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De Liverpool a La Plata

Por Redacción

La historia de su éxito es bien conocida. Pero, ¿cómo fueron los años iniciáticos de McCartney en las calles de su ciudad natal?

Por

Nicolás Isasi

Hablar de Sir James Paul McCartney es pensar en música, creación y originalidad. Su talento musical cultivado desde pequeño lo ha llevado a ser un multiinstrumentista de grandes capacidades, tanto para la composición como para la interpretación, logrando cautivar audiencias del mundo entero. Desde la primera trompeta regalada por su padre que luego fue cambiada por una guitarra, Paul forjó una amistad musical durante los encuentros que mantenía en la casa de un joven pero gran guitarrista de apellido Harrison, donde pasaba las tardes tocando y aprendiendo por amor al arte.

“Paul era muy bueno con los acordes más difíciles. Debo admitirlo. Aunque después de un tiempo, nos pusimos a tocar juntos canciones de verdad, como “Don’t You Rock Me Daddy-O” y “Bésame mucho”. Paul me sorprendió especialmente por su manera de cantar; aunque recuerdo que él se avergonzaba un poco de cantar a viva voz, ya que estábamos en medio del salón de mis padres, con la familia entera que pasaba. Él decía que se sentía raro cantando sobre el amor con mi padre por allí. Debíamos de ser todo un espectáculo” afirmaba un maduro George Harrison sobre su amigo.

Al poco tiempo, fue otro futuro amigo de apellido Lennon quien lo invita a unirse a su grupo “The Quarrymen Skiffle Group”. La primera actuación de Paul con los Quarrymen fue el 18 de octubre de 1957 en el New Clubmoor Hall de Liverpool, y en sus propias palabras “esa noche fue un desastre porque tenía las uñas largas y la cagué con el solo de Guitar Boogie Shuffle, que es una de las cosas más sencillas de tocar que hay en el mundo. Eso sólo fue lo que me decidió a no convertirme nunca en guitarra solista”.

Así comenzaron los ensayos con John, donde recorrían las casas de amigos para aprender nuevos acordes. “Nunca tocamos la guitarra dentro de casa de Mimi (tía de Lennon). Si no íbamos a casa de Julia (madre de John) y nos quedábamos allí, entonces ensayábamos frente a la puerta principal en el porche de cristal. John me contó que Mimi lo mandó afuera el primer día en que el trajo la guitarra a casa, a causa del ruido. Aunque a él no le importaba: le gustaba estar en el porche, ya que el sonido de las guitarras reverberaba muy bien en el cristal y los ladrillos” decía Paul sobre esa época en la que fue afianzando su manejo no solo de la guitarra, sino de la voz, el piano, y más adelante, en su paso por Alemania, llegaría ese mítico bajo Hofner con forma de violín, que tocado del lado izquierdo ya es sinónimo de rock and roll.

“Stuart Sutcliff abandonaba el grupo y quería quedarse en Hamburgo, así que debíamos buscar un bajista. Y fui elegido –o más bien debería decir soportado– como bajista. Stuart me prestó su bajo, así que dejé el piano y me puse de nuevo en primera fila para tocarlo, aunque, claro, lo tocaba invertido. Creía que me las arreglaría así”, reía Paul al narrar su desembarco en el bajo.

Luego, tendría uno propio: “Adquirí mi bajo Hofner en la tienda Steinway del centro de la ciudad. Recuerdo que pasé por allí y vi ese bajo que era bastante barato, costaba en marcos el equivalente a 30 libras o así; mi padre siempre nos había insistido en que no nos endeudáramos, porque no éramos tan ricos. John y George se endeudaron fácilmente para tener unas hermosas guitarras: John tenía una Club 40 y George una Futurama –que es como una imitación de Fender– y más tarde varias Gretsch. Luego John tuvo Rickenbackers. Ellos no tenían reparos en comprar en cuotas, pero a mí me lo habían machacado tanto, que no quería arriesgarme. Así que compré un bajo barato. Y fue comprarlo y enamorarme de él”.

CINCO DECADAS

Paul supo componer para todo tipo de instrumentos, en todo tipo de situación y para todo tipo de público a lo largo de 5 décadas de forma ininterrumpida. Siempre con la certeza de que algo novedoso, original o creativo estaba por acontecer. A veces la novedad y la complejidad no iban de la mano, pero su sentido de la intuición, el buen gusto y la calidad de sus obras, dejaron en claro su capacidad para comprender la satisfacción y el gusto popular. Así ofreció un amplio rango de canciones tanto exóticas e intensas, como simples y pegadizas.

Desde “Love me do”, pasando por “Hey Jude” hasta “New” o “Queenie Eye”. Canciones intimistas pero profundas como “Yesterday” o “Blackbird”, hasta grandes composiciones como “A day in the life”, “All you need is love” o “Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band”. La creación de Wings abrió aún más el abanico con temas como “Mull of Kintyre”, “Jet”, “Band on the run” o “Venus and Mars”. Durante su larga carrera como solista no pasó desapercibido, presentando por ejemplo “Ebony and Ivory”, “Say Say Say” o “No More Lonely Nights”, junto a grandes artistas. Su amplia visión lo llevó con éxito al campo de la música electrónica (“Strawberries Oceans Ships Forest”), la composición de música para cine (“Vanilla Sky”), standards de jazz (“Kisses on the Bottom”) o música académica (“Working Classical”).

Nombrado miembro de la Orden del Imperio Británico en 1965, fue elevado al rango de caballero por su servicio a la música. Reconocido como uno de los compositores y artistas más exitosos de todos los tiempos, cuenta con 60 discos de oro, 21 Premios Grammy, y millones de ventas en discos y sencillos, tanto en su etapa con The Beatles como su trabajo solista.

Su legado e influencia en otros músicos, bandas y compositores está presente día a día en diversos rincones del planeta. Lo cierto es que su energía y vitalidad, su pasión y calidad musical lo han convertido en una leyenda del rock and roll que ahora deja una huella en la ciudad de las diagonales.

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