Un delgado hilo se habría cortado en la frágil relación entre el Gobierno y el Papa Francisco. Así lo evalúan, al menos, varios analistas que observan dificultades, distancias y cortocircuitos en ese vínculo siempre sensible para la dirigencia argentina.
La próxima visita de Hebe de Bonafini al Vaticano para un encuentro con el Papa que todavía no se sabe qué marco y características tendría, ha potenciado los interrogantes sobre los gestos del Pontífice hacia la administración de Macri y sobre su posición -si es que la tiene- en el tablero político de nuestro país.
El Gobierno, que hasta ahora había optado por disimular las diferencias y la frialdad, dio ayer un paso llamativo. El jefe de Gabinete, quizá el hombre más influyente del equipo del Presidente, escribió una carta en Facebook en la que dice “entender” a quienes se sientan ofendidos o indignados por el hecho de que el Papa vaya a recibir a Bonafini.
En la carta titulada “El Papa y Hebe”, Peña aseguró que “hay mucha gente que se sintió ofendida o indignada porque el Papa Francisco va a recibir a Hebe de Bonafini”.
“Los entiendo. No la conozco personalmente a Bonafini, pero es difícil encontrar otro argentino que haya sido tan agresiva y ofensiva contra todo aquel que pensara distinto que ella”, afirmó Peña.
El jefe de gabinete aseguró que “la división y la confrontación nos ha enfermado”. Pero va más allá: “También muchos sienten que son demasiados gestos para un lado y pocos para el otro”, asegura el funcionario, en una aparente alusión a las fotos del Papa con dirigentes kirchneristas y la relación tensa con el Gobierno actual.
Después matiza sus afirmaciones y hace una sugerente comparación: “Creo que más allá de las cosas que nos gusten o no, debemos entender que la tarea del Papa es espiritual y evangélica, no política partidaria”.
“Recordemos que Juan Pablo II visitó en la cárcel a quien lo intento matar. O que Mandela se juntó con quienes lo tuvieron preso y mataron a su gente durante décadas. Y son ejemplos que sirvieron a toda la humanidad. Podemos estar en desacuerdo con cualquier acción del Papa, pero cuidémoslo más”, remató Peña.
Bonafini ha tenido posiciones radicales contra el cardenal Bergoglio y llegó a encabezar un acto de violencia en la Catedral Metropolitana. Luego giró, pero en un momento hasta habló de “poner condiciones” para una eventual reunión con el Papa.
Al mismo tiempo que el Jefe de Gabinete publicaba la carta, Macri recibía en Olivos a la cúpula del Episcopado: monseñor José María Arancedo, monseñor Mario Poli y monseñor Carlos Malfa, presidente, vicepresidente primero y secretario general de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), respectivamente (ver información en pág. 5).
En todos los ámbitos políticos, se leía como un gesto conciliador del Presidente en un contexto en el que empieza a “hacer ruido” la relación del Papa con el Gobierno. También como una señal de los obispos hacia Macri.
La visita de los obispos a Olivos no sólo se produjo mientras se discute públicamente la visita de Bonafini al Vaticano. Otro dato activó alertas y especulaciones: El cura Eduardo de la Serna, coordinador de Opción por los Pobres, un grupo de sacerdotes al que se identifica como cercanos al Papa y a Cristina Kirchner, llegó a decir que “si tiene dignidad, Macri debería renunciar por el escándalo de Panamá Papers”.
UN CONTEXTO COMPLICADO
No son datos aislados. Apenas resultó electo Presidente, se empezó a hablar de una aparente frialdad del Papa con Macri. No llamó para felicitarlo ni hizo declaraciones públicas sobre el triunfo de Cambiemos.
El Pontífice -a quien el mundo le reconoce un inmenso liderazgo internacional y un rol decisivo en procesos históricos de reconciliación y pacificación- recibió a Macri varios meses después de su asunción y por un pedido del Presidente. En aquel encuentro se notó una frialdad que el Gobierno negó en aquel momento. Fue una reunión breve, protocolar, sin efusividad ni aparente calidez. Contrastó con encuentros más “generosos” y “especiales” que el Papa había mantenido con Cristina Kirchner durante su presidencia.
“Nos hubiera gustado ver una sonrisa del Papa”, confesó un tiempo después, en una entrevista televisiva, la vicepresidenta Gabriela Michetti, quien había tenido un vínculo privilegiado con Bergoglio cuando era Arzobispo de Buenos Aires.
Pero después hubo otro gesto del Papa que enrareció de alguna forma la relación. Fue cuando le envió un rosario a Milagro Sala, detenida por graves acusaciones sobre presunta corrupción y duramente enfrentada con los nuevos gobiernos nacional y jujeño.
A todo eso parecería haber aludido Marcos Peña cuando hizo referencia a “demasiados gestos para un lado y pocos para el otro”.
Antes de que hablara un funcionario del Gobierno, fue Elisa Carrió la que hizo punta con cuestionamientos al Papa por su presunto rol en el tablero político argentino. Carrió, que también había tenido una relación especial con el cardenal Bergoglio, fue dura en sus afirmaciones contra el Pontífice. Aunque no es una vocera del oficialismo, su voz resuena desde la órbita de Cambiemos.
¿Por qué se ha llegado a este distanciamiento? ¿Hay algo del nuevo Gobierno que ha molestado al Papa? ¿Francisco impugna la política de Macri? ¿Hay, efectivamente, un posicionamiento del Papa frente a la política doméstica?
Son preguntas que no tienen una respuesta nítida. En principio, no hay un conflicto visible. No hay una determinada acción de gobierno o posición del oficialismo que choque contra principios o posiciones de la Iglesia o de la máxima autoridad del Vaticano. Pero los gestos ya parecen demasiado coincidentes como para pasar inadvertidos.
En un agitado contexto político, la posición del Papa argentino, o la lectura que se haga de sus gestos o señales, nunca son un dato intrascendente.
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