Especial para EL DIA
de National Geographic
A principios de abril de este año, en el Golfo de México, un equipo internacional inició una excavación en una vasta falla de la superficie terrestre. La enorme marca, de 177 kilómetros de ancho, se produjo cuando un fragmento de roca espacial chocó contra el planeta hace aproximadamente 66 millones de años.
Esta colisión ni siquiera figura entre los cinco impactos más grandes de la historia del planeta, pero ocupa un sitio especial en nuestra imaginación. Sucede que ese lugar, conocido como el cráter de Chicxulub, fue la zona cero de la extinción masiva que puso fin a la era de los dinosaurios.
Aunque este impacto gigante probablemente haya sido el arma asesina en este antiguo caso, sabemos sorprendentemente poco sobre la forma en que este impacto se tradujo en muerte masiva y destrucción. Los paleontólogos han debatido aspectos de las consecuencias ecológicas del impacto, como los incendios forestales o las impenetrables nubes de polvo en la atmósfera. Pero aun resta debatir qué sucedió exactamente y cómo semejante impacto ambiental pudo haber aniquilado algunas especies mientras que otras quedaron en pie.
Eso es parte de lo que espera dilucidar el equipo que excava en el cráter, su trabajo es el más reciente de una larga historia de investigaciones que apuntaron a develar qué sucedió con los “terribles reptiles”.
Cuando a principios del siglo XIX se hicieron las primeras descripciones de fósiles de dinosaurios, los paleontólogos los consideraron apenas otro grupo de animales que lentamente se había perdido en el tiempo. Las especies evolucionaban y se extinguían con el correr de las eras. Pero en la década de 1920, ya había suficientes fósiles como para que los científicos empezaran a preguntarse cómo tantos animales habían desaparecido completamente. Según el paleontólogo Michael Bento, de la Universidad de Bristol, en la literatura científica de la época aumentó marcadamente la cantidad de trabajos publicados con teorías sobre la extinción de los dinosaurios. No significa que todos fueran serios desde el punto de vista académico. El boom incluyó alocadas conjeturas sobre la catástrofe, y prácticamente todo aquel que tuviera alguna idea disparatada sobre la extinción de los dinosaurios la difundía. Entre las primeras ideas figuraba el concepto que los dinosaurios invirtieron demasiada energía corporal para crecer y que eso les impidió adaptarse a los cambios del clima o a otras alteraciones del ambiente global.
Otros pensaban que los dinosaurios y otras especies fósiles tenían un período de vida fijo, una especie de “senescencia racial” que los sacaba del escenario evolutivo en un momento determinado. Las ideas descabelladas no paraban ahí. Desplazamiento de discos, hormonas descontroladas, bajo impulso sexual, enfermedad, cataratas, e incluso estupidez lisa y llana, todo eso se mencionó. En 1962, uno entomólogo llegó a sugerir que la Tierra había sido invadida por orugas que consumían tantas plantas que no dejaban nada para los dinosaurios. En este desastre ecológico las mariposas terminaban revoloteando sobre los cadáveres de los Triceratops. Nunca explicaron cómo hicieron las orugas para terminar también con las especies que habitaban cielos y mares.
El acertijo no involucraba sólo a los dinosaurios. Ya en la década de 1970, los paleontólogos pudieron ver que un hecho real y misterioso había afectado a una gran proporción de las especies de la Tierra. Uno de los cálculos fija la baja en el 75 por ciento del total de especies fósiles conocidas, desde la extinción total de los pterosauros voladores hasta las amonitas de los mares. Este período también se ve marcado por serias reducciones del número de aves, reptiles y mamíferos. Pero incluso con más pruebas, nadie tenía una idea sólida y seria acerca de lo que podía haber causado tanta convulsión. Luego en 1980, el geólogo Walter Alvarez propuso algo completamente diferente. La capa de roca que marcaba el fin del período Cretáceo era rica en iridio, un metal que es raro en la corteza terrestre y común en los meteoritos y asteroides. ¿Pudo haber sido un impacto espacial el que aniquiló a los dinosaurios y a otras formas de vida?
Aunque la idea dio lugar a años de debates, con el tiempo pasó a ser la teoría preferida sobre la extinción de los dinosaurios. El descubrimiento, en 1991, del cráter Chicxulub, en la península mexicana de Yucatán, fue la prueba irrefutable. Las investigaciones llevadas adelante desde entonces sólo implican al asteroide. En 2010, un grupo de 41 investigadores publicó un trabajo en Science afirmando que el impacto había sido el factor más importante que empujó al mundo hacia su quinta extinción masiva.
El debate no está cerrado. Incluso hoy, un grupo de expertos prefiere la idea de que las grandes erupciones volcánicas en India, el cambio del nivel del mar y otras causas fueron más importantes para la extinción. Y hay además argumentos que involucran a los propios dinosaurios. Hace un par de semanas, Benton y sus colegas publicaron su apoyo a la idea de que los dinosaurios ya estaban en decadencia durante los 24 millones de años anteriores al impacto, lo que indica que hay mucho más por conocer acerca de lo que provocó la extinción de todos los dinosaurios, salvo las aves.
Para definir más el momento apocalíptico de los dinosaurios, el nuevo proyecto de excavación apunta a extraer núcleos de varios niveles del cráter de ahora hasta junio.
Además de aportar nuevos detalles geológicos sobre la manera en que se forman los cráteres por impacto, los investigadores esperan recavar nueva información sobre los detonantes de los grandes cambios ambientales y sobre la forma en que se recupera la vida una vez que pasa lo peor.
Sin duda, el cráter de Chicxulub guarda secretos sobre la muerte, pero también podría aportarnos una nueva apreciación de la resiliencia de la vida.
SUSCRIBITE a esta promo especial