La detención de Lázaro Báez es mucho más que la detención de un empresario que hizo enormes y oscuros negocios con el Estado. La detención de Báez es un símbolo del vertiginoso desmoronamiento del sistema de poder que construyó el kirchnerismo.
No hay muchos que simbolicen tan nítidamente la década K como lo hace Lázaro Báez. No es el único símbolo, por supuesto. Pero es -por su íntima cercanía con el ex matrimonio presidencial; por su esencia de “pingüino” histórico y por la matriz de su impresionante crecimiento económico- una especie de ícono kirchnerista.
En los momentos de mayor intimidad familiar, Lázaro estuvo pegado a los Kirchner. Y no es una metáfora. Compartió con el ex presidente la última cena, la noche en que se descompuso y murió en El Calafate. Estuvo al lado de Cristina en la ceremonia fúnebre (allí donde no llegaban ministros ni muchos familiares). Fue el encargado de construir el mausoleo en Río Gallegos. La relación de Báez con los Kirchner fue, en definitiva, una relación de familia. Por eso hizo un ruido especial la declaración de Alicia Kirchner -la actual gobernadora de Santa Cruz- cuando dijo, hace pocos días, que su familia jamás tuvo ningún tipo de sociedad con Lázaro Báez. Esa afirmación -al mismo tiempo que Ricardo Echegaray decía por televisión que Báez iba a terminar preso- desnudaría un quiebre sin retorno entre Báez y los Kirchner.
En los pasillos de Comodoro Py, donde conocen detalles de la causa que acaba de llevar a Lázaro a prisión, coinciden en una conjetura: “todo parece indicar que creyeron que el poder no se iba a terminar nunca. Y ni siquiera creyeron necesario poner los papeles en orden”. Quizá ahora no lo puedan creer.
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