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Otro arrepentido. El padre Carlos Scarlata, párroco de la iglesia de Lima, una localidad de Zárate, quiso prohibir a todas las mujeres, incluso a las nenas, asistir a la iglesia con jeans, minifaldas, calzas, polleras justas o cualquier prenda que, para los ojos desacostumbrados de Scarlata, insinuara más de la cuenta. El uso de un vestuario más recatado -deducía el sacerdote- podría darle mejor aspecto a las pecadoras y de paso les otorgaría menos argumentos a esos curiosos de la filas del medio que entre oraciones y cánticos les echan miradas golosas a las más vistosas. Por eso pegó un cartel en la puerta del templo detallando el alcance de las restricciones. Entre la “ropa no permitida” ponían transparencias, musculosas, “puperas”, shorts, pantalones ajustados e incluso ojotas. En el mismo cartel se atrevía a definir cuál es “la vestimenta cristiana femenina: ropa suelta, sin escote, con mangas y la falda debajo de la rodilla”. El cura notaba desde el altar que al de la limosna se le movía el platillo cuando se topaba con las muy escotadas. Y que a los mirones les costaba seguir el sermón ante tanta vecina presentable. La mujer bien puesta siempre distrae. Y no sólo en Lima. Scarlata, tras consultarlo con una catequista pasada de moda, llegó a la conclusión de que la ropa apretada no se compadece con una creencia que no quiere curvas en su camino hacia la salvación. Pero todos lo criticaron. Las que se visten y los que espían. El obispo de la zona, que está preocupado por el presentismo, le dio un tirón de orejas. Tomó nota de que la profesión de santa tiene poca salida laboral. Y no quiso imponerle reglas a una clientela que necesita negociar sus penitencias sin medir faldas ni rodillas. Por eso vetó este dictamen del padre Scarlata. Y por eso las señoras de Lima han vuelto a las calzas para pedir milagros y perdones. El obispo sabe que la gracia femenina y su poder de insinuación están más allá de cualquier cartelito. Y que el guardarropas de ellas es una contraseña ideológica que desafía toda prohibición. Hoy, Scarlata y la catequista hacen como que no las ven. Y las limeñas y los mirones, agradecen.
El párroco de Lima prohibió la ropa insinuante. El cura notaba desde el altar que al de la limosna se le movía el platillo cuando se topaba con las muy escotadas. Y que a los mirones les costaba seguir el sermón ante tanta vecina presentable
EVALUACIONES
Trajo polémicas la vuelta del 1 y de los “suficiente” a los boletines. ¿Seremos un mal ejemplo los que fuimos a la escuela cuando el aplazo existía? Habría que hacer memoria, porque según los estudiosos de los últimos años, estigmatiza y desalienta que algún alumno rinda más que otro. Ellos son los que saben, aunque los resultados los desmientan. ¿Será tan negativo valorar la dedicación y el esfuerzo? Con el plan anterior, decían, mejoraba el presentismo y todos se sentían iguales gracias a un boletín de juguete que eliminaba reconocimientos y estímulos. ¿Poner Suficiente e Insuficiente será tan dañino? Entre pedagogos y demagogias varias, las aulas han pasado a ser parte de una lucha ideológica que apunta más lejos. Es curioso, pero la ausencia de valoraciones también desalienta al docente. Si todo es igual ¿para qué esmerarse? ¿Qué tiene de malo distinguir el empeño y las ganas de aprender? ¿A quién frustra que las maestras evalúen? La educación facilona, la del miedo a los límites y las exigencias, no ha producido buenos resultados. ¿Cuál es el riesgo de impulsar el esfuerzo? Para una docencia desvalorizada, que no puede exigir que se porten bien ni que repasen ni que lean ni que aprendan, la inercia de una permisividad poco rendidora las ha terminado ubicando al fondo del salón, con pocas chances de hacerse valer, de poner orden y educar.
La decisión municipal de renovar el elenco de animales ha sacudido jaulas y cuidadores. El Zoo quiere achicar la planta y el sindicato de bichos no va a mezquinar plan de lucha en estas horas de levantamientos y allanamientos. Ellos, como todos, esperan el segundo semestre para ver si mejoran ración y perspectiva
ANIMALADAS
Ha sacudido jaulas y cuidadores la decisión del gobierno municipal de ir renovando el elenco de animales. El Zoo quiere achicar la planta y el sindicato de bichos no va a mezquinar plan de lucha en estas horas de levantamientos y allanamientos. Ellos, como todos, esperan el segundo semestre para ver si les mejoran la ración y la perspectiva. El que abrió las jaulas fue Moyano con aquello de que Macri sabe de política “como yo de capar monos”. Y los simios, que andan de capa caída, se pusieron en guardia por una indirecta que los ubica en el medio de otra grieta.
Ofrecer al monerío como medida de ignorancia y desbarajuste, le sumó más tensiones a una dotación platense que está acostumbrada a que le corten las bananas. Con eso de capar monos, más de un gorila amancebado sintió que el cambio viene por todo y que habrá que cuidar la estabilidad y algo más hasta que lleguen las inversiones. Pero hubo más animales pidiendo cancha. No sólo los perros olfateadores, que andan con trabajo atrasado y no dan abasto. También desde Mendoza, solidarizándose con el desalojo platense, el oso Arturo dio parte de enfermo. Es el único oso polar de Argentina, tiene 30 años y, según informó el cuerpo veterinario de ese parque, muestra “signos de decaimiento, disminución en su actividad física y problemas con la comida” en los últimos días. No es el único. La transición le pegó duro a este Arturo que nació en 1985 en el zoo de Colorado, EE.UU y es la quinta generación gestada en cautiverio. Una familia con más encierro que Robledo Puch. Pero con los nuevos aumentos a las pre pagas, la cosa no está para gastar presupuesto mendocino en osos importados. Arturo sabe que en cualquier momento puede ser otro despedido. Por eso negocia una indemnización tipo YPF, que les pueda asegurar casa y comida a todos los osos de Colorado por los siglos de los siglos.
(*) Periodista y crítico de cine
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