Por SILVANO J. TREVISAN
INGENIERO
Después de corretear por los andariveles del bello planeta que habitamos; luego de visitar centenares de ciudades y regiones geográficas y realizar numerosos vuelos internacionales… un andador de tierras se pregunta ¿Para qué sirve viajar?
Sirve un microondas para facilitar la tarea hogareña, pero… ¿para qué sirve visitar un país pequeño como el Gran Ducado de Luxemburgo? Sirve la computadora que permite escribir y corregir colaboraciones como esta, pero… ¿para qué sirve ascender hasta el piso 163 del rascacielos Burj-al-Khalifa –el más alto del mundo (por ahora)- y contemplar a Dubai como si estuviésemos sentados sobre una nube? Sirve la rueda, el invento más importante de la historia, según la opinión de numerosos estudiosos, pero… ¿para qué sirve recorrer las milenarias pirámides egipcias montado en un sudoroso camello? Sirve el lavarropa, la invención más importante de la historia, según la opinión de numerosas amas de casa, pero… ¿para qué sirve un viaje de 12 días, de Moscú a Beijing, a bordo del Oriente Express Transiberiano, que atraviesa estepas, desiertos mongólicos y murallas chinas? Un millón de dólares sirve, un teléfono celular sirve, la penicilina sirve, pero… ¿para qué sirve contemplar “La Pietá” de Miguel Ángel, el “Éxtasis de Santa Teresa” de Bernini, o el “Regreso del Hijo Pródigo” de Rembrandt? Sirve la actividad de médicos, arquitectos e ingenieros para mejorar las condiciones de vida de la gente, pero… ¿para qué sirve ver el sol de media noche desde el Círculo Polar Ártico, en Noruega? Sirve el domingo para descansar después de seis jornadas laborables, pero… ¿para qué sirve transitar por las abigarradas calles multicolores de Tokio, confundido entre millones de japoneses, tomando centenares de fotos? Servía el Concorde para trasladarse de París a New York en solo 3 ½ horas, pero … ¿para qué sirve visitar las históricas ciudades de Belén y Jerusalén, en medio de tantos conflictos?
¿Es que las respuestas a estos y a otros interrogantes que podríamos agregar, son, acaso, sólo para recordar algunos paisajes (y olvidar muchos más); o para conocer otros hombres y otras mujeres y agregar sus nombres a la agenda y a la lista de contactos?
“No sólo hay que ver el paisaje, sino sentir el olor del mar, el calor del sol o el frío del invierno sobre nuestra piel. Sentir el viento acariciando nuestros cabellos y nuestras sienes. Sólo así descubriremos que la felicidad es completa, cuando podamos vernos reflejados, cada uno de nosotros, en un cuadro, en un paisaje o en un lugar cualquiera”
Jorge Luis Borges
Ya en el S.XVII, René Descartes sostenía que “los viajes sirven para conocer las costumbres de los distintos pueblos y para despojarse del prejuicio de que sólo en la propia patria se puede vivir de la manera a que uno está acostumbrado”. Y agregó: “Viajar es como hablar con hombres de otros siglos”.
Endeudarse (con frecuencia), divertirse (a veces) y cultivarse (siempre, si se está dispuesto a aprender), son algunas de las consecuencias más visibles y concretas de un viaje. Pero hay otras, menos evidentes, que tienen mayor influencia en el desarrollo personal del viajero. La visita a Belén y Jerusalén, por ejemplo, nos recuerda que debemos “amarnos los unos a los otros”; el sol de medianoche nos ilustra sobre el perfecto movimiento de los astros en el espacio infinito; Luxemburgo –con tasa de desocupación casi nula- nos enseña que no es necesario ser grande para convertirse en acogedor, fuerte y exitoso; las pirámides de Egipto nos hacen pensar seriamente en la sapiencia de civilizaciones que ya no existen, y recorrerlas en camello sirve para tener una perspectiva diferente de África; las calles de Tokio sirven para recordar el placer (ya olvidado por los platenses) de transitar por calles y veredas en perfecto estado; el ascenso hasta los 830m de altura de la terraza del Burj-al-Khalifa sirve para reconocer que también es posible marearse en los altos niveles a que uno puede llegar en su vida; el tránsito por las estepas rusas y los desiertos mongólicos sirve para valorar más los viajes de un andariego como Marco Polo; mientras la contemplación de “La Pietá”, “El Extasis…” y “El Regreso … “ sirve para sumergirse en un baño de deleite sin igual.
¿Para qué sirve viajar? Sirve para abrirnos los ojos como caminantes de un universo espectacular; contemplar y comprender sus bellezas naturales, donde conviven aguas límpidas, bosques verdes llenos de sombras y otros multicolores en un montaje simple y armonioso; lo mismo que admirar las espléndidas creaciones del hombre, y sentir, entonces, el placer espiritual de ver todo eso, tocarlo o descubrirlo.
“Muere lentamente, quien no lee, quien no escucha música, quien no viaja”
Pablo Neruda
Sirve para contactar sitios lejanos con siglos de historia y enriquecernos al atravesar límites políticos, lingüísticos, sociales y culturales, y comprobar que viajar no significa sólo ir al otro lado de la frontera, sino también advertir que uno es partícipe de la otra parte.
Sirve para comprender que viajar no es sólo naturaleza y arte; es, también, sociedad, personas, gestos, costumbres, pasiones, banderas, comidas, fe, y que, obras e individuos que parecían muy distantes e indescifrables, se revelan como algo familiar, afín, cercano y conocido.
Viajar ¿es cambiar de lugar?, se preguntaba Anatole France. No. Viajar es borrar prejuicios, concretar ilusiones, y tener la oportunidad de ver la propia vida desde otra perspectiva. El viajero observa al mundo con curiosidad y está siempre dispuesto a descubrir, a comprender y a sentir, para, finalmente, aceptar que el planeta entero es su casa.
Viajar ¿es cambiar de lugar?, se preguntaba Anatole France. No. Viajar es borrar prejuicios, concretar ilusiones, y tener la oportunidad de ver la propia vida desde otra perspectiva
“Viajar –ha escrito Eugenio Rico- es hacer que el tiempo desaparezca, se estire y encoja. Es vivir mil días distintos y no el mismo día mil veces. Es dar más vida a la vida”.
Finalmente, sirve también para ganar en humildad al reconocer el privilegio de ver obras y escenarios que quienes no tienen la posibilidad de viajar no podrán siquiera imaginar, como, por ejemplo, pisar las mismas piedras que dos mil años antes pisaron los Reyes que visitaron al Niño Dios en Belén.
Pero claro, como lo señaló Jorge L. Borges, al viajar “no sólo hay que ver el paisaje, sino sentir el olor del mar, el calor del sol o el frío del invierno sobre nuestra piel. Sentir el viento acariciando nuestros cabellos y nuestras sienes. Sólo así descubriremos que la felicidad es completa, cuando podamos vernos reflejados, cada uno de nosotros, en un cuadro, en un paisaje o en un lugar cualquiera”. ”Las tierras pertenecen a sus dueños, pero el paisaje es sólo de quien sabe apreciarlo”, expresó, acetadamente, Upton Sinclair.
“Los viajes sirven para conocer las costumbres de los distintos pueblos y para despojarse del prejuicio de que sólo en la propia patria se puede vivir de la manera a que uno está acostumbrado. Viajar es como hablar con hombres de otros siglos”.
René Descartes
Al retornar de un viaje se tiene la sensación de que el mundo conocido ha empequeñecido, pero la realidad es que es uno quien ha crecido. No sólo ha aprendido a mirar sino también a mirarse. Uno regresa hecho otro hombre, que no es un superhombre ni un hombre más dotado que otro, sino alguien que ha variado sutilmente su entorno antropológico y la visión de sus circunstancias.
Es que “muere lentamente, quien no lee, quien no escucha música, quien no viaja”, escribió Pablo Neruda.
También en los célebres cuentos de “Las Mil y Una Noches” podemos leer: “Todas las cosas bellas gustan de viajar. Hasta las perlas salen del fondo del mar y atraviesan las inmensidades para colocarse en la diadema de los reyes y en el cuello de las princesas, como Scheherezade”.
En síntesis, como lo expresa en uno de los últimos párrafos la “Desiderata”: “Con todos sus fraudes, su rutina y sus sueños rotos… el mundo sigue siendo maravilloso”, y conocerlo viajando, es la mejor inversión para el disfrute y el acrecer personal.
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