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Bolsones de riqueza

Por Redacción

Por ALEJANDRO CASTAÑEDA (*)

Mail: afcastab@gmail.com

Repugna y fascina el thriller del convento Nuestra Señora de Fátima. Ilusiona a unos, desilusiona a otros y acorrala a jueces, sospechosos e indagados. Se ambientó en General Rodríguez, un distrito que ayer fue escenario de un triple crimen con balas de efedrina y que hoy recuperó fama con la llegada de este hombre de la bolsa que estremeció la grieta. En ese Convento viven monjas de clausura. Y él militaba en la congregación del Santo Oficio: acumulaba plata negra y repartía. General Rodríguez fue la parada final de 25 años de despojos autorizados, una comarca violenta donde reina, curiosamente, La Serenísima. ¿Cómo tipificar este escandaloso suceso? El Cambalache de Discépolo da en el blanco: “es un despliegue de maldad insolente/ya no hay quien lo niegue”.

A medida que pasan los días, la novela gana en variaciones y resonancias. Esas bolsas llevaban más secretos que monedas. Hay tres horas perdidas en las andanzas de un funcionario que nunca había perdido nada en los caminos. López se suma al elenco de ladrones de Estado, una barra que deambula entre pánicos y fiscales, con casco y chaleco antibalas. Son hombres más angustiados que arrepentidos, a quienes sus abogados y sus miedos les aconsejan callarse la boca y no apuntar hacia arriba, ni con su mirada ni con su memoria.

Las monjas conocían bien a este feligrés que les llevaba te y galletitas, un ingeniero que calculaba mejor los sobreprecios que la resistencia de los materiales y que junto a los Kirchner aprendió a venerar el efectivo y a santificar las licitaciones.

Sigamos a López en su noche fatídica. Tras escuchar una llamada, dejó la comida sin terminar y salió disparando de su casa. Las cámaras muestran al auto buscándole destino a una fortuna que le prometía el cielo y lo llevó al infierno. Mientras deambulaba, escuchaba a Vicentico: “No hace mucho tiempo que cayó el León Santillán/ y ahora sé que en cualquier momento me la van a dar”. Cuando decidió ir para el Convento se alegró por haber tenido la feliz idea de esconder sus excedentes en un monasterio discreto y seguro. Las monjas conocían bien a este feligrés que les llevaba te y galletitas para alegrarles la merienda, un ingeniero que calculaba mejor los sobreprecios que la resistencia de los materiales y que junto a los Kirchner aprendió a venerar el efectivo y a santificar las licitaciones. Esa trasnoche fatal, cuando escuchó ruidos extraños, la hermana María lanzó asustada el “Ave Maria Purísima”; y López, abrazando su bolsa, respondió: “con pecado concebida”. Allí les pidió asilo para sus millones. “Robé , pero para ustedes”, dijo este hombre que tiene varios ustedes y que esa noche perturbó a unas religiosas somnolientas que se aferraban al rosario para poder saber si ese tipo desesperado era un ángel que venía a protegerlas o un demonio que venía a tentarlas. “Estaba como loco, dijo María”, tratando de transmitir el desborde de un verdadero ladrón de caminos (nunca mejor empleado el término) que hizo cuadras de pavimento y kilómetros de guita.

José López buscaba bendecir un botín endiablado. Lo quería blanquear bajo caución de Fátima. El tiempo apremiaba a este apóstol de Vialidad que usaba el catecismo de las coimas para obsequiar y obsequiarse. No imaginaba que Jesús, un vecino alerta que actuó como denunciante y testigo, iba a malograr su peregrinaje. Primero buscó esconderse en el monasterio. Luego, al llegar la policía, intentó sobornarlos. “Robé para ustedes”, le insistía a María, una monja que hacía mucho que no recibía tantos hombres excitados en la madrugada. Y al otro día, en Comodoro Py, chocó la cabeza contra la pared y se contagió de psicosis y olvido.

“Estaba como loco, dijo la hermana María”, tratando de transmitir el desborde de un verdadero ladrón de caminos (nunca mejor empleado el término) que hizo cuadras de pavimento y kilómetros de guita.

Párrafo aparte para los policías que rechazaron el fabuloso soborno. Llegaron justito y vivieron una escena imborrable: un loco que prometía una limosna colosal a cambio de silencio y tres monjas madrugadoras que se extraviaban entre estampitas y billetes. Había algo bíblico cuando los agentes le dieron el parte a sus superiores: “un masculino José, una monja María, muchísimo efectivo y Jesús como testigo”. Hasta hoy creen que estuvieron frente a un milagro. Gracias a ellos, esa noche, en General Rodríguez, no hubo “fumata bianca” ni “Habemus plata”.

(*) Periodista y crítico de cine

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