El pánico se apodera de los puristas de la letra cada domingo: desde que “Game of Thrones” comenzó a desviarse de las tramas librescas por falta de espacio (comenzando un verdadero efecto mariposa en cuanto a tramas), estallan al final de cada episodio remarcando las diferencias entre original y copia, y ahora que la copia ha sobrepasado lo que estaba escrito, el temor es que lo arruinen todo.
Y algunas de esas sensaciones de Apocalipsis inminente se vieron confirmadas con el primer episodio de la sexta temporada del programa más popular del mundo: el formato serial dejó poco tiempo a cada trama, al desarrollo de cada personaje, y el show pareció recostarse en vacíos momentos de sorpresas que no estaban profundizados lo suficiente para causar shock emocional.
Sin embargo, el domingo ocurrió lo que todo obsesionado con la serie suponía que iba a pasar, una sorpresa que no era sorpresiva, y al revés de lo que ocurrió en el primer episodio, tuvo una profunda respuesta emocional porque la serie permitió que el momento respirase e, incluso, que coqueteara con engañar a la audiencia.
Fue el broche de oro para un episodio mucho más centrado que el primero, donde las subtramas se desarrollaron para tener mayor impacto y donde se percibió la estrategia de los creadores: apresurar el cierre de muchos cabos sueltos y comenzar a transitar la parte final de la historia (restan dos temporadas tras esta) reuniendo personajes. Lo que pareció un trámite burocrático en el primer episodio (con el regicidio más aburrido de la serie) cobró potencia en la segunda entrega y dejó en claro que, lejos de ralentizar el tempo y guardar revelaciones, la serie apresurará el paso.
De hecho, parece que tras el “despertar” del final del segundo episodio, la tercera entrega descubrirá el origen del personaje, rodeado de tantas teorías...
Pedro Garay
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