Por PEDRO GARAY
MECANICA POPULAR, de Alejandro Agresti.- De repente, Alejandro Agresti se fue. Hombre inquieto que se mudó de adolescente a Holanda (desde donde pergeñó “El amor es una mujer gorda”, éxito inaugural de su carrera), el cineasta filmó entre Argentina, España y los Países Bajos durante buena parte de su trayectoria, pero siempre con la mirada puesta al sur. Hasta que, tras “Valentín”, estrenada en 2002, al cineasta le llegó el canto de la sirena de Hollywood.
En California, Agresti filmó con Sandra Bullock y Keanu Reaves la romántica “La casa del lago”, remake de una cinta asiática, para luego dedicarse a escribir guiones y, también, tomar un respiro de una carrera que había dado, en 25 años, casi una veintena de filmes.
Pero los artistas nunca paran de crear y, tampoco, de volver siempre a las mismas inquietudes y al mismo punto de origen. Argentina es el centro de las obsesiones de la filmografía de Agresti, que adelantó la década del 90 en “El amor es una mujer gorda” y retrató a una generación porteña en “Buenos Aires Viceversa” y “Una noche con Sabrina Love”: por ello, el director nacido en San Cristobal volvió más de una década después para entregar dos películas, “Mecánica popular” y “No somos animales”.
BURGESIA Y LACAN
La primera de ambas, que se estrenó esta semana en las salas locales, retrata mediante una interpretación grandiosa de Alejandro Awada el “esnobismo intelectual porteño”, afirma su director: “Hay gente que se viste con un traje Armani y otra gente se viste con libros. Eso es lo que le pasa a Zavadikner (Awada), del que en el barrio se podría decir que es un burgués intelectual, un tipo que en vez de comprarse un Mercedes se compró libros”.
Sin embargo, Agresti afirma que quiso realzar, y no criticar cínicamente, el valor de las palabras: “Todavía siento en mí la estúpida y adolescente pasión por los libros, y combinarlo con el cine me hace profundamente feliz”, asegura el director, que hace transcurrir su cinta en una editorial, una noche fatídica donde el dueño de la empresa contempla el suicidio y recibe la visita sin aviso de una novelista joven y desesperada, también al borde de quitarse la vida.
La película está construida sobre esta dualidad: el guión, que asfixia con sus climas y su ametralladora de conceptos, hace debatir al cínico protagonista, a la joven suicida y a un sereno representante de cierto “sentido común”, sobre el valor de la filosofía, la ficción, la estética y, sobre todo, el psicoanálisis, lo cual resulta en una crítica a la visión de mundo de una generación que construyó al país más psicoanalizado del mundo y que, reflexiona Awada en torno a una línea de la película, “tiene que ver con quitarnos la culpa como sociedad de lo que nos sucedió en los 70”.
Pero, cuenta Agresti, y lo que busca la cinta “no es bajar línea. La película no quiere cerrar, es cubista: te va dando vuelta, a través de las ideas, las percepciones. La idea era que el público no tuviera ideas concluyentes, sino que conseguir que la película les moviera cosas. Para eso está el cine”.
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