El aumento de la expectativa de vida trae a la escena nuevas cuestiones, impensadas de abordar años atrás. Formar pareja después de los 60 años, los 70 o más era algo muy poco frecuente. Hoy a esas edades hay personas que tienen parejas de larguísima duración. Otras que han formado nuevas parejas. Están las que enviudaron o se divorciaron y quedaron solas de un día para otro. Entre ellas algunas volvieron a elegir para siempre y otras por un tiempo. Están además las que nunca tuvieron pareja.
Esto pone en evidencia en primer lugar que cada vez que hablamos de persona mayores debemos decir antes que nada que es un grupo muy heterogéneo. Por eso hablamos de vejeces, no de Vejez. Por otra parte, hasta el siglo pasado las etapas de la vida estaban muy bien definidas y los roles muy acotados. Había una edad para crecer y estudiar, otra para trabajar y procrear y finalmente la última para jubilarse, vivir unos pocos años y morir. Las mujeres, eran hijas, novias, esposas, madres, abuelas y viudas. Y cada rol se correspondía a una edad cronológica.
En este nuevo siglo los límites se han demarcado y las conductas esperadas en cada etapa han cambiado significativamente. La noción de “edad” es decir lo que se entiende como adecuado para vivir en un determinado momento de la vida, está modelado culturalmente y por lo tanto va variando según las épocas y las generaciones. Las adolescencias se extienden y la llegada a la vejez se alarga. Después de los 60, se puede ser hijo, padre, y abuelo. Profesor y alumno. Y jugar cada uno de estos roles de modo alternado y cambiante. Los mandatos sociales tal como los conocimos y los conformamos ya no existen.
Y la longevidad, juega un papel importante en esto. Hoy una mujer después de los 60 aspira a vivir 20 años o más, por lo que debe trazarse nuevos objetivos y metas, que seguramente van más allá de los tradicionales y esperados. Laborioso esfuerzo que implica sin duda saldar cuentas entre el pasado y el futuro.
Es más sencillo hablar de pareja que hablar de sexo en la edad mayor. Los prejuicios negativos sobre la vejez descartan la posibilidad del deseo y del erotismo. El mandato cultural que obliga a las mujeres a ser jóvenes, flacas y lindas para ser deseadas, y a los varones a estar “siempre disponibles”, atenta contra el disfrute y la oportunidad de enriquecer la vida con una pareja.
Diversos valores morales niegan la sexualidad no reproductiva o se apela al cuidado de la salud en detrimento de la vida sexual.
Muy por el contrario, las relaciones amorosas, la intimidad física y la satisfacción sexual, constituyen fuentes de bienestar en todas las edades.
Ni el deseo ni la sexualidad desaparecen con la edad. Podemos decir que cambian sus formas, como cambia la forma de caminar, de correr, de pensar y de disfrutar.
A medida que se envejece, las emociones se vuelven muy importantes. La sexualidad es más que el acto sexual, implica compartir nuestro ser físico y emocional con otra persona y esto, sin lugar a dudas, contribuye a la felicidad. Como dice el célebre gerontólogo estadounidense Butler, se adquiere “el segundo lenguaje de la sexualidad” y el egoísmo juvenil se transforma a menudo en “un mayor sentido lúdico, en más expresividad y amabilidad.
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