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Más que guardar, hay que saber tirar

Más que guardar, hay que saber tirar

Por Redacción

Por ALEJANDRO CASTAÑEDA

Mail: afcastab@gmail.com

“El arte de perder se domina fácilmente/tantas cosas parecen decididas a extraviarse/que su pérdida no es ningún desastre”, dice la poeta Elizabeth Bishop. Su alegoría parece coincidir con los postulados de la japonesa Marie Kondo, que aconseja no encariñarse con las cosas y aprender a tirar lo que sobra. Marie desarrolló su teoría en un libro que se llama “La magia del orden”, que es en estos momentos el segundo más vendido en la Feria del Libro, un texto de autoayuda que le ha permitido convertir sus obsesiones en un método para organizar espacios llamado “KonMari”. Su territorio es el hogar y la clave, nos dice esta exitosa tiradora, es “descartar y organizarlo por completo y de un tirón”. Arrojar el enorme lastre que llevamos y que nos pesa. Descargar para poder recargarse. Llegar a la felicidad desde lo desechable.

No hace campaña contra el derroche sino contra los guardadores. Marie cree que por su afán acumulativo el hombre al final es esclavo de esas cosas. “La organización tiene que empezar con la eliminación. Necesitamos ejercer el autocontrol y evitar guardar lo que sobra”. Y propone liberar objetos con un mandato muy simple: “dejar ir”.

Toda posesión tiene ocultos intereses. En uno de sus relatos, Rosa Montero contó que una vez vio un hombre al que un incendio lo había dejado sin nada. Tenía sólo lo que llevaba encima. “Estaba desolado, incrédulo, sumido en la desesperación… De pronto se detuvo, carraspeó y añadió con cierta timidez: ´Aunque debo decir que en ese momento de desolación también sentí otra cosa… Fue muy raro, pero también me sentí libre. Ligero”. Y añade la escritora española: “Recuerdo sus palabras porque me chocaron: yo era joven y no sé si por entonces sabía lo mucho que puede llegar a pesar la propia vida”.

¿Quién no ha sentido alguna vez el deseo de liberarse de uno mismo? En algunos momentos se sueña con poder desaparecer, alcanzar esa nada primigenia donde todo estaba por empezar. La japonesa da por sobrentendido que el hombre precisa vaciarse cada tanto, ponerse a nuevo otra vez, revisar los estantes y dejar la casa interior limpia de contenidos

¿Quién no ha sentido alguna vez el deseo de liberarse de uno mismo? En algunos momentos se sueña con poder desaparecer, alcanzar esa nada primigenia donde todo estaba por empezar. El credo ordenador de la japonesa da por sobrentendido que el hombre precisa vaciarse cada tanto, ponerse a nuevo otra vez, revisar los estantes y dejar la casa interior limpia de contenidos.

Aunque la vida enseñe a perder y descargar, no siempre lo que decidimos expulsar termina yéndose de nuestro lado. Por eso atrae mucho público, en Croacia, el Museo de los fracasos sentimentales, una galería de descartes amorosos. La idea es que los restos de un amor que no fue vayan a un pozo donde entre olvidos y distancia el sufriente se pueda sentir aliviado, con menos peso y reproches.

Todo cabe en esas vitrinas. Los enamorados exorcizan su fracaso a través de estos donativos que cotizan el precio de su decepción. Son tristones que por fin se han decidido embolsar y mandar sus frustraciones a un reservorio donde duelan menos. El Museo es un vaciadero donde muchos sueños terminan asumiendo que no son otra cosa que un desecho al que hay que arrojar al olvido para que no ocupen un lugar que no merecen.

Esta semana, el escritor mexicano Juan Villoro contaba en una nota del diario El País que “hace unos días me reuní con los organizadores de Fuck Up Nights, movimiento dedicado al fracaso, creado por jóvenes arquitectos. Ante la dificultad de edificar proyectos con contenido social, decidieron convertir su frustración en proyecto, con tan buenos resultados que su festival ya se reproduce en más de 100 ciudades”. Y allí amontonan como los enamorados de Croacia, iniciativas que se quedaron en el camino y que en vez de perpetuarse, como carga ineludible, piden ser expulsadas. Y añade a manera de consuelo: “Pocas cosas resultan tan exitosas como hablar del fracaso”.

Sin querer, Villoro da una vuelta en torno a ese museo que está hecho de cosas que naufragaron y que, hartas de pelear en un mundo que sólo exige victoria, nos recuerdan que las pérdidas son parte de nuestro más sentido l patrimonio. Desde esos despojos, el Museo dialoga con cada visitante y obliga a los curiosos a tener que enfrentar sus amores perdidos y sus sobrantes. Su catálogo habla de historias que han sido tiradas pero no olvidadas.

Kondo tiene 30 años y se dedica a ordenar desde hace una década. Su palabra mágica es “soltar”. Para ella, perder es ganar. Es un minimalismo sanador que aspira a convertir las privaciones en ganancias. Arrojar sobras, ordenar y limpiar esos armarios donde nos guarecemos, es distraerse de las exigentes obligaciones del vivir. Marie aconseja ordenar para tener el alma en paz y sin disturbios. Su método bien reciclado puede enseñarnos a reflexionar sobre lo hay que conservar y lo que hay que desechar, un manual de desperdicios y valoraciones que le podrán dar al usuario su verdadera espesura.

Marie Kondo aconseja no encariñarse con las cosas y aprender a tirar lo que sobra. Su libro, “La magia del orden”, se ha convertido en un suceso internacional. Su territorio es el hogar y la clave: “desechar y organizar por completo, pero de un tirón”. Arrojar el enorme lastre que llevamos y que nos pesa. Descargar para recargarse

Para la japonesa, descartar cosas es una forma de ordenar y también de aspirar a un reciclaje con menos cargas sobre las espaldas. Por eso machaca con ese “dejar ir”. Toda una moraleja que vale tanto para el altillo como para el amor. “Dejar ir” es asumir que toda posesión es inestable y que el fantasma de las pérdidas siempre nos ronda. Mal o bien, voluntariamente o no, la vida enseña a pactar y a ordenarse a través del desapego. Y volvemos a Bishop: “El arte de perder se domina fácilmente/tantas cosas parecen decididas a extraviarse…”.

En estos días de bultos y limpieza, de búsquedas y escondites, más de uno sufre, no por lo que tiró, sino por lo que guardó y no pudo eliminar.

(*) Periodista y crítico de cine

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