Los británicos votaron por dejar la Unión Europa, dejándose llevar por sus preocupaciones sobre la inmigración y haciendo a un lado el atractivo de ser parte de un mercado independiente de más de 500 millones de personas y un proyecto europeo forjado de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial.
Tras la renuncia del primer ministro David Cameron, el ex alcalde de Londres, Boris Johnson -también conservador y el partidario más importante de la campaña por la salida de Gran Bretaña de la UE- se convierte ahora en el principal contendiente para reemplazarlo.
La libra tuvo una de sus mayores devaluaciones en un solo día el viernes, al caer más del 10% en seis horas ante las preocupaciones de que al cortar el vínculo con la UE, la economía británica sufrirá y debilitará la postura de Londres como el centro financiero mundial. Las autoridades en el tema, entre ellas el Fondo Monetario Internacional, la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco de Inglaterra, habían advertido que la salida de Gran Bretaña alterará una economía global, que se recupera lentamente de una crisis mundial que inició en 2008.
Los líderes de la UE considerarán el retiro de Gran Bretaña como un precedente peligroso y un posible golpe mortal al proyecto europeo. Algunos se enfrenan al escepticismo de sus propios ciudadanos.
Eso podría causar reformas en el funcionamiento de la UE. Las futuras negociaciones podrían verse eclipsadas por una sensación de traición y la idea de que debe hacerse un ejemplo del Reino Unido para desmotivar a otros a irse. La salida también podría golpear el frágil crecimiento de Europa. Aunque, por otro lado, la salida británica podría accionar a la Unión Europea. Desde que se unió al grupo en 1973, Gran Bretaña ha frenado el impulso del bloque hacia una unión política más cercana, un proyecto que ahora podría retomar sin trabas.
Europia se enfrenta, así, a un desafío complejo en el que se juega su propio futuro.
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