En cualquier charla de café en nuestro país, si sale el tema de los humoristas, el primer sentimiento que empieza a dominar en esos diálogos es el de la nostalgia. Un repaso de “ausentes” en los últimos tiempos resulta ciertamente llamativo. Sería bueno averiguarlo: ¿alguien decidió erradicar a la tribu de los humoristas? La lista de emigrados hacia misteriosos planetas se extiende, la memoria flaquea, quedan muchos nombres afuera.
“¿Te acordás de…?” es el inicio del inventario. Primero suelen aparecer los que convocaron a millones de espectadores desde las pantallas de la TV o desde las radios. La hilera se forma con rapidez: Tato Bores, Niní Marshall (Catita) –la primera mujer humorista de la historia argentina-, Olmedo, Portales, Guinzburg, Porcel, Jorge Luz, Sapag, Rabinovich, los uruguayos de Telecataplum, Altavista, Calabró, Sapag, Rolo Puente, Fernando Peña o aquel bromista telefónico inolvidable, Tangalanga (Julio Victorio de Risso), que a los 97 años de edad huyó hacia reinos más serenos, seguramente perseguido por una maratón de enojados.
También se fueron muchos de los creadores de humor, los libretistas, periodistas o grandes escritores que –además de pensar y producir libros maravillosos- jamás dejaron de reir. La última gran trinidad de humoristas fue la que conformaron Borges, Cortázar y Marechal. Luego, claro, deben ser mencionados otros escritores como Conrado Nalé Roxlo, Roberto Fontanarrosa, el chispeante Carlos Warnes (César Bruto), Miguel Brascó, Copi o historietistas y humoristas gráficos –aún vivos, pero retirados desde hace años- de la talla de Landrú (Juan Carlos Colmbres) y Quino (Joaquín Lavado) cuya Mafalda abandonó hace pocos años su chispeante apostolado cotidiano. Se fueron también otras personalidades, como las de Caloi, Cascioli, y de todos ellos queda enhiesto, trabajando aún todos los días, dibujando caricaturas que son como editoriales mudas, el uruguayo Hermenegildo Sabat, que hizo tronar de impaciencia a dictadores y a demócratas.
UN PUNTO DE INFLEXION
El 8 de enero de 2015, justamente el mismo Sabat fue entrevistado acerca del atentado a la redacción de la revista francesa Charlie Hebdó, que había ocurrido horas antes cuando un grupo de fundamentalistas intentó demostrar que las ametralladoras pueden más que los lápices y que arriba del fanatismo no hay nada más. Ni falta recordar que fue una masacre.
Los humoristas habían cometido el sacrilegio de dibujar y publicar una caricatura de Mahoma. Sabat dijo: “los dogmas no practican el sentido del humor y algunos supuestos demócratas tampoco”. Después colocó al oficio de humorista en un lugar propio de observadores que miran con piedad el tránsito del universo: “Las caricaturas no se hacen para derrocar gobiernos”, añadió.
Eso, la piedad de los humoristas, la del humor bien entendido. Sobre ella se ocupó Einstein, cuando dijo que la existencia personal tiene sentido si una persona ha luchado por alcanzar conocimiento. Quien no haya sufrido para alcanzar los principales valores –sea del oficio que sea- vive en una verdadera pesadilla: “Pero si esta convicción acerca del valor objetivo de la lucha y la acción personales no se atenúa mediante el humor, uno se vuelve insufrible. El humor acompañado con la virtud de la piedad”, añadió.
¿Los humoristas se fueron o están atomizados en las redes sociales? ¿Será esta la nueva plataforma de lanzamiento del humor?
Personas perfectamente serias, a veces melancólicas, los humoristas siguen los lineamientos del filófoso Bergson en su obra “Qué es la risa”. El humor reside en la sorpresa, en lo ilógico. Si una persona está mirando la calle desde una ventana de un café, dice Bergson, y ve a la gente caminando por la vereda, puede aburrirse en esa actitud. Pero si uno de los peatones tropieza y cae, la primera reacción instintiva del que mira es la de reir. Porque se ha roto la lógica. Sin embargo, a partir de allí, de esa mirada constante sobre el mundo, el humorista detesta todo humor que carezca de piedad. Y no se rinde, tampoco, a la tentación de la mala educación o del rencor. Eso explica por qué los mayores humoristas jamás dicen una mala palabra o tienen actitudes de mal gusto. La visión de ellos es universal: si se cayó en la calle, hay que hacer un gag a lo Chaplin, que no es burla sino aproximación compasiva.
Desde Larra en España, desde antes en los diarios de todos los países siempre hubo humoristas escritores. Mark Twain, Bernard Show –que al ser entrevistado en 1925, cuando ya muy maduro le entregaron el Nobel de Literatura y le preguntaron qué sentía, contestó: “el Premio Nobel es un salvavidas que nos tiran después que cruzamos a nado el canal de La Mancha”-, pero esas presencias también declinaron. En la actualidad, en los principales diarios de Argentina u otros medios gráficos sólo quedan como columnistas-humoristas Alejandro Borensztein (hijo de Tato, en Clarín), el francotirador Jorge Asís con su último y desopilante artículo sobre el onanismo político en la Argentina, Carlos M. Reymundo Roberts en La Nación, el talentoso y zumbón Alejandro Castañeda (El Día) y el radiofónico Alejandro Dolina, de quien puede leerse –si se quiere desentrañar un verdadero misterio- su escrito “La decadencia de las bolitas”. Todos ellos merecen distinciones y premios porque hacen sonreir en la actualidad.
SONRISAS EN TRIBUNALES
Mientras tanto, hasta mediados de junio continuará una muestra de dibujos humorísticos de Javier Garganta que tiene lugar en la Biblioteca del Poder Judicial, en el palacio de Tribunales de La Plata, por la entrada de calle 14 y en el primer piso. Es inusual y a la vez refrescante entrar a un templo habituado a las colecciones de jurisprudencia y encontrarse en el salón principal, primero que nada, con un dibujo gigante y colorido que cuelga en la mitad del salón.
Se trata de un chiste, que alude a un abogado que está consultando a una gran y empinada biblioteca y que quedó colgado y a punto de caerse del estante más elevado. El bibliotecario que se encuentra sentado en el escritorio, impasible, le dice: “Doctor Perales del Olmo, no se preocupe, si llegara a caerse, tengo para usted un excelente libro sobre accidentes de trabajo”.
Garganta se resiste a definir el humor: “Por lo general grandes pensadores, filósofos, psicoanalistas y un vecino de al lado de casa, no han logrado aportar luz sobre el tema y fíjese que mi vecino es electricista. No lo haré yo en esta oportunidad por más dinero que pretendan darme, en momentos de tan alta inflación y crispación ciudadana”.
“Mi aporte al humor es muy sencillo, apenas si puedo esbozar alguna idea y plasmarla con un dibujo de dudosa calidad. Intentar definir qué es el humor es tan imposible como ver salir campeón a mi amado Gimnasia. No obstante arriesgaré a decir que el humor tiene como finalidad mostrar el patetismo en el que vivimos inmersos, buscar el lado oscuro del hombre y sacarlo a la luz, pensar que las cosas de la vida son menos solemnes de lo que creemos y que el humor enseña fundamentalmente a reírnos de nosotros mismos y a ser gente más libre, sana y tolerante”, aseguró.
En apoyo de esa incapacidad definitoria podría acudir Gilbert K. Chesterton, que dijo alguna vez que “se consideraría una falta de sentido del humor intentar definir el humor”. En uno de sus cuentos policiales, la huida de un asesino en un sector profusamente arbolado se ve súbitamente interrumpida con esta descripción: “Y de pronto, el bosque se llenó de un policía”.
¿SE FUERON O LOS REEMPLAZARON?
Ocurre que la tecnología también está metiendo la cola en este enigmático asunto de la emigración de humoristas. Hace pocos días se realizó en la ciudad de Buenos Aires –según lo reflejó la periodista Evangelina Himitian, con la colaboración de Soledad Vallejo, del diario La Nación- un encuentro en el que se analizó el boom del envío de imágenes en los grupos de conversación de las redes de WhatsApp, especialmente el envío de imágenes con contenido sexual. Allí se indicó que esta modalidad se multiplicó en los últimos meses.
El médico psicoanalista Eduardo Drucaff, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y director médico del Centro Racker dijo que esa nueva modalidad “forma parte del cambio general de usos y costumbres: cosas que antes eran del ámbito privado y que ahora son del orden público. De todas formas, se la sigue compartiendo con picardía porque sigue estando en los márgenes de lo permitido. La pornografía se convirtió en una forma de humor” La pornografía convertida en chiste.
Si se analiza lo ocurrido en los últimos años –y, antes que en el WhatsApp y los correos electrónicos (mails)- no puede menos que advertir que sirvieron como comunicadores anónimos de chistes, muchos de ellos con contenido político. ¿Los humoristas se fueron o están atomizados en las redes sociales? ¿Será esta la nueva plataforma de lanzamiento del humor?
Y para terminar, un chiste: hace unos años fueron convocados varios humoristas para hacer una campaña sobre seguridad vial. Al gran Caloi le tocó tratar el tema de los animales sueltos en las autopistas. Entonces lo hizo, pero mezcló las cosas: dibujó una vaca apoyada sobre un cartel que pide avisar a las autoridades en caso de que alguien vea animales sueltos. Pero se ve a la vaca, apoyada en ese cartel, haciendo una denuncia por teléfono: “Hola oficial, acaba de pasar un animal que va como a 180 kilómetros por hora”.
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