Las colas para hacer las compras que irrumpieron en la rutina de los venezolanos reflejan ante la comunidad internacional la profunda crisis de este país petrolero, pero en el día a día ponen a prueba la paciencia de miles de familias necesitadas de productos básicos. Adquirir harina, arroz, café o azúcar, pañales y hasta pasta dental supone un calvario de horas para familias que intentan alargar su presupuesto con la compra de productos subsidiados, conocidos como “regulados”, y esquivar a revendedores que fijan precios que en ocasiones triplican el oficial.
“Esto es duro”, afirma Maribel, una maestra de primaria y madre de dos hijos que cada viernes a la madrugada va desde Petare, barrio considerado la favela más grande de América latina, hasta Los Palos Grandes, en el acomodado este de Caracas. En esta zona, los ávidos compradores aguardan desde el amanecer e incluso desde la noche anterior afuera de los supermercados y farmacias para abastecerse. La venta de productos subsidiados se ha organizado para cada día según el último dígito de la cédula de identidad del comprador, un sistema absolutamente impensable para un país próspero en otras épocas. Y como antídoto para este mecanismo, los venezolanos, alegres y conversadores por naturaleza, intercambian números de teléfono y entablan amistades fugaces con los compradores de alrededor para estar en contacto y organizar la visita a varios comercios ese día. “Están vendiendo leche allá arriba”, comenta Jenny, otra de las mujeres que intercambia mensajes vía celular con una amiga que le guarda “un puesto” para su próxima fila. “Los de la farmacia pudieron comprar detergente, toallas de papel, crema dental y hasta pañales”, responde por otro lado una mujer.
En las filas abundan amas de casa, padres de familia y ancianos, aunque en voz baja -y con cierto temor- hablan de los temidos “bachaqueros” o revendedores que se infiltran en las “colas” para abastecer su mercado paralelo, en el que ofrecen productos subsidiados a precios exorbitantes y sin largas esperas. “Espero llevarme arroz y harina pan (usada para preparar las reconocidas arepas venezolanas), porque hace unos días me tocó solo jabón”, comenta ansiosa Arly, una estudiante y madre un niño de 12 años.
Como ella, las decenas de personas que aguardan en el lugar desconocen qué comprarán, ya que la oferta en cada comercio depende “de lo que traiga el camión” que cada mañana llega con diversos artículos, los cuales son vendidos en pocas horas. Para organizar a los compradores, cada comercio ha desarrollado mecánicas que incluyen escribir un número en la muñeca de las personas para garantizar su acceso consecutivo o la entrega de un ticket numerado, la recolección por parte de policías de las cédulas de identidad o la presentación del documento en la entrada, en una situación que caldea día a día el ánimo en las calles.
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