La reciente detección policial y judicial en la localidad de Abasto de una organización que se dedicaba a la riña de gallos, secuestrándose, entre otros elementos probatorios, unas 110 aves que se encontraban en un criadero, púas, picos, guantines y un ring de combate, puso en evidencia que, a pesar de las leyes que la prohíben y que prevén fuertes condenas penales a los responsables, esa actividad y sus efectos nocivos persisten, viéndose obligadas las autoridades a extremar esfuerzos hasta lograr su total erradicación.
Tal como se informó en este diario, el operativo se desarrolló en la zona de 515 y 214 de la mencionada localidad, donde también, presuntamente, tenían lugar las riñas de gallo clandestinas, como así también la comercialización y entrenamiento de las aves. Asimismo, siempre de cuerdo al reporte oficial, fueron hallados y requisados un ring ovalado con manchas hemáticas; picos de metal: púas de acero; guantines; bozales de cuero; un cronómetro y gran cantidad de frascos con sustancias medicinales. En la oportunidad, quedaron detenidos dos personas a las que se sindicó como presuntos responsables de la propiedad y de la organización de las riñas.
Se detalló también que la intervención de profesionales de la dirección Vetrinaria del ministerio de Seguridad bonaerense permitió verificar que varios de los animales exhibían heridas y amputaciones propias de este tipo de espectáculos.
Se sabe que el mercado ilegal sigue moviendo importantes sumas de dinero, ya que subsiste una buena cantidad de gente proclive a las apuestas que generan las riñas, manteniéndose por consiguiente en plena vigencia las condiciones de maltrato y de crueldad hacia los animales. Se aseguró que en la provincia de Buenos Aires y, en particular, en La Plata, parecen ser el reflejo de una tradición ancestral y que, por eso, se torna muy dificultosa su erradicación definitiva.
En el caso concreto de Abasto, la investigación en curso procura determinar si los llamados galleros también preparaban a sus mejores exponentes para que actuaran en riñas de gallos en otros puntos del país, donde, si bien como se dijo no está autorizada por imperio de la ley nacional N° 14 346, el espectáculo sigue convocando a muchos espectadores y genera pingües ganancias.
Munidos de largas espuelas de acero, afiladas como cuchillas y atadas a las patas de las aves, los gallos de riña son adiestrados para ingresar a la gallera y pelear hasta las últimas instancias. Entrenados para ello y a menudo drogados con estimulantes y esteroides, se enfrentan en duelos a muerte, luego de haberse herido gravemente. Frente a esta básica definición de lo que es una riña de gallo, no existe motivo alguno para seguir permitiendo estas muestras de salvajismo y crueldad.
Se aseguró que en la provincia de Buenos Aires y, en particular, en La Plata, parecen ser el reflejo de una tradición ancestral y que, por eso, se torna muy dificultosa su erradicación definitiva. Sin embargo, debiera insistirse en que ningún tipo de adhesión, por popular que pueda ser, justifica en modo alguno la continuidad de actividades que hace varias décadas fueron consideradas ilegales en nuestro país. No corresponde aquí sino reiterar los fundamentos que le dieron sostén a la ley protectora, en el sentido de que deben ser totalmente erradicados y penados todos los malos tratos que se infieran a los animales.
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