Fue una de las fiestas de cumpleaños que mayor atención ha recibido en los últimos tiempos tanto de las revistas del corazón como de la prensa en general. Seis ex presidentes entre otras personalidades se reunieron el lunes último en el Hotel Villamagna de Madrid para celebrar los 80 años de Mario Vargas Llosa. Y cuentan que al momento de la torta no hubo entre los cuatrocientos invitados quien no celebrara, por verdadero, un brindis en particular, el de su hijo mayor. “Mi padre –dijo Alvaro alzando su copa- es como un Rolling Stone”.
En la mesa principal, el escritor peruano, recibió el halago de la mano de su nueva pareja, la siempre bella Isabel Preysler, quince años menor, y cuando acaba de recibir un reconocimiento literario que él mismo reconoció que valora más que el Nobel: la reciente edición de su obra en la mítica colección de La Pléiade de la editorial Gallimard, un honor que sólo han recibido en vida dieciséis autores antes que él.
En un momento de absoluta plenitud tanto en el plano de los sentimientos como en el intelectual, a sus 80 años Vargas Llosa encarna un ideal que, sin dejar de ser admirable, cada vez resulta más común: el ideal de que la vejez depara para quienes salen a buscarlo un mundo de nuevos desafíos, proyectos y conquistas no menos movilizadores que en la juventud.
El fenómeno, que tiene en Vargas Llosa un ejemplo inspirador, comienza a ser estudiado cada vez con mayor atención por psicólogos y sociólogos. Alexandre Kalache, responsable durante 14 años del Programa de Envejecimiento de la Organización Mundial de la Salud, lo bautizó como “gerontolescencia”, un término que lo describe muy bien. Y es que de la mano de una mayor calidad de vida, este nuevo modelo de envejecimiento ha llevado a que un creciente porcentaje de octogenarios no sólo emprendan búsquedas en cierto modo similares a las de la adolescencia sino que alcancen además metas impensables hace unas generaciones atrás.
romance y escandalo
Al margen de los reconocimientos, lo que resulta quizás más admirable en el caso de Vargas Llosa es su búsqueda de algo más. Cualquier autor que haya cosechado tantos premios como él (el Príncipe de Asturias, el Nobel, el Cervantes y el Rómulo Gallegos, entre otros) podría a su edad descansar en sus fórmulas de éxito; cualquier marido con cincuenta años de casado vería en el divorcio una molestia más que una alternativa hacia una relación mejor.
Tras medio siglo de matrimonio con Patricia Llosa, con quien tuvo a sus tres hijos, el escritor inició el año pasado una relación con Isabel Preysler, la ex mujer del cantante Julio Iglesias y una figura de la alta sociedad española, lo que lo convirtió en blanco de las revistas del corazón y lo dejó expuesto a una fama mediática que no ha dejado de cebarse con él.
Lo cierto es que, aunque nunca tan pública, su vida sentimental siempre fue torrentosa. En 1955, cuando todavía era menor de edad, se casó con su tía política Julia Urquidi (quien le inspiró “La Tía Julia y el escribidor”) y una década más tarde la abandonó por una adolescente que ambos habían acogido en su casa de París: su propia prima y futura madre de sus hijos, Patricia, de quien se acaba de separar.
Su fiesta por los 80 años, donde estaban muchos amigos que lo son también de su ex mujer, fue el primer gran acontecimiento público al que asistió con su actual. Y en ella no dudó en declararle su amor: “Te agradezco que hagas que cada día sea mejor que el anterior. Contigo descubrí que la palabra felicidad tiene nombre y apellido: Isabel”, le dijo desde el atril. Ella por su parte no perdió tampoco oportunidad de halagarlo frente a los invitados: “si está hecho un chaval… y siempre en actividad”.
“cinco esquinas”
Unico sobreviviente del Boom Latinoamericano -aquel mítico grupo integrado por Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, José Donoso y Octavio Paz, Vargas Llosa no sólo se mantiene activo como autor sino que continúa entendiendo a la escritura de novelas como “un acto de rebelión contra la realidad”. Fruto de ese espíritu es de hecho “Cinco Esquinas”, su última novela, que fue lanzada hace un mes por la editorial Alfaguara y que figura entre las más leídas en las últimas semanas en español.
En “Cinco esquinas”, una suerte de mural de la sociedad peruana de los años noventa que viene a ser la décimo octava novela de Vargas Llosa, se advierte en la trama un profundo sarcasmo hacia la prensa amarillista, la misma que en España lo ha venido hostigando durante los últimos meses por su nueva relación.
“Siempre se pensaba que el periodismo podría estar amenazado por el poder político, por el militar o el económico, pero nadie hubiera pensado que el periodismo podría estar amenazado por la frivolidad, por el periodismo irresponsable o chismográfico, que es la forma representativa de esta época –comentó en una reciente entrevista el escritor- . El peligro viene desde dentro del periodismo empujado por una necesidad de un público cada vez más interesado en el entretenimiento que en la información. Se acabó esa frontera: el amarillismo y el entretenimiento han pasado a ser los valores dominantes”, agregó.
Pero “Cinco esquinas” es también feroz descarga de Vargas Llosa contra el Perú de Fujimori, aquella sociedad obsecuente amenazada por los servicios de inteligencia donde la violencia guerrillera se entremezclaba con la corrupción institucional, el periodismo amarillo y la miseria moral. En suma, una prueba más de que así de activo como se lo ve en el plano emocional y literario, tampoco en el político ha perdido Vargas Llosa el ímpetu de su juventud.
Gerontolescencia
Pero, cómo describir esa actitud que sin duda no es patrimonio exclusivo de Vargas Llosa sino que comienza ser más común entre la gente de su edad. Alexander Kalanche la bautizó hace unos años con un concepto algo estrafalario que con el paso del tiempo parece cada vez más acertado. “Gerontolescencia es una palabra rara, es verdad, pero también lo era hablar de la adolescencia en los años cincuenta porque la gente no estaba acostumbrada, y ahora hablar de esa construcción social que se fue consolidando poco a poco es de lo más normal”, explica en una entrevista el ex responsable del programa de Envejecimiento de la OMS y él mismo un adulto mayor.
De la mano de los avances de la medicina “cada vez hay más gente cronológicamente vieja, pero funcionalmente joven. Hace unos años, la gente se jubilaba y un par de años después se moría, pero ¿ahora?, ya las cosas no son así. ¿Pretendemos que las personas se pasen tejiendo bufandas durante treinta años?. En mi caso estoy activo, sigo trabajando, viajo, participo en la sociedad, sigo adquiriendo conocimientos… ¿Cómo puedo envejecer como mi abuelo? Viejo es un término que no me describe”, asegura Kalanche en coincidencia con muchos de su generación.
“Es cierto que existe una cuestión cuantitativa relacionada con el hecho de que cada vez hay más gente que alcanza una mayor edad, pero a su vez hay una generación de adultos mayores que, al gozar de una buena calidad de vida, hoy está construyendo una nueva forma de envejecer. Este nuevo modelo, que no encuentra precedentes, se caracteriza por el deseo de mantenerse activos y buscar nuevas experiencias más allá de la edad”, explica la psicóloga Marina Canal.
Especialista en gerontología, Canal señala que “además de poner en cuestionamiento la idea de que la vitalidad es algo exclusivo de la juventud, esta nueva forma de envejecer muestra que la capacidad de proyectarse tampoco tiene edad. Porque lo cierto es que las búsquedas que encaran hoy muchos adultos mayores no tienen que ver exclusivamente con asignaturas pendientes, como se suele creer”.
“En este sentido –dice Canal- el concepto de gerontolescencia que ha comenzado a aplicarse para describir el nuevo modelo de envejecimiento resulta acertado porque, al igual que en la adolescencia, se advierte en la adultez la búsqueda de una nueva identidad. El proceso de envejecer nos lleva a preguntarnos también quiénes somos o quiénes queremos ser. Y aunque en sus principios la psicogerontología se planteaba que las personas envejecían como habían vivido; hoy parece estar cada vez más claro que no es necesariamente así, que la noción del cambio y la novedad están presentes a cualquier edad”.
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