No hay nada peor que nacer y vivir en un país en guerra. Por eso ver a Timoleón Jiménez, más conocido como “Timochenko”, uno de los máximos jefes de la guerrilla de las FARC, hablar frente a todo el mundo con tanta sensatez, nos produjo a muchos la sensación de que ahora sí la anhelada paz va en serio.
A ver, lo digo simple y llano: que sea un hecho que la mayor guerrilla de latinoamérica, la más poderosa y violenta, acordó el cese bilateral del fuego y desarme definitivo es el suceso más importante que he vivido como colombiana. Me pellizqué y me dije: se acabó la guerra o por lo menos es el principio del fin.
Los puntos que se acordaron en los Diálogos de Paz, en la Habana, pueden tener aristas y necesitar un contexto. Pero en términos reales, los anuncios no tienen parangón.
Viví cuatro años en la Argentina. Allá, fuera de Colombia, me di cuenta lo que era vivir en guerra cuando empecé a contar las historias de mi juventud: vi sicarios matar gente en frente mío; estalló una bomba en frente de mi casa; un tío, hermano de mi papá, fue secuestrado y muerto en cautiverio.
¿Acaso hay cómo superar dolor más fuerte que ese? Sí. Y es justamente aquí donde comienza la reparación, porque la guerrilla fue capaz de anunciarle al mundo que deja las armas para siempre. Para las víctimas y para los que perdimos seres queridos es una manera de perdonar y continuar. Necesaria, además.
Los asesinatos, los secuestros, las desapariciones y el terrorismo eran hechos que vivía como cotidianos, pero la cara de horror de mis colegas argentinos cuando les contaba las historias, me revelaron cuánto me habían afectado. Porque la guerra en Colombia se naturalizó.
Cuando uno tiene la oportunidad de vivir en un lugar del mundo que no está en guerra, entonces valora y añora vivir sin secuestros, sin bombas, sin masacres.
Como era lógico, la reacción del ex presidente Alvaro Uribe, máximo opositor de los diálogos de paz, no se hizo esperar: ‘la palabra paz queda herida’, dijo una y otra vez.
El discurso de Uribe está lleno de sectarismo, de odios y, por una razón que desde la sensatez no logro entender, quiere hacer ver este proceso como una rendición por parte del gobierno hacia la guerrilla. Lo cual es falso. Como dijo Timochenko, lo de ayer fue un acuerdo, no un sometimiento.
El ex presidente y hoy senador, junto con todos sus parlamentarios, se opone no sólo a las negociaciones sino también a que los campesinos recuperen las tierras que hoy están en manos de empresarios. Con su discurso y sus acciones divide a las víctimas para que se enfrenten entre sí y persista el caos.
El mayor miedo del ex presidente es que la guerrilla llegue al Congreso por la vía democrática. De hecho, Timochenko lo dijo en su discurso “Claro que haremos política, esa es nuestra misión de ser”. . . Y ¡claro!, si para eso dejan las armas. Es apenas lógico.
Ayer por primera vez, lo confieso, contemplé la idea de ver a Timochenko como un civil más. A él y a todos los integrantes de las FARC. Y me puse irremediablemente feliz. Bienvenidos a los problemas que tiene Colombia, bienvenidos a la corrupción campante. Porque cuando el velo de la guerrilla caiga, los gobiernos no tendrán a quién culpar de que hace mucho tiempo a los colombianos no se les garantice el derecho a la vida, a la salud, al trabajo.
Me regresé de la Argentina en 2010 porque, entre otras cosas, se iba Alvaro Uribe del poder. Llegaba Santos y aunque fue visto políticamente como la continuidad de Uribe, al poco tiempo nos cayó la boca. No es mejor, ni más faltaba, pero le voy a agradecer que su gobierno fue el único que hizo posible la Paz. Lo que se logró como el resultado de un acuerdo es lo más lejos que hemos llegado los colombianos y es lo más cerca que estamos de ser un país sin guerra de guerrillas. La felicidad no tengo dónde esconderla.
(*) Periodista de investigación de Red Más Noticias
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