Cualquier cosa que se diga resultará insuficiente. No hay manera de definir ni describir el extremo más absurdo de la violencia. La muerte de Néstor Soria muestra en su peor dimensión la sinrazón de una agresividad atroz con la que debemos convivir.
¿Cómo explicar que a un joven de 34 años que volvía de trabajar en un kiosco, casi a las 12 de la noche, le arrojaron una piedra desde una esquina cualquiera cuando estaba arriba del micro? ¿Y que lo hicieron con toda fuerza criminal, al punto de haberlo matado con el golpe?
Ya ni siquiera es para robar. Matan por matar. Matan porque sí.
A ese extremo han llegado las cosas en La Plata.
Esto ocurre al mismo tiempo que nadie puede explicar cómo un policía “raso” vive en un country, a todo lujo, y alquila una casa por 40 mil pesos mensuales. Esto ocurre mientras encuentran sobres con plata en la Departamental que, aparentemente, serían la prueba concluyente y categórica de una “caja negra” que alimenta la Policía con cobros ilegales.
Desolación y estremecimiento. Eso es lo que provoca la muerte de un laburante que apedreado por la sinrazón. Le arrebató la vida una violencia descontrolada que ha germinado en muchos barrios de la Región mientras la Policía atiende su juego.
Por supuesto, se podrá decir -y con razón- que el problema es mucho más profundo; y de hecho, lo es. Pero no pueden desligarse las imágenes de estos días. Aunque parezca arbitrario, los sobres de la “caja negra” de la Policía explicarían, de alguna forma, la podredumbre en la que un muchacho pierde su vida por la violencia sin control.
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