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A fuerza de ser repetidas y usadas en todo tipo de contexto, aun los que no corresponden, muchas palabras pierden su significado, se desvirtúan, terminan por convertirse en meros sonidos, música de fondo. Cada vez más, la palabra ahorro se acerca a esa categoría. Hablamos de “ahorrar tiempo”, “ahorrar disgustos”, “ahorrar 20%”, “ahorrar espacio”, etcétera. Por una parte pareciera que ahorrar significara gastar menos, aunque sin dejar de gastar. Cuando ahorramos 20% en la compra de algo que no necesitamos, pero lo hacemos por “aprovechar” la oportunidad, ¿de veras ahorramos? ¿O estamos gastando lo que podría aplicarse a una verdadera necesidad, e incluso a lo que mañana podría faltarnos? Por otra parte, hay cosas que no se pueden ahorrar: tiempo, espacio, disgustos y tantas otras. ¿Si de veras los ahorráramos, en dónde los guardaríamos? ¿Y cómo? Parar el reloj no ahorra tiempo.
Ahorrar no es consumir menos, aunque se siga consumiendo lo superfluo. Es atender necesidades reales del momento, hacerlo con recursos legítimos y suficientes y guardar un excedente de esos recursos para cubrir emergencias o destinarlos a proyectos.
Una vez presentados estos puntos es el momento de aclarar que esta columna no trata hoy de economía, sino de sentimientos. Porque el concepto real de ahorro puede aplicarse perfectamente a los vínculos humanos y a los afectos. Así como existe la caja de ahorro en efectivo, es decir aquella clásica, que funciona a través de los bancos, y en la cual se conserva dinero, hay también una caja de ahorro afectivo.
La caja de ahorro afectivo no está en ningún paquete bancario, no es susceptible de promociones y tampoco ofrece tasas de interés. Pero existe. Y está estrechamente ligada a la construcción del amor. En efecto, el amor no es un efecto especial, un pase de magia, un milagro ni una abstracción. Es una construcción, y, como tal, se eleva ladrillo a ladrillo hasta completar su estructura y, recién entonces, cobijar a sus habitantes, que en este caso serán sus mismos constructores.
LADRILLO A LADRILLO
Los ladrillos de esta construcción afectiva son acciones amorosas. Una acción amorosa es, a su vez, aquel acto por el cual el amor de una persona le llega a otra de la manera en que esta necesita ser amada. Esto requiere un doble trabajo. El amado tiene que preguntarse de qué manera necesita que lo amen. No basta con decir que se siente amado cuando lo acompañan, lo comprenden, lo ayudan o lo estimulan. Lo que para esta persona significa compañía, comprensión, ayuda o estímulo podría no ser exactamente lo mismo que para la otra. De manera que tiene un aprendizaje ante sí: llegar saber qué acciones, que palabras, qué actitudes del otro lo hacen sentirse amado. Y quien lo ama deberá aprender, por su parte, a hacerlo de esa manera, para lo cual acaso deba transformar sus creencias y paradigmas en nombre del amor.
Este proceso es una avenida de doble mano. O funciona en ambas direcciones o no funciona. Amar es aprender del otro. Se trata de un arte que solo se puede asimilar del amado. En este sentido las personas que se aman devienen en mutuos maestros. El aprendizaje, además, es continuo. Los seres vivos están en un proceso de permanente transformación, por lo que la actualización de lo aprendido (y lo enseñado) debe ser permanente.
En esas condiciones nacen y se encadenan las acciones amorosas. Y no tienen que ser necesariamente grandes actos de arrojo, valentía, sacrificio o entrega. De la misma manera en que los ladrillos de las construcciones más imponentes no aparecen ante nuestra vista (lo que vemos es la estructura total), los actos que construyen el amor son, en su mayoría, pequeños gestos, actitudes, palabras, miradas que van tejiendo la cotidianidad del vínculo. No se trata de sonoras explosiones emocionales ni de floridas declaraciones de amor. La realidad del amor es a menudo, como diría el Principito, invisible a los ojos y hasta inaudible a los oídos. “Si añades lo poco a lo poco y lo haces así con frecuencia, pronto llegará a ser mucho”, decía Hesíodo, uno de los grandes poetas de la antigua Grecia, en el siglo XVIII antes de Cristo.
Si no existieron acciones amorosas continuadas, si no se construyó la relación a partir de ellas, hasta la historia de amor aparentemente más romántica se vendrá abajo con una leve brisa en contra
Por lo demás, como toda construcción sólida que aspire a sostenerse ante los embates de las circunstancias, el tiempo, los vientos y las tormentas, también esta necesita de buenos cimientos y de flexibilidad para que no se agriete y desmorone ante las corrientes adversas. Eso se logra cuando los ladrillos están sólidamente unidos por una mezcla que incluye buena fe, confianza, lealtad, compromiso, presencia y, algo fundamental, tiempo. Esos materiales solo pueden proveerlos los propios constructores. No hay proveedores externos.
Cada una de las acciones amorosas que contribuyen a la construcción del amor son depósitos en una caja de ahorro afectivo, que se abre cuando se constituye el vínculo. Para mantener esa caja activa y provista, los aportes tienen que ser parejos y solidarios. No será bueno el pronóstico si uno solo de los vinculados es el que hace los aportes y la mantiene. Es posible, y natural, que no todo el tiempo esos aportes sean parejos. Hay momentos en que uno puede más y el otro menos, y otras etapas en que es al revés. Son los ritmos de la vida y de los momentos personales.
LAS RAZONES DE LA CAJA
Una caja de ahorro en efectivo y una caja de ahorro en afectivo tienen algo en común. No se ahorra en ellas para atesorar de una manera avara y estéril. El ahorro tiene, en principio, dos destinos posibles. Está allí para responder a las emergencias, a las inclemencias del azar, a épocas de vacas flacas, a descalabros impensados. Si hay fondos en la caja, serán mejores las posibilidades de afrontar y atravesar esas situaciones ajenas a la voluntad y a los deseos, pero que, de todas maneras, están en el menú de la vida. La otra aplicación de la caja de ahorro se resume en la posibilidad de llevar adelante proyectos, de concretar sueños, de consolidar caminos. Los aportes son ese caso una atalaya desde la cual mirar el futuro con confianza.
Un verdadero vínculo de amor no es una relación idílica, un cuento de hadas. Tiene luces y sombras, toca cumbres de felicidad y pasa por valles de dolor. Se construye en la vida, no en las fábulas, y no está a salvo de inclemencias. Es en las crisis del vínculo cuando queda en evidencia si se han hecho aportes a la caja de ahorro afectivo. Cuando hay fondos es posible transitar los momentos difíciles nutriéndose de lo tributado en el día a día de la relación. Si no existieron acciones amorosas continuadas, si no se construyó la relación a partir de ellas, hasta la historia de amor aparentemente más romántica se vendrá abajo con una leve brisa en contra. La vieja fábula de Jean de la Fontaine (1621-1695) acerca de la hormiguita laboriosa y ahorrativa y la cigarra hedonista y holgazana suele ofrecer en estos casos su moraleja.
El empresario Warren Buffett, considerado como el tercer hombre más rico del mundo, aconseja: “No ahorres lo que te sobra después de gastar, gastá lo que te sobre después de ahorrar”. Él habla de economía, no de amor. Pero bien vale para la caja de ahorro afectivo.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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