Cuando apareció el video de la Rosadita, en la que el hijo de Lázaro Báez y otros allegados al empresario, contaban pilas de dólares, fumaban habanos y brindaban con whisky, muchos creyeron que nada podría superar a esas imágenes para graficar, de alguna forma, las sospechas sobre la llamada ruta del dinero K. Pero una madrugada, en un convento de General Rodríguez, se iba a escribir un capítulo tanto o más gráfico que aquel de la Rosadita.
En este caso, ya no son “hijos o allegados” sino, directamente, uno de los más encumbrados funcionarios de la década kirchnerista: el ex secretario de Obras Públicas durante doce años. Lo encontraran agachado, en medio de la oscuridad, en el preciso momento en el que intentaba enterrar, aparentemente, más de ocho millones y medio de dólares que tenía en bolsos y valijas. Estaba armado, pero no llegó a disparar cuando la Policía lo rodeó. Sólo atinó a gritar que era plata “de las monjitas”.
Nunca se había logrado una sospecha de tanta contundencia, de tanta nitidez y de tanta obviedad al mismo tiempo. El video de la Rosadita, casi parece poca cosa.
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