Por SERGIO SINAY (*)
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Entre invalorables objetos greco-romanos y bizantinos, cerámicas de Éfeso, Creta y Troya, e imponentes sarcófagos (entre ellos el de Alejandro Magno, del siglo IV antes de Cristo), además de tantísimas reliquias que testimonian el pasado de la Humanidad, el Museo Arqueológico de Estambul, en Turquía, conserva 75 mil tablillas que dan cuenta del comienzo de la escritura en la historia de nuestra especie. Una de las más llamativas fue encontrada en Nippur, Irak, hacia 1880 y se calcula que data de 4.000 años atrás. Ya descifrada se supo que contiene una declaración amorosa, uno de cuyos párrafos dice: “Novio mío, próximo a mi corazón, grandiosa es tu belleza. Me has cautivado, déjame presentarme temblorosa ante ti”. Otra de esas tablillas, cuya visión estremece a quien las observa, contiene el primer tratado de paz del cual se tiene registro. Fue firmado por hititas y egipcios en el año 1259 antes de Cristo, tras la batalla de Qadesh, en la que se enfrentaron esos dos imperios. Las tablillas son de arcilla y el texto fue traducido luego a la lengua caldea babilonia en delgadas hojas de plata.
Estos son apenas dos bellos ejemplos de lo que significa el lenguaje en la vida humana. Amor y paz son los contenidos de estas tablillas. Otras reflejan la vida cotidiana, otras testimonian hechos políticos, observaciones de la naturaleza. Las hay en las cuales se expresan sueños, esperanzas, sentimientos o, simplemente, el deslumbramiento ante la maravilla del mundo.
COMO LOS BEBÉS
Así como un bebé no nace hablando, sino que pasan casi tres años de su vida hasta que, además de emitir primero sonidos y luego pronunciar palabras, pueda articular frases, la Humanidad siguió un proceso evolutivo similar. Los humanos no aparecimos hablando. Tuvimos que construir el lenguaje que nos caracteriza (compuesto de diferentes idiomas, dialectos, gramáticas, sintaxis, reglas y etimología). Necesitábamos esta herramienta para expresarnos, comunicarnos, exponer ideas, necesidades, dones y llegamos a ella a través del tiempo, en un lento proceso de creación y construcción que empezó de una manera muy simple, con pinturas en las cavernas, y luego fue tomando forma de símbolos, a esos símbolos se les agregó sonidos y los sonidos se modularon en frases. La humanidad aprendió a hablar a partir de sus necesidades y de su imprescindible socialización, tal como ocurre con cada nuevo humano que nace.
El proceso es relativamente nuevo, al menos en términos de tiempo histórico. Se deduce de las investigaciones de arqueólogos y lingüistas que fueron los sumerios, en la Mesopotamia, los iniciadores del lenguaje tal como hoy lo conocemos. Lo hicieron en tablillas, con escritura cuneiforme (llamada así porque se punteaban las tablillas de arcilla húmeda con cuñas hechas al principio de plumas). Esto ocurrió alrededor de 3.500 años antes de Cristo, en la región ubicada entre los ríos Tigris y Eufrates, en la desembocadura del Golfo Pérsico.
Como tantas otras cosas en las que no solemos reparar lo suficiente, también el lenguaje, con todas sus extraordinarias potencialidades, es un legado que recibimos. Y como todos los legados requiere agradecimiento hacia aquellos de quienes lo aprendemos y heredamos, demanda ser honrado, cuidado y también enriquecido para luego ser nuevamente legado, esta vez a quienes nos siguen. Cada palabra desvirtuada, cada vocablo vaciado de contenido, cada término usado sin sentido y sin noción de su significado, cada expresión puesta al servicio de una mentira, de un ocultamiento, de la manipulación emocional o intelectual de otro es un grave atentado contra uno de los más extraordinarios dones humanos. Podríamos decir que no hay malas palabras en el sentido en que habitualmente las definimos, dado que toda palabra tiene su razón de ser. Lo que abunda, y esto sí es grave, son palabras mal usadas, aunque no aparezcan entre las “malas” o “prohibidas” por el llamado buen gusto. En ese aspecto son más escatológicos u obscenos algunos discursos y promesas políticas, muchas mentiras que se emiten en las relaciones humanas, demasiadas excusas por faltas a valores esenciales como la responsabilidad, que alguna mentada de madre proferida en situaciones extremas.
Las palabras construyen el mundo que habitamos. No en un sentido físico y tangible, sino en cuanto a la experiencia humana. Un elefante existe, ¿pero cómo lo llamaríamos, qué sería para nosotros, sin la palabra que lo nombra? Solo empieza a ser real cuando podemos nombrarlo. Esto vale para todo lo que constituye nuestro universo. No es casual que la Biblia comience diciendo que en el principio fue el verbo. Y que en el inicio mismo del Génesis se informe que Dios, tras crear al hombre, lo llevó a conocer el mundo para que fuera él quien les pusiera nombre a las demás criaturas.
Pasar del garrote como medio de expresión al gruñido, de este a las pinturas en las cuevas, de estas a los símbolos, de los símbolos a los fonemas, al lenguaje escrito y estructurado y, con este, a diferentes y ricas formas de expresión que abarcan todas las áreas de la vida de nuestra especie fue, queda dicho, un largo y complejo proceso
Sin palabras no hay memoria (de hecho, nuestros recuerdos personales abarcan desde el momento en que comenzamos a hablar en adelante, porque ese es el punto desde el cual contamos con una herramienta para relatar). Y tampoco habría pensamiento. Se piensa en palabras, y ordenándolas es como se organizan las ideas. Confusión de palabras y confusión de pensamientos son, así, una misma cosa. Y también hay correlación entre la escasez o pobreza de ideas y escasez o pobreza de palabras. Esto no quiere decir que se necesite un enorme vocabulario, sino que se trata de usar con precisión y, en sincronía con los pensamientos, aquel del que se dispone.
¿VOLVER A GRUÑIR?
Pasar del garrote como medio de expresión al gruñido, de este a las pinturas en las cuevas, de estas a los símbolos, de los símbolos a los fonemas, al lenguaje escrito y estructurado y, con este, a diferentes y ricas formas de expresión que abarcan todas las áreas de la vida de nuestra especie fue, queda dicho, un largo y complejo proceso. Por eso resulta inquietante el progresivo deterioro del lenguaje humano al que asistimos. Se verifica en lo oral y en lo escrito, abarca todo tipo de niveles sociales y culturales y todo tipo de actividad, aunque resulta especialmente evidente en algunas de alta exposición pública, como la política, la economía, el deporte, los medios audiovisuales o el espectáculo. Esto ahonda la gravedad, porque estas actividades suelen influir sobre el habla y el comportamiento colectivo.
El español cuenta oficialmente (si se puede decir así) con más de 100 mil palabras. Un adulto que haya completado la educación secundaria y accedido a la terciaria o universitaria y tenga preocupación por la lectura y la escritura, usa a lo sumo (según estudios coincidentes) 5 mil. Por debajo de ese nivel una gran proporción de la población no sobrepasa los 2 mil. Y entre los nacidos y criados en la era de la explosión de las nuevas tecnologías (es decir no más allá de 1990), apenas se alcanzan las 300. Mediante los artefactos tecnológicos muchos se comunican con abreviaturas, pero no saben cómo se escribe esa palabra que abrevian. Puede parecer gracioso. No lo es. Se trata de un síntoma que merece atención urgente. Antes de que empecemos otra vez a darnos garrotazos y a gruñir, esta vez rodeados de celulares, pantallas y computadoras.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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