ALICIA PARONI
Médica Psicolanalista, especialista en psiquiatría y pisocología pediátrica
El consumo de sustancias para evadir la realidad y calmar el malestar acompaña al hombre desde el principio de la humanidad. Desde antes del vino bíblico cada cultura tiene sus sustancias. Y desde los inicios de los tiempos todos como hijos, padres, hermanos o amigos lidiamos con eso. Tanto es así que desde hace pocos años se cambió el paradigma clásico con el que se nombraba al consumidor como adicto, por el concepto de consumo problemático de sustancias psicoactivas. Es decir que no es el consumo en sí mismo el problema, sino cuando éste se vuelve un problema para el sujeto, para la vida, para su entorno. Pero como de la nada no vienen las cosas, con lo que hay que lidiar verdaderamente en estos tiempos es con lo desregulado del capitalismo que, sobre una acción humana milenaria como el consumo de sustancias, construye un negocio despiadado y mortal. Sin límites, como es el discurso capitalista, y por eso le pueden vender drogas a los niños o drogas mortales de síntesis a cualquiera, sin importar si extinguen al cliente, pues en el centro no está el sujeto sino el dinero. Y como todo negocio despiadado necesita de inescrupulosos que hagan la vista gorda, que habiliten al “sin límites”. Por eso es que si en este contexto surge la pregunta inevitable en los ámbitos sociales de si esta situación tiene que ver con formas de crianza o enfermedades mentales la respuesta es no. Esto excede ampliamente a los padres, a la familia. Es una cuestión ideológica, de la sociedad en su conjunto que no puede aceptar la responsabilidad que le atañe. Nos espantamos frente al consumo de drogas que hacen los jóvenes pero nos reímos de la publicidad del banco que crea la necesidad de consumir, por ejemplo, un sacón, aunque ya tenga de todo. Y no nos horrorizamos cuando un yogur para niños viene “con energía” para sacar la “pachorra”, pero sí cuando un joven compra una latita de energizantes.
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