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Visitar al enfermo

Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas.

Entre los problemas más graves que aquejan la vida humana pueden señalarse la enfermedad y el sufrimiento.

En la enfermedad, el ser humano experimenta su propia impotencia, su limitación, su condición de pobre, débil y frágil. Cualquier enfermedad, aun la más insignificante, puede hacernos entrever la muerte.

La enfermedad puede engendrar la angustia, e incluso cierta desesperación y rebeldía contra Dios, aunque antes ese enfermo nunca se haya acordado de Él. Pero también puede ayudar a dejar de lado lo malo y volverse a los valores que lo dignifican como persona. Una enfermedad puede ser el medio para alcanzar una madurez integral. Todo depende de cómo se vive y cómo se debe vivir.

En la historia del pueblo de Israel puede verse que la enfermedad se vive de cara a Dios, y ante Dios - que es el Señor de la vida y de la muerte - se implora la curación. Muchas veces la enfermedad se convierte en camino de conversión, de vuelta a Dios. Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal, pero que Dios es Fiel y sana, como Él mismo lo dice: “Yo, el Señor, soy el que te da la salud” (Ex. 15, 26).

El Señor Jesús - verdadero Dios y verdadero hombre nacido de María Virgen en Israel por obra del Espíritu Santo - manifiesta su compasión hacia los enfermos y realiza numerosas curaciones. En su misericordiosa compasión con todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: “Estuve enfermo y me visitaron” (Mt 25, 36). Y su amor de predilección por los enfermos continúa vigente a través de los siglos.

El que visita a un enfermo no lo hace para darse un gusto a sí mismo, sino ara dárselo al prójimo

Jesús nos invita a seguirle, tomando su Cruz, como vemos en el Evangelio (cf. Mt. 10, 38; 16, 24 ss). Siguiendo a Jesús nosotros adquirimos una nueva visión de la enfermedad y de los enfermos.

Así, la visita a los enfermos es en la Iglesia una de las obras de misericordia. Pero, lo primero que hemos de señalar es que cada visita implica una profunda caridad, un acto de amor generoso y desinteresado. Por lo tanto, si el enfermo no está en condiciones de recibir una visita, lo mejor será no ir en ese momento y esperar la ocasión propicia. El que visita a un enfermo no lo hace para darse un gusto a sí mismo, sino para dárselo al prójimo.

Si la enfermedad del que se visita es de especial cuidado o peligro, nunca el cristiano debe dejar de sugerirle que llame al sacerdote para que lo bendiga y le administre el sacramento de la unción de los enfermos, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La Iglesia en el tiempo de los apóstoles tuvo un rito propia en favor de los enfermos, atestiguado por Santiago: «Si alguno está enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él y lo unjan con óleo en el Nombre del Señor. La oración que nace de la fe salvará al enfermo, el Señor lo aliviará, y si tuviera pecados, le serán perdonados.» (5, 14-15). La Tradición ha reconocido en este rito uno de los siete sacramentos de la Iglesia” (n° 1510). En este año de la Misericordia conviene estar atentos para vivir este deber de cada cristiano: visitar al que está enfermo, para llevarle ánimo, para rezar con él y, si fuera el caso, para sugerirle que llame o haga llamar a un sacerdote.

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