Por JUAN BECERRA
ESCRITOR
En una reunión de amigos en la que hace unos años especulábamos sobre el perfil personal de Cristina Fernández de Kirchner, el escritor Esteban López Brusa dijo que, sin dudas, era un producto de la Universidad Nacional de La Plata. López Brusa es de aplicar frases certeras sobre temas amplios (mucho antes había dicho, casi con la misma precisión, que Roberto Carlos era “el cantante del amor en el país del amor”), pero ese día su arte de condensar elementos dispersos llegó a la cima. Tenía toda la razón. Cristina, en ese momento Presidenta de la Nación después de una carrera de más de treinta años, no había perdido en el camino su marca de origen cultural acuñada en la militancia juvenil, las asambleas universitarias, la pasión por el debate, el fetichismo por el lenguaje y la voluntad de imponer argumentos.
Para ella, la política es una actividad letrada: no hay acción sin explicación, ni actualidad sin historia. Sus intervenciones en cadena nacional o en las asambleas de la ONU prueban la hipótesis de López Brusa porque tienen menos de mensaje estatal o posición diplomática (al menos en estado puro) que del sprint al que se entrega el estudiante universitario para convencer a propios y extraños antes de que se vote alguna moción de coyuntura. Cualquiera que haya estado en una asamblea universitaria en los años ‘70 o en los ‘80, incluso hoy mismo (es un género clásico cuyo fuego no se apaga con el tiempo), habrá comprobado la importancia del lenguaje en todas sus aplicaciones de defensa y ataque. En una asamblea universitaria, hablar equivale a luchar. Allí la espada es la palabra, como en la literatura.
Cada presidente argentino tiene sus ideas y su lírica, además de sus actos. Perón tuvo un rango ideológico extenso (en términos clínicos: fue “peronista”) con un pie apoyado en la Doctrina Social de la Iglesia y otro en la dureza militar, y una lírica martinfierrista, campechana, aforística, de algún modo emparentada con el Borges más rural. Frondizi sostuvo un lenguaje desarrollista aplanado por el discurso de la diplomacia, cuando no de la Embajada de Estados Unidos. Alfonsín se encargó de recordar a varios millones de olvidadizos el idioma de la Constitución Nacional, y su lírica fue la de la épica defensiva de la democracia y sus poderes.
Menem revolucionó el lenguaje político por medio de la banalización, lo desconectó de los actos de gobierno y ganó terreno hablando como el personaje principal de una comedia en la que se incubaba la tragedia. ¿Y De la Rúa? ¿Habló? Más bien leyó: los parlamentos publicitarios de la campaña electoral, el discurso con menos sopa de todos los que se hayan pronunciado en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, una versión naif del megacanje y el estado de sitio redactado por uno de sus hijos. ¿Si tuvo algo bueno? Por supuesto: su ex nuera, Shakira.
La oralidad es un don que suele reconocerse. Cuando Winston Churchill ganó el Premio Nóbel de Literatura en 1953 por sus frondosas memorias con cuyos ladrillos de papel podríamos hacer una medianera, la extravagante academia de Suecia argumentó que, al margen de lo escrito, Churchill era un excelente orador. Imaginemos la traspolación de ese argumento aplicado al Nóbel de Medicina al que también se lo premia porque sabe sacar la molleja crocante de la parrilla o porque le fue bien como tenista en las olimpíadas del Colegio de Médicos.
CHURCHILL Y HEMINGWAY
En ese año de 1953 en el que Churchill gana el Premio Nóbel (o para ser más directos: se lo dan), el que queda relegado hasta el año posterior es Ernest Hemingway, curiosamente el escritor postulado por Norman Mailer para ser presidente de los Estados Unidos en 1956. Los argumentos “políticos” son que sabe hablar varios idiomas con fluidez, tiene más encanto que Einsenhower, se ganó un gran prestigio en Europa y, además, sabe cazar y pescar, es decir que es un hombre de acción. El argumento “literario” era, aunque no se haya mencionado, exportar a Hemingway del mundo de la literatura donde, según el juicio de Mailer, todos esos méritos no le alcanzaban para permanecer.
Rómulo Gallegos, escritor de la medianía, fue presidente de Venezuela en 1948, elegido por el 80% de la población. Mario Vargas Llosa también probó su suerte de campeón político en Perú, pero fue subcampeón. Pese a que Bilardo y Simeone dicen que de los segundos no se acuerda nadie, podemos recordar muy bien aquella elección de 1990 en la que Vargas Llosa fue endiosado por su país hasta que llegó el momento del sufragio y todas las predicciones se derrumbaron. Perú prefierió a Fujimori, líder de un engendro partidario que asumió casi sin funcionarios, se entregó a los shocks del FMI y terminó renunciando por fax desde Japón diez años más tarde. Entretando, Vargas Llosa trató de digerir la tremenda ensalada de ballenas que le hizo comer la derrota y fue en busca del Nóbel, enterrando al eximio novelista de Conversación en la Catedral para que viviera el ideólogo del capital financiero y el Pentágono, cuya vulgaridad mental camina increíblemente cerca de Donald Trump.
LAS DE SARMIENTO
En cambio, el que las hizo todas fue Sarmiento. Impulsó la educación pública; escribió Facundo, primera e indeleble novela de la literatura argentina y, para sorpresa de una posteridad que da por sentado que no existen los archivos pretecnológicos, dejó una obra oral reunida en sus Discursos populares. Allí se reproduce el discurso de su regreso al país en 1868 (y a “South America”, como le gustaba decir) después de su primer viaje como presidente cuyo destino fue -of course- Estados Unidos.
Sarmiento cuenta un chiste malo que le contaron en el viaje: alguien le dice a una mujer que su marido está en peligro porque lo sigue un oso, y la mujer responde que ella no se mete en los problemas del marido. Dice Sarmiento: “Se dice que es necesario hacer del pobre gaucho un hombre útil a la sociedad, educándolo; y todos contestan: ‘yo no me meto con el oso’. Pero ¡es necesario meternos con el oso!”. El discurso es prolongado, emotivo, un poco arrogante, pero aparenta ser sincero. Lo que se nota es que Sarmiento podía hablar de política con cierta tasa de sinceridad, digamos la mínima que se puede esperar de un presidente. Esa sinceridad mínima se hace evidente cuando ejerce una rampante autocrítica polítitca a su obra literaria: “Yo también he sido escritor, y algunos escritos míos han abierto hondas heridas. En el fervor de la lucha de los partidos, en los momentos del combate, se esgrime como argumentos convincentes todo lo que puede dañar”.
En estos pocos meses de gobierno nuevo se ven a la legua unos protocolos verbales más o menos delirantes a los que los funcionarios entregan su soberanía verbal. Todos se basan en el principio de hablar por “escurrimiento”
En Qui D’Orsay (2013), de Bertrand Travernier, el personaje principal (Thierry Lhermitte) es el Primer Ministro de Francia, un fanático de Heráclito con humos de poeta que se prepara para dar un discurso de unos pocos segundos en las Naciones Unidas. El resultado es una crisis (de lenguaje) impulsada por la histeria del estadista en apuros que deriva en una frase colectiva, breve y trillada, de trascendencia inversamente proporcional a la que se le dio a su confección. Sarmiento no se hubiera entregado a esa humillación.
LA TRANSICION
¿Y Mauricio Macri? ¿Qué onda? Lo que salta al oído es un choque de planetas si se contrasta su desdén por el lenguaje con la pasión verbal de Cristina Fernández de Kirchner. De todas las transiciones que vimos en estos meses, la de los usos de la lengua pública es casi tan drástica como los aumentos en las boletas de la luz y del gas, la devaluación, la fuga de capitales, el moralismo galopante, el endeudamiento o la apertura de las importaciones, por no hacer más que una lista corta de “sinceramientos”. Venimos de un gobierno hipertextual y vamos hacia un gobierno afásico. Sin embargo, bajo las fórmulas de la inexpresividad, la elusión y la postulación de un futuro de oasis floreciendo en el desierto como hongos después de la lluvia, por debajo del tremendo simulacro donde opera el drama que ilumina la expectativa sobre los milagros del futuro, se filtra algo parecido a una verdad.
En estos pocos meses de gobierno nuevo se ven a la legua unos protocolos verbales más o menos delirantes a los que los funcionarios entregan su soberanía verbal. Todos se basan en el principio de hablar por “escurrimiento”. Basta preguntarles por algo concreto a los funcionarios para que literalmente se volatilicen como una fuga de vapor en el aire. Tal vez quepa describir el fenómeno como el globo que se desinfla. La farsa de inocencia tiene, por razones obvias, sus momentos de cinismo como cuando Jaime Durán Barba discutió sobre el hambre con Joaquín Furriel en el programa de Mirtha Legrand. Furriel habló de gente que se “muere de hambre” en un sentido metafórico del que todos advertimos que se estaba poniendo el acento en la palabra hambre y no en la palabra muerte. Pero Durán Barba literalizó la discusión y habló de la muerte-muerte, puso como ejemplo las hambrunas de Calcuta, roció la mesa con sus chillidos autocelebratorios y se declaró ganador en un juego reversible, que es el de darle literalidad a la metáfora para quitarle sentido a la metáfora, y el de darle metáfora a la literalidad para quitarle realidad a los hechos, siempre según le convenga al acto de escurrirse.
El presidente Macri se plegó a este juego de volatilización que lo llevó a la Casa Rosada, pero también tiene un pensamiento propio. Sus raíces están clavadas en él y tiene la forma de una fe mesiánica en el capitalismo. Cree que el capitalismo es San Cayetano. Por supuesto, la superstición es inviable pero quizá no la mueva la mala fe sino algo peor: la confianza ciega. El lenguaje de Macri, al menos en estos primeros meses, es el de un presidente platónico para el que la realidad física es un fenómeno secundario. La realidad es algo que tanto puede estar como no estar. Los “muertos de hambre” podrían ser una realidad, pero es mejor registrarlos como una metáfora. Mientras tanto, el platónico espera que el mundo de lenguaje en el que vive nos alcance a todos.
SUSCRIBITE a esta promo especial