Año tras año se ha puesto de relieve en esta columna la importancia de la Feria del Libro que se realiza en la ciudad de Buenos Aires, en un encuentro que se viene repitiendo sin interrupciones desde hace 42 años, en lo que resulta ser la feliz reiteración de una de las citas culturales más importantes de América, valorada además por por países de Europa y de otros continentes, en cuyo transcurso intervendrán principales escritores de la literatura mundial, se conocerán las últimas novedades literarias y se abrirán múltiples escenarios para la creatividad y el pensamiento libre.
Pero más allá de la valoración intrínseca que corresponde formular hacia la organización y desarrollo de una muestra que, en esta edición, convocará la presencia de más de 2.500 stands expositores, la Feria del Libro representa, asimismo, una suerte de dinámica referencia para exaltar el imprescindible aporte que brinda la lectura en la formación de las personas, especialmente en las más jóvenes. De sobra se conocen algunos resultados negativos que los estudiantes argentinos vinieron obteniendo en las últimas evaluaciones internacionales realizadas, inclusive en la materia de comprensión de textos.
Hace dos años se valoraban en esta columna los talleres que realizaban docentes y bibliotecarios de nuestra ciudad, con la finalidad prioritaria de convertir a la lectura en un instrumento que mejore la formación, la integración y la convivencia escolar.
Según se aseguró entonces, la búsqueda de más lectores entre los jóvenes alumnos, incluida en el llamado plan provincial de lectura, formaba parte esencial de las etapas de formación de los docentes y los alumnos bonaerenses. En ese sentido correspondería aludir al trascendente rol que cumplen las bibliotecas populares que nunca dejan de presentarse como puertas de acceso al estudio y al enriquecimiento espiritual que brindan los libros, pero ahora dotadas de los nuevos soportes tecnológicos que hoy resultan ser auxiliares indispensables para ese proceso.
Talleres de lectura, visitas guiadas para pequeños en edad escolar, charlas vinculadas a libros de rock o a historias que revisten un gran atractivo para los jóvenes, ferias barriales de libros, difusión de videos documentales, aprendizaje para la utilización de citas bibliográficas -muchas de ellas obtenidas en Internet- forman también parte de los renovados servicios de las bibliotecas populares. Existen también otras positivas experiencias, como la que resultó ser la Feria del Libro Infantil, que en sus primeras ediciones en el pasaje Dardo Rocha convocó a miles de asistentes.
Pero al margen de estas y otras realidades que pueden ser muy positivas, siempre resultará esencial el aliento a la lectura que se imprima en las escuelas y en la forma más temprana posible. Pese a la vigencia de condiciones en principio negativas, a la evidencia de que el 33 por ciento de nuestra pobleción nunca pudo acercarse a un libro y a las circunstancias desventajosas en que operan los editores nacionales para competir frente a los colegas extranjeros, el libro como tal sigue captando el interés de muchísimas personas y siempre será, para los niños, el mejor umbral hacia la madurez, acaso también por ser instrumento de un acto de aprehensión individual que determina la conciencia de los valores del hombre, empezando por el de la libertad.
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