Acicateada por los chicos de la casa, que la bombardeaban con recomendaciones ecológicas, la señora tomó con seriedad y responsabilidad la tarea de separar residuos en su domicilio. En su cocina, durante los últimos tres años, eran religiosamente respetados los dos tarros de basura. Negro y verde. Lo que primero se instauró casi como una imposición de los purretes, terminó siendo regla inquebrantable. Todo envase plástico era lavado y depositado en el tacho verde sin etiquetas. Los mismo los frascos de vidrios. A las botellas de gaseosa, se le quitaban las estiquetas. Los papeles y cartones, iban a parar al mismo tacho verde, sólo si estaban limpios.
Llegó, incluso, a convencer a los vecinos de su cuadra de seguir el ejemplo.
Parecía que la batalla estaba ganada. Hasta que cayó en la cuenta que lo de los camiones recolectores diferenciados formaban parte del pasado. Ahora, dice, se ahorra la compra de bolsas verdes. “Salían un dineral”, se justifica.
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