Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Todos somos concientes de que un significativo número de hermanos no tienen lo necesario para subsistir, y que son incontables los que mueren de hambre.
También sabemos que la causa de la hambruna es el desequilibrio en la administración y distribución de las riquezas.
Curiosamente, la ambición humana en tener siempre más (aunque se denigren como personas), es un vicio apetitoso y muy contagioso.
Nada nos pertenece, todo es de Dios, y nosotros sólo somos administradores de lo que nos ha tocado
Jesús ha sido contundente: “Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más” (Lc 12, 48); y en otro lugar “dale a todo el que te pida” (Lc 6, 30); y san Pablo exhorta: “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer… No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien” (Rom 12, 20-21).
No es necesario ir muy lejos para encontrarnos con personas que no se pueden alimentar con normalidad o con quienes sólo pueden hacer sin la necesaria regularidad. El hambre es una realidad evidente. Sin embargo, las autoridades que podrían encarar soluciones concretas, están muy ocupadas en otras cosas y sobre todo de su bienestar personal y de acrecentar el patrimonio económico personal.
Pero también podemos ser testigos de la cantidad inmensa de comida que se tira como desperdicio: en casas de familia, en casas de comidas, en restaurantes, en cruceros, en convenciones, etcétera; mientras muchos otros mueren de hambre. ¿Habrá mayor injusticia?
Los bienes que poseemos, si son bien habidos, también vienen de Dios y tendremos que darle cuenta a Dios de cómo los hemos usado.
¿Será tan difícil pensar que si yo tengo la comida necesaria y quizás más, no tengo derecho a ignorar que otros carecen de lo indispensable? ¿Será tan difícil moverse a compasión y poner en orden los gastos propios para saber destinar una parte de esos bienes a favor de los hambrientos? ¿Será tan difícil tener un corazón que lata al ritmo del Evangelio?
Los ayunos indicados por la Iglesia (sólo dos veces por año), más aquellos que voluntariamente pueden hacerse, tienen por finalidad ofrendar el equivalente para los que no tienen y no pueden comer como nosotros.
Hay instituciones, como Cáritas, que reciben el resultado material de los ayunos. Porque el resultado espiritual es que seamos concientes de que nada nos pertenece, todo es de Dios, y nosotros sólo somos administradores de lo que nos ha tocado, por misericordia divina.
Y pensar que, desgraciadamente, hay gente que se ocupa de alimentar a sus mascotas, pero son incapaces de dar un pan o una fruta a un hambriento.
No es necesario que pensemos en ir países lejanos para vivir esta obra de misericordia de dar de comer al hambriento, basta con que dispongamos de una cuota mensual para los comedores que en tantas partes tiene la Iglesia, mientras conste el manejo honesto y transparente de los ingresos y egresos.
Conviene insistir en que no somos dueños de nada, ni de la vida. Somos simples administradores de lo que está en nuestro poder. Por consiguiente, ser coherente en la verdad y en la justicia, pero sobre todo en el amor misericordioso, en ese amor que sabe darse a sí mismo y dar a quien lo necesita.
SUSCRIBITE a esta promo especial