Desde los tiempos de Galileo (S. XVII), el concepto de relatividad, en su sentido más amplio, ha estado siempre presente en el campo de la física y la astronomía. La Encyclopaedia Britannica da una definición simple en forma de pregunta: “Las leyes de la naturaleza y, por consiguiente, las situaciones físicas a las que ellas se refieren ¿son siempre las mismas ante observadores diferentes?” La respuesta es: no, no son siempre las mismas.
Albert Einstein (1870-1955), el más importante científico del S.XX , autor de la revolucionaria Teoría de la Relatividad, se la explicó así a un joven alumno universitario: “Si estás sentado con una linda chica 2 horas, te parecerán 2 minutos; pero si te sientas sobre una estufa encendida 2 minutos, te parecerán 2 horas. Esa es la teoría de la relatividad”. Y la graficó con una fórmula muy sencilla:
E = m.c2
Expresión matemática que muchos conocen y citan pero muy pocos entienden, como quedó sintetizado en aquel fresco diálogo entre Einstein y Chaplin: “Lo que me ha sorprendido siempre de Ud. es que su arte es universal. Todo el mundo lo comprende y admira”, le expresó Einstein. “Lo suyo es mucho más digno de respeto -contestó el gran Carlitos-. Todo el mundo lo admira y casi nadie lo entiende”.
Los filósofos, por otra parte, definen el relativismo como la doctrina según la cual “la realidad carece de sustento permanente”. El Diccionario de la Lengua Española, a su vez, sostiene que “Es la doctrina filosófica que propugna que el conocimiento humano es incapaz de alcanzar verdades universalmente válidas”. En otras palabras: nada es absoluto, todo es relativo. La realidad cambia según el observador dando lugar a interpretaciones diferentes ante hechos o situaciones semejantes..
El hombre-viajero confirma esta doctrina. Las sensaciones e interpretaciones de uno pueden no coincidir con las de otro, llegando a ser no solo diferentes sino hasta opuestas, dependiendo de varios factores: del sitio que se está transitando, de la época, del nivel cultural del turista, sus exigencias, su edad, su estatus económico, sus principios, su experiencia como andariego… En definitiva, ambos conceptos -relatividad y relativismo-, en un sentido lato, amplio, son aplicables a las vivencias de un viajero.
Veamos algunos ejemplos.
TOKIO
Era un lunes de primavera, la estación que invita a sentirse feliz. Pero también era lunes y los lunes parecen oponerse a ese convite. ¿Por qué los lunes son tan melancólicos?. Miré por la ventana de mi habitación del hotel y comprobé que las calles de Tokio, engalanadas con sus albaricoques y cerezos en flor, estaban desiertas. Eran las 8.30 de la mañana. Terminé de vestirme y antes de dejar el cuarto volví a observar el exterior. Faltaban 10 minutos para las 9.00. Ahora las arterias, súbitamente, se llenaron de japoneses que, cual hormigas saliendo de un hormiguero emergían de a cientos por las bocas de subterráneos y se derramaban raudamente por las vías vecinas. Recordé, entonces, que estaba en la capital más poblada del mundo. (Según el último censo, Tokio y el Gran Tokio suman 39.4 millones de habitantes. ¡Prácticamente una Argentina!). Las oficinas del gobierno, los negocios, las universidades, los bancos, las cafeterías.,, iniciaban sus actividades a las 9.00 en punto. Y los “tokiotas” apuraban el paso para cumplir con el horario. Las impecables veredas de Tokio lo permitían, y el reloj lo imponía. El tiempo, simplemente fluye y los japoneses, conscientes de su poder, aprendieron a controlarlo y a optimizar su uso. Es una buena razón para andar rápido.
KINSHASA
Un amigo italiano me contó una experiencia bastante parecida pero por una motivación diferente. Le ocurrió en África Central, más precisamente en Kinshasa, capital de la Rca. Democrática del Congo, región donde la guerra civil y los conflictos sociales son una constante. Guardó en la caja fuerte su reloj, la billetera, las tarjetas de crédito y el pasaporte, y salió del hotel escapándole a los mosquitos y a las prostitutas. Caminando por calles calientes y húmedas, observó que todos corrían, solos o en grupos, como si fueran a perder el tren. Sorprendido por esa actitud preguntó a un muchacho cuál era la razón de tanta premura. ”Señor. los blancos móviles son más difíciles de impactar”, contestó el joven quien rápidamente se sumó a los acelerados kinshaseños. Lo habían aprendido durante la guerra y seguían haciéndolo, aunque los momentos fueran menos dramáticos. Era una explicación.
JARDINES DEL PERFECTO BRILLO
Muy cerca de Beijing, los emperadores chinos construyeron en el año 1750 un complejo edilicio para pasar los cálidos días del estío. Lo llamaron Palacio de Verano. Pero, como acostumbra esa sociedad, también lo designaron, poéticamente, como El Palacio y Los Jardines del Perfecto Brillo. Tiene una extensión de 300 Ha (300 manzanas platenses) y se construyó sobre la Colina de la Longevidad (otro nombre idealizado), a orillas del lago Kunming (artificial). En mérito a su valor cultural y urbanístico, en 1998 la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad. Muestra una arquitectura típicamente china y comprende varias edificaciones, pagodas, puentes, ornamentos gigantescos -como un barco de mármol en escala natural-, teatros, muelles, galerías, etc.
Es un histórico sitio de recreo para los pequineses y una cita imperdible para los visitantes. Nosotros entre éstos.
Las sensaciones e interpretaciones de uno pueden no coincidir con las de otro, llegando a ser no solo diferentes sino hasta opuestas, dependiendo de varios factores… En definitiva, ambos conceptos -relatividad y relativismo-, en un sentido lato, amplio, son aplicables a las vivencias de un viajero.
Luego de un par de horas de transitar por sus no muy cuidados senderos poblados de plantas, arbustos y flores típicos de la región, encendí un cigarrillo. A los pocos segundos se aproximó un guardia con saco anaranjado fosforescente y me indicó que no se permitía fumar en ese sitio. Intenté defenderme: “Pero si estamos al aire libre, en un parque enorme. Además, no he visto ningún cartel que lo prohibiese”. “Por favor, apague el cigarrillo”, fue su seca respuesta en aceptable inglés. Ante la imposibilidad de dialogo di una última y profunda aspiración a mi Jockey Club, arrojé al suelo la colilla y la apagué pisándola con mi pie derecho. “No, por favor, deposítelo allí”, me dijo el guardia señalando un cesto pequeño para residuos. Sin otra opción ganadora cumplí la orden y me dispuse a continuar el paseo, “Un momento, por favor: tiene que pagar la multa”, dijo mi interlocutor de saco naranja, con una pícara sonrisa. Extrajo de su bolsillo un talonario y me extendió un recibo por 20 yuans ( aprox. 3 dólares) que pagué sin chistar. Y nos despedimos con un apretón de manos. Al reiniciar la marcha descubrí un pequeño cartel semi oculto por algunas flores con dos breves frases: una en chino y otra en inglés. Esta última decía “!No smoking!”.
No importa que China sea el tercer país más grande del mundo y tenga casi 10 millones de km2 sin techo. La orden “Libre de humo” vale tanto para un recinto de 1 metro cuadrado (por ejemplo: el baño de un avión), como para un parque de 3 millones de metros cuadrados como este. En los jardines de brillo perfecto ¡no se debe fumar! Y las disposiciones se han hecho para ser cumplidas, “aquí y en la China”. Mi amigo de casaca anaranjada fosforescente tenía razón.
KATHMANDU
Estaba en Kathmandú, capital de Nepal, al pié del majestuoso Himalaya. Transitaba un mediodía por la plaza central de la ciudad, contemplando y registrando con mi cámara sus pequeños y antiguos templos budistas y su gente, que se desplazaba pausadamente, portando sus bolsos y su pobreza, deteniéndose cada tanto para saludar a un amigo. De pronto, observé a un hombre anciano de tez amarillenta, espesa, larga y blanca barba, que caminaba a paso lento y en actitud meditativa. Sus anteojos, de grueso marco negro le daban aspecto de hombre bueno y sabio. Cautelosamente me acerqué a él e iniciamos una enriquecedora conversación, mientras caminábamos sin prisa, como si paseáramos por las calles de San Telmo un domingo a la mañana. Se expresaba sin urgencia, en un muy simple inglés. Hablamos de historia, del Tibet (de donde procedía), de política, de religión…Transmitía serenidad, sosiego, plenitud. Realmente era un hombre simple de sabiduría natural. Antes de despedirnos le pedí que me indicara cómo lograr la paz interior y ese estado de Nirvana del cual me había hablado. Entonces, a manera de respuesta, me mostró una flor silvestre de pétalos amarillos que crecía en una grieta de uno de los históricos santuarios orientales que nos rodeaban. Cortó con delicadeza la flor, la acercó suavemente a su rostro, la contempló embelesado durante algunos segundos, se extasió con su perfume una y otra vez y… me la entregó. Luego, unió las manos sobre el pecho con los dedos hacia arriba e inclinando suavemente la cabeza me saludó: “¡Námaste!”. Copiando su gesto respondí: “¡Námaste!” Entonces el anciano entrecerró los ojos y reinició sus meditaciones, dejándome envuelto en una nube de irrealidad e interrogantes. Es que la filosofía oriental no siempre revela las respuestas; simplemente nos ayuda a descubrirlas y a elaborar nuestro propio cierre. Ocurre que a nosotros, pragmáticos occidentales, nos cuesta captar el sutil mensaje contenido en un simple gesto o en una bella parábola con final abierto.
Las precedentes experiencias ratifican el relativismo que encierra la aventura de viajar. En algunos casos “sirve” andar rápido. En otros, en cambio, uno debe desplazarse despacio, como el Nilo, que se desliza suavemente mientras moja sus márgenes arenosas.
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