Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Rezar por los demás, estén vivos y hayan fallecido, es una de las obras de misericordia; si bien ”el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8, 26).
El filósofo, político y diplomático español Juan Donoso Cortés, en la primera mitad del siglo XIX, afirmó sabiamente: “Los que rezan, hacen más por el mundo que los que combaten; y si el mundo va de mal en peor, es porque hay más batallas que oraciones”.
Pero, ante todo, ¿qué es rezar?
Rezar es tener la mente y el corazón en Dios, amándole, escuchándole y hablándole de lo que a Él le interesa. Y lo que más le interesa a Dios es que nosotros, la humanidad entera, seamos felices cumpliendo sus designios, su voluntad, y alcancemos la salvación en la Vida eterna.
Para el cristiano, la oración es como el aire, es lo esencial para subsistir en la vida de fe
Para el cristiano, la oración es como el aire, es lo esencial para subsistir en la vida de fe, sin oración no es posible vivir el don de la fe. Y no se trata de rezar a veces, a la noche o “cuando lo necesito”… eso sólo sería egoísmo. Rezar, hacer oración, es vivir continuamente en la presencia de Dios, tratando de comprender y hacer con alegría lo que Él quiera. La oración cristiana no tiene interrupción: “orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1). ¡Es posible, si se quiere!
San Pablo aconseja: “Ante todo, te recomiendo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los seres humanos…” (1 Tim 2, 1); y por otro lado dice: “Perseveren en la oración” (Col 4, 2). ¿Por qué? Porque Jesús enseña: “Todo lo que pidan en la oración con fe, lo alcanzarán” (Mt 21, 22).
Esta obra de misericordia - rezar por los vivos y por los difuntos - está al alcance de todos y puede hacerse en todo momento. Rezar por los vivos es encomendar ante Dios a todos aquellos que conocimos, conocemos y conoceremos; es hacerlo por los familiares, conocidos, vecinos y bienhechores; por los trabajadores, comerciantes, docentes, profesionales y desocupados; por los sanos y los enfermos, por los privados de su libertad, por los agonizantes, por los que están de viaje y por los que descansan, etcétera.
El libro de los Hechos de los Apóstoles afirma que “Mientras Pedro estaba bajo custodia en la prisión, la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él” (Hechos 12, 5). Es una tradición de la Iglesia, desde sus orígenes, rezar fervorosamente por sus pastores, por aquellos que tienen encomendado nuestro cuidado espiritual. Y rezar por todos los difuntos, especialmente por quienes más necesitan de la misericordia de Dios. Rezar por los que tuvieron una muerte súbita, por los muertos en hechos de violencia, por los que murieron en accidentes, por los que sufrieron una penosa enfermedad, por los murieron en pecado y se negaron al Amor de Dios, por los que murieron desterrados, perseguidos, abandonados, marginados, desconocidos, por los enemigos de la Iglesia, y por quienes nadie reza ¡por todos!
Por mi parte, también rezo por aquellos que rezarán por mí después de mi muerte y aun por aquellos que pasarán delante de mi tumba.
Estoy cierto que rezar siempre por los vivos y por los difuntos nos dará un corazón generoso y universal, para gloria de Dios.
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