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La única criatura que puede elaborar ideas, compararlas, mezclarlas y transformarlas, la única que puede imaginar situaciones diferentes, comprender en perspectiva circunstancias pasadas y hacer cálculos, es el ser humano. Todo eso se llama pensar. Y gracias a esa facultad puede aventurarse en territorios desconocidos, establecer relaciones entre lo ocurrido, lo que ocurre y lo que puede ocurrir. Y además, gracias al don del pensamiento, también puede conversar. Es decir, intercambiar ideas, transmitir sensaciones y emociones, comprender las de otro, ampliar el horizonte de sus experiencias. Esto es conocimiento. Conocer la diversidad del mundo y de la vida, conocer por la voz de otro aquello que no es parte de su propia vivencia. Acceder desde su singularidad a la amplitud de lo ajeno y poder vibrar en la misma frecuencia. Conviene repetirlo: eso es conocimiento. Lo demás es información, aunque se la mencione continuamente como conocimiento y se le canten loas. El ser humano puede absorber una cantidad limitada de información, por mucho que esas mesas de salad bar llamadas Google o Wikipedia le ofrezcan un menú infinito. A partir de ese límite ya no comprende, se empacha y es incapaz de discriminar entre la paja y el trigo, entre lo útil y lo superfluo, entre lo necesario y lo prescindible, entre lo cierto y lo falso.
Pese a lo extraordinario de este don humano, el pensamiento está hoy sub utilizado y sub valorado. “A la gente le da miedo pensar, porque cree que es doloroso, y esto no le permite absorber lo que dicen otros para devolverles algo suyo”, afirma el antropólogo, historiador y filósofo Theodore Zeldin, hijo de padres rusos, nacido en 1933 en lo que hoy es Israel, y educado luego en Londres, donde estudió en la mítica universidad de Oxford (de la que llegó a ser decano). Zeldin, que aprendió a leer a los 3 años y obtuvo su primer título universitario a los 17, ha dedicado gran parte de su tiempo y esfuerzo a estudiar el modo en que los grandes temas que son preocupación permanente de la humanidad repercuten y se ligan con la vida de las personas. De allí han nacido al menos dos obras que hoy se consideran clásicos: “Historia íntima de la humanidad” y “Los placeres ocultos de la vida”.
UNA MIRADA REDUCIDA
Lo que impide pensar, señala este intelectual profundo y no por ello inaccesible, es la tendencia a guiarse por certezas, a permanecer en un mismo lugar, pequeño y conocido, el miedo a lo desconocido. Nos convencemos de que el mundo es de una única y determinada manera, lo mismo que las personas, y que nada puede cambiar. Y nos quedamos allí, a resguardo de sorpresas. Eso reduce la visión del mundo, la hace rígida e invita al fanatismo, a descalificar a todo lo que no se adecue a esa mirada limitada. “Solo te aferras a una idea, la única que tienes, y todo lo demás es malo”, explica Zeldin en una entrevista que le hiciera en Madrid Juan Cruz para el diario El País. “Esa es una respuesta humana muy básica. La raíz del fanatismo”.
Zeldin no sólo cree que se puede y se debe cambiar, sino que demuestra cómo la humanidad lo ha hecho a lo largo de los tiempos. Cambiar significa moverse de un lugar a otro, establecer una secuencia en el tiempo. Y aquí aparece un problema: la modernidad elimina la idea de cambio, porque establece un presente continuo y perpetuo. Nos conformamos con tener una familia, pertenecer a un grupo, tener qué comer y buscar placeres, dice Zeldin. Y esos placeres son cada vez más elementales. Hay placeres ocultos que aún no hemos descubierto, afirma, pero su revelación exige abandonar, el temor, la rigidez, el fanatismo, el temor a la incertidumbre y el miedo a pensar. Son placeres que tienen que ver con la hondura de la experiencia humana. “El placer es una búsqueda, afirma Zeldin, es la exploración del mundo sin intentar cambiar lo que fue bueno”. En cambio, dado que los placeres superficiales son fugaces, hay una desesperación por lo nuevo, como si sólo por ser nuevo fuera valioso, y eso lleva despreciar el pasado, a desconocer de dónde venimos, quiénes pavimentaron el camino por donde avanzamos.
Nos preguntamos hacia dónde podemos ir ahora, porque nos aburrimos pronto. Pero queremos ir sin riesgos, sin movernos, sin abrir horizontes desconocidos. Y, en tanto, jamás nos preguntamos de dónde venimos, lo que nos permitiría entender dónde estamos. Si nos movemos, conoceremos otras ideas, otras perspectivas, y eso expande la mente. A medida que se produce esa expansión ocurre algo que Zeldin advierte oportunamente: cuanto más conocemos más ignoramos. Porque se descubre cuántas ideas y experiencias distintas existen. Se abre el horizonte. Es una maravillosa y paradójica asunción de una sana ignorancia.
Hay placeres ocultos que aún no hemos descubierto, pero su revelación exige abandonar, el temor, la rigidez, el fanatismo, el temor a la incertidumbre y el miedo a pensar. Son placeres que tienen que ver con la hondura de la experiencia humana
Zeldin es autor también de un libro titulado “Conversación”. La conversación, dice, es mucho más que un intercambio de monólogos o “un regateo para ver quién consigue un precio mejor, como hacen los diplomáticos”. Se trata, desde su óptica, de escuchar con respeto lo que dice el otro para descubrir de esa manera su visión del mundo. De una verdadera conversación uno sale, en cierto modo, convertido en otra persona. Se podría ampliar la idea de conversación así concebida y decir que no solamente podemos conversar con un otro presente, sino con los otros que nos precedieron. Es decir, con el pasado. Siempre habrá allí voces que llegan hasta hoy. “Mozart sigue vivo, así como todos los seres que influyeron en nosotros y no existen hoy físicamente”, apunta Zeldin. La única certidumbre que podemos generar en una vida que está atravesada por la incertidumbre consiste en dejar un legado, para no haber vivido en vano. Y, nuevamente, esto será posible en la medida en que nos atrevamos a salir del corralito de las pequeñas certezas que nos apartan del torrente de la vida.
UNA GRAN FAMILIA
Erudito y sólido investigador, Zeldin propone en sus libros una aproximación a la historia lejana de la habitual. No encadena hechos y fechas, sino que parte siempre de historias personales para demostrar de qué manera están atravesadas por eso que se suele llamar “el aire de los tiempos”, es decir por los acontecimientos de una época y la impronta que dejan en los individuos. En la medida en que todos somos parte de una continuidad y en que no hay presente sin pasado ni futuro sin presente, esa huella que se da en un momento y en seres de carne y hueso, incide en el tiempo por venir.
Si recuperamos el hábito de pensar observaremos que esto es así y podremos comprender en perspectiva los tiempos que vivimos, su relación con otros momentos y también ser responsables de lo que dejamos a los que vienen. Zeldin sostiene (y su narrativa lo confirma) que a lo largo de nuestra historia los humanos hemos compartido, con las particularidades de cada época, búsquedas, dolores e incertidumbre, y que eso nos convierte en una suerte de familia que se busca, se encuentra y se deja mensajes a través de los tiempos. Una excelente razón para salir de la quintita y de las pequeñas certezas que nos limitan y abrirnos a la búsqueda, a la incertidumbre, a la conversación y al don de pensar.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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