El problema de la inseguridad tiene un fuerte impacto entre los adolescentes. Son uno de los sectores más vulnerables. Y eso genera para las escuelas nuevos y complejos desafíos.
¿Pueden desentenderse los colegios de lo que ocurre en la puerta, mientras los chicos entran o salen? En general, los directivos docentes tienden a hacerse cargo de esta preocupación pero se declaran impotentes frente a la problemática. La seguridad urbana, por supuesto, no es responsabilidad de los docentes. ¿Pero hasta dónde llega el deber de cuidado de los alumnos? ¿Termina en la puerta misma del colegio, cuando se sabe que a pocos metros actúan con impunidad bandas delictivas que atacan a los chicos? ¿Qué medidas se pueden tomar? Hace tiempo que estas preguntas se han instalado en las escuelas.
El problema no es exclusivo de un colegio y afecta, inclusive, a muchos centros urbanos. Los alrededores de los colegios se han convertido en “blanco de la delincuencia” y por lo tanto, en escenarios de riesgo. No es casual. Los adolescentes de clase media ahora van a la escuela, en su mayoría, con un teléfono celular. Y son un “blanco fácil” para el robo de esos aparatos que, como ocurría con los pasacasetes en la década del ochenta, son un objeto codiciado del circuito ilegal.
Los denominados “corredores seguros” son una fórmula que algunos colegios han instrumentado con buenos resultados. La inseguridad también desafía a las escuelas.
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