Hablar de los clubes de barrio es hablar de una función social valiosa e indispensable. No sólo es hablar del presente, sino también del futuro.
Los clubes de barrio cumplen, en nuestra región, un papel de extraordinaria importancia en la formación y contención de los jóvenes. Miles de pibes encuentran en esas instituciones un espacio de práctica deportiva pero -mucho más que eso- se les ofrece también un ámbito de inserción social, de aprendizaje de la convivencia comunitaria, de esparcimiento, de sana interacción con sus vecinos... Por eso no es exagerado decir que son, en realidad, pilares fundamentales para un sano y equilibrado entramado social.
No sólo se desarrolla en los clubes de barrio el deporte infantil y juvenil. En muchos de ellos también funcionan bibliotecas populares, se dictan cursos para el aprendizaje de oficios y se programan actividades para toda la familia.
Detrás de estas instituciones, hay siempre un esfuerzo desinteresado de dirigentes, entrenadores y comisiones de padres que donan tiempo y asumen compromisos por los chicos y por su comunidad.
Muchas de estas instituciones hacen, además, grandes esfuerzos para sostenerse. Recurren al aporte de sus socios, organizan rifas y otras actividades para la recaudación de fondos, gestionan ayudas y hacen malabares. Así, no sólo han podido sobrevivir sino también -en muchos casos- crecer y modernizarse.
Encuadrarlos como instituciones que merecen una “tarifa social” no es una concesión; es una medida elemental. Por supuesto que para funcionar necesitan un alto consumo de luz, de agua y de gas. Por supuesto que no pueden pagar facturas exorbitantes.
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