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La responsabilidad bien entendida

La responsabilidad bien entendida

Por Redacción

Por SERGIO SINAY (*)

Mail: sergiosinay@gmail.com

“Responsabilidad significa pagar el precio y la renuncia que toda acción exige”. Pocas frases definen con tanta brevedad y tanta precisión en qué consiste la responsabilidad, ese valor tan mencionado y a menudo tan ausente. La definición es de Claudio Magris, ensayista y narrador italiano, hombre de exquisita sensibilidad y de notable lucidez para captar los más sutiles vericuetos de los tiempos y la cultura que vivimos. De ello dan prueba algunas de sus obras, como la imperdible “Danubio” (obra maestra sobre el arte de viajar, observar, comprender y contar), “Microcosmos”, “Otro mar” o “La historia no ha terminado”.

Magris pone el acento en donde debe ir. Responsabilidad no es carga, no es deber, no es obligación. Para entenderla es preciso separarla de esos sinónimos que se le adjudican. Responsabilidad es la cualidad de responder (ese es el origen de la palabra), ¿A qué? A las consecuencias de nuestras acciones. No hay acción sin consecuencias. Las hay si hacemos y si no hacemos, si decimos y si callamos. No hay manera de estar vivo que no genere consecuencias. En primer lugar los efectos de nuestras acciones repercuten en nosotros mismos, luego en el entorno humano del que formamos parte (por mínima que sea su red de vínculos no hay ser humano que no esté relacionado con otro u otros), las consecuencias alcanzan también a otras especies y, por fin, al hábitat, el medio ambiente. Cuando se habla de responder no es cuestión de hacerlo con palabras. Abundan quienes, ante el resultado producido por sus actos, conductas o palabras, dicen “Soy consciente de eso”, “Me hago cargo” o cosas parecidas. Y creen que han respondido. Pero solo ofrecen un simulacro, porque en los hechos no repararon, no resignaron, no devolvieron, no curaron, no se acercaron, no postergaron ninguno de sus deseos o urgencias, no cedieron, no acompañaron. Sólo emitieron un formulismo. Pasa día a día en la política, en la economía, en los negocios, en el deporte, en la vida familiar, en las relaciones íntimas, en la vida vecinal, en el ejercicio de diferentes oficios y profesiones.

LA LIBERTAD ES OTRA COSA

Hablamos de consecuencias de acciones, de efectos de lo que hacemos (no hacer es también un modo de hacer y callar es un modo de hablar). Por lo tanto las respuestas, para serlo de verdad, tienen que ser acciones, actos, conductas. ¿Ante quién se responde? Desde el momento en que los humanos somos seres sociales por naturaleza y vivimos siempre entre y con otros, es a ellos y ante ellos que se responde. Ante el otro, el prójimo (que es el próximo, el visible, el presente, el tangible). A esto se refiere Magris cuando habla de pagar un precio.

Las consecuencias de nuestro actuar pueden ser previsibles, inevitables, deseadas, conscientes, no conscientes, temporarias, permanentes, visibles, ocultas, aleatorias o pertenecer a muchas más categorías. Pero siempre existen. Resulta esencial saberlo. No para dejar de actuar y quedar acorralados en una estéril inmovilidad, sino para asumir la responsabilidad. Hacerlo es también acceder a la libertad. Aunque esto pueda parecer contradictorio, no lo es. Veamos por qué.

Quien transita la vida con una actitud responsable ha decidido que responderá a las consecuencias de sus acciones, sean cuales fueren esas consecuencias. Por lo tanto ante cualquier situación, por simple o compleja que resulte, tendrá un rango mucho más amplio de elecciones posibles. Dispuesto a responder, puede elegir. Por el contrario, quien teme las consecuencias, se esconde de ellas o les huye tendrá un horizonte limitado solo a aquellas acciones de cuyos efectos pueda zafar (si es que puede). Libertad, en fin, no es carecer de límites y obstáculos, no es hacer lo que se me antoja sin dar cuentas a nadie. Esas son trágicas y perversas malformaciones de una idea. Libertad es capacidad de elegir y actuar responsablemente ante las consecuencias de esa elección. Como explicaba insistentemente Víktor Frankl (el médico y pensador austríaco autor de “El hombre en busca de sentido”, “La presencia ignorada de Dios” y “En el principio era el sentido”, entre otros trabajos), somos criaturas condicionadas. Nos condicionan el tiempo (tenemos fecha de vencimiento), la geografía, la historia, el clima, la biología, el azar, el entorno social, las situaciones políticas, el otro, etcétera. Las limitaciones son parte inseparable de nuestro escenario existencial aunque pretendamos ignorarlo o evadirlo. Dado que no se puede todo, estamos obligados a elegir, a decidir. Cuanto más desarrollamos y ejercemos nuestra capacidad de tomar decisiones responsables, más libres somos. Ese es el valor de la libertad. Va ligada a la responsabilidad. Ser libre significa elegir qué se resigna y valorar y defender aquello por lo que optamos. Toda acción exige una renuncia, señala Magris en la frase inicial de este texto. En cierto modo libertad y responsabilidad son hermanas siamesas. Quienes las separan actúan irresponsablemente.

RESPONSABILIDAD Y CULPA

La responsabilidad, como todos los valores morales, es meritoria porque elegimos actuar en función de ella. Estamos facultados y dotados para ser responsables, pero podemos no serlo (la vida de todos los días nos ofrece innumerables ejemplos en todos los campos). No es una predeterminación, como sí lo es, por ejemplo, que la sangre circule por nuestras venas. Esto último no depende de nuestra voluntad. Actuar responsablemente, sí. Además, para ser cierta la responsabilidad debe ser individual. No hay responsabilidades colectivas. Esta categoría la usan quienes buscan huir de su propia responsabilidad.

Las consecuencias de nuestro actuar pueden ser previsibles, inevitables, deseadas, conscientes, no conscientes, temporarias, permanentes, visibles, ocultas, aleatorias o pertenecer a muchas más categorías. Pero siempre existen. Resulta esencial saberlo. No para dejar de actuar y quedar acorralados en una estéril inmovilidad, sino para asumir la responsabilidad. Hacerlo es también acceder a la libertad

Cuando la responsabilidad escasea, la culpa aumenta. Suele usarse culpa como sinónimo de responsabilidad, pero en realidad son opuestos. Cuando las personas se hacen cargo de las consecuencias de sus acciones y responden a ellas con nuevas acciones que estén a la altura de ese reconocimiento, no es necesario buscar a un culpable para aquellas consecuencias. Hay un responsable asumido, declarado y explícito. En donde hay responsables no hacen falta culpables ni reales ni pre o post fabricados. Eso limpia y aliviana las atmósferas en todos los vínculos, tanto los familiares, de pareja, laborales, sociales, políticos, grupales, ciudadanos o de cualquier tipo. En este sentido la responsabilidad demostrada y ejercida crea confianza. En donde las personas actúan responsablemente (no porque lo dicen, sino porque lo hacen), nadie teme ser cargado con culpas que no le corresponden. En cambio, cuando hay escasez de responsabilidad se produce inevitablemente una hiperinflación de culpa.

Si una sociedad, como la nuestra, pierde buena parte de su tiempo, de sus energías, de su creatividad y de la calidad de sus vínculos en la permanente búsqueda de culpables para los diferentes males que la aquejan, quizás sus miembros deban preguntarse si no están sufriendo por un default de responsabilidad. El default económico se soluciona con leyes, pero el de responsabilidad necesita mucho más que eso y lleva más tiempo, de manera que la tardanza en comenzar aumenta los costos morales, sociales y existenciales.

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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