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Dar vivienda al necesitado

Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas.

Alojar al forastero o procurar vivienda al necesitado es lo mismo. Pero, en todo caso, es una exigencia humanitaria que en la actualidad no es tenida en consideración. Si aquellos que tienen en sus arcas cantidades impensables de valiosos bienes, recordaran que nada se llevarán a la tumba, pero sobre todo si tuviesen entrañas de compasión, seguramente la humanidad estaría mejor. Pero los que muchos tienen, son los que critican a otros para tapar así sus egoísmos y negligencias. ¡Cuántos hermanos de distintos pueblos, lenguas y razas, no tienen un espacio digno y limpio para vivir! Aunque no es necesario ir lejos para encontrarlos, pues están en nuestras calles.

Es cierto que no todos tenemos posibilidades de ayudarlos directamente. Pero también es cierto, ¡y muy cierto!, que todos juntos podemos unir fuerzas y bienes para aliviar y hasta para solucionar muchas situaciones.

Muchos gobernantes usan de esos pobres sin techo para sus proyectos políticos, que nada tienen que ver con el bien común. Pero en la Iglesia existen instituciones que también se ocupan de los que no tienen vivienda para promoverlos y brindarles capacitación y medios necesarios que les permitan alcanzar la dignidad propia de su condición humana. Felizmente, esas instituciones eclesiales no hacen alardes de sus obras. Una vivienda digna es necesaria para el sostenimiento de la unidad familiar, para evitar el desarraigo de sus integrantes; y toda la sociedad es responsable, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica cuando dice: “La familia debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas. Cuando las familias no son capaces de realizar sus funciones, los otros cuerpos sociales tienen el deber de ayudarlas y de sostener la institución familiar. En conformidad con el principio de subsidiaridad, las comunidades más vastas deben abstenerse de privar a las familias de sus propios derechos y de inmiscuirse en sus vidas” (n° 2209).

Una vivienda digna es necesaria para el sostenimiento de la unidad familiar, para evitar el desarraigo de sus integrantes

Es necesario que, al menos los cristianos, nos mentalicemos respecto al generoso servicio que debemos a los demás. Ningún ser humano es dueño de la más pequeña parte del planeta: todos somos habitantes por Misericordia de Dios, e único y real Señor Soberano y Dueño de toda las tierra y de sus habitantes.

El papa Francisco, en su carta encíclica Laudato Si’, sobre el cuidado de la tierra como casa común, afirma: “Hoy, creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos… El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una «regla de oro» del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social»” (n° 93). Quiera Dios hacernos comprender estas verdades.

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