Cuenta Mariela Giménez que hasta mediados de 2013 su barrio, el Luz de Berazategui, era como cualquier otro barrio de monoblocks del conurbano bonaerense: un lugar con sus carencias pero donde era posible criar a los hijos y vivir. De hecho, ella misma creció jugando en sus calles hasta entrada la noche, algo que comenzó a resultar impensable cuando, de la noche a la mañana, los vendedores de “poco” se instalaron allí.
Harta de despertarse a la madrugada entre gritos, tiros y corridas, pero también espantada por el deterioro humano que veía a su alrededor, Mariela se compró un megáfono y salió a la calle a denunciar a los gritos lo que sus vecinos no se animaban siquiera a susurrar. “Basta de caras raras; fuera los tranzas del barrio; déjennos vivir en paz”, se puso a gritar a voz en cuello en medio de la calle.
“En realidad lo primero que pensé fue en comprarme una escopeta; el megáfono vino después cuando me di cuenta de que un arma no me iba a servir de mucho”, admite Mariela, que tiene una hija de 17 años, trabaja en un supermercado y vive en uno de los cuarenta y dos bloques de departamentos que se alzan frente al cementerio de Berazategui, en lo que se conoce como Barrio Luz.
A fuerza de reunir firmas ella sola entre sus vecinos, movilizar a medios periodísticos y denunciar la situación en sede judicial, Mariela logró finalmente que la comisaría de su barrio a la que había recurrido hasta entonces innumerables veces sin mayores resultados, pusiera fin a la venta de paco en su barrio.
“En dos o tres meses los sacaron a todos y volvimos a vivir tranquilos. Creo que es importante denunciarlo, pero no se si le recomendaría a alguien que haga lo que hice yo: podrían haberme pegado un tiro. Creo que tuve suerte porque logré llegar a los medios y porque di con una fiscalía comprometida”, reconoce Mariela hoy.
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