La noticia de que los cuatro hijos de Lázaro Báez podrían quedar detenidos en el marco de la causa por dinero sucio en la que está involucrado su padre, genera una extraña sensación: ¿Por qué involucraron a los hijos?
No es el primer caso en el que aparecen “hijos de...” en las tramas de presunta corrupción que investiga la Justicia. Y en cada una de esas situaciones, la pregunta es la misma: ¿por qué con sus propios hijos?
Quizá no tengan una respuesta. O quizá haya que buscarla en complejos mecanismos patológicos o en los intrincados vericuetos de la psicología de la corrupción.
La aparición de “los hijos” en las tramas de presunta corrupción podría hablar, en definitiva, de cierta obscenidad. Hablaría de una corrupción que no se escondía, que no producía vergüenza, que no se ocultaba ni siquiera ante los hijos y se vivía con tanta naturalidad como desparpajo.
¿Hablaría, también, de una “escuela de corrupción”, que se transmitía de padres a hijos?
Por supuesto, no pueden apresurarse sentencias definitivas. Pero ver a tantos hijos involucrados, de una u otra manera, en lo que parecerían haber sido gigantescos negocios sucios de sus padres, produce una mezcla de pena e impotencia. No son chicos, desde ya. Podrían no ser inocentes. Pero quizá hayan sido víctimas de una “escuela de disvalores”, en la que la plata mal habida se enseña como un derecho y la impunidad se considera comprada.
En cierto punto, la corrupción se torna inmanejable. Se necesitan más valijas, más bóvedas, más testaferros, más directores de sociedades fantasma. Y en esa voracidad aparecen monjas, hijos, sobrinos y entenados. Hasta hace poco, sólo se lo veía en Netflix.
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