e indefensión y, paradójicamente, la extraña sensación de haber sido “afortunados”. Después de todo, sólo los amenazaron y les robaron el celular. No los mataron; no les clavaron un cuchillo; no les pegaron un balazo. Son robos que “no existen”
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