Por MARTIN TETAZ
ECONOMISTA
El matrimonio puede ser pensado como un contrato que en última instancia cumple las mismas funciones que cumple la bolsa de valores, en el sentido de que permite diversificar riesgos.
Salvo en los excepcionales casos, mas propios de las novelas que de la realidad, en los que el multimillonario se enamora de la mucama, los estudios muestran que existe una tendencia muy fuerte de la gente a casarse con personas de similar nivel socioeconómico. En particular, un estudio del economista Víctor Funes Leal muestra que esa correlación entre los cónyuges, lejos de disminuir, aumentó mucho en nuestro país entre el 2000 y el 2006 particularmente.
Además, cuanto más joven se casa la gente, más inciertos son los ingresos futuros de los miembros de la pareja, de manera que acordar la conformación de un fondo común de ingresos que se disfruta 50 y 50, que en ultima instancia es lo que implica el contrato matrimonial desde el punto de vista jurídico, es una gran idea porque equivale a invertir la mitad de mi dinero en otra empresa, que puede amortiguar las fluctuaciones futuras de mi suerte.
El problema es que cuando los ingresos son muy diferentes, o cuando las profesiones son similares, estas posibilidades de diversificación se ven reducidas y aparece entonces la tentación de separar presupuestos.
Por eso siempre digo que la mejor manera de testear la fortaleza de una pareja es discutir de dinero pronto, porque recién cuando las cartas se ponen sobre la mesa, emerge con claridad el compromiso de cada uno en la sociedad.
Lógicamente, la sociedad conyugal brinda un marco de regulación de la economía del hogar, pero luego cada pareja encuentra su lugar en el espacio posible de negociación.
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