El show de HBO ha puesto en escena durante seis temporadas el conflicto entre las tradiciones y lo emergente. Y lejos de ser un escenario sencillo, donde lo nuevo debería reemplazar a las viejas y estáticas formas, la obra basada en las novelas de George R.R. Martin, admirador y deudor de J.R.R. Tolkien, a menudo ha implicado con consciencia ecológica que el olvido de ciertas tradiciones ha llevado al hombre a distanciarse y destruir el mundo que lo rodea.
El reino resultante de este “olvido” de las fuerzas naturales (que se ciernen en el horizonte, al este y al norte, con virulencia) es estanco y corrupto, y precisa de sangre nueva: y los jóvenes, se saben, pueden ser un tanto inflexibles. “No voy a detener la rueda, voy a romper la rueda”, afirma Daenerys, del otro lado del mundo y armada de ejércitos y dragones, que en su camino a la reconquista del Trono de Hierro decidió liberar al mundo de la injusticia de la esclavitud.
Allí es donde se pone en juego una compleja visión política que ha generado admiración en los mandatarios del mundo, desde Obama hasta la ex presidenta Cristina Kirchner. Daenerys paga una y otra vez su actitud inflexible, incluso volviendo esta temporada al “casillero inicial”. Y lo mismo ocurre con la mayoría de los personajes que no flexibilizan sus posturas frente a la realidad: Ned Stark perdió la cabeza, Sansa tuvo que deponer sus sueños de princesa, Jon Snow perdió casi todo por perseguir la ilusión de ser un hombre de la Guardia de la Noche, Cersei enloquece cada día más...
Pero el show no contrapone el cinismo, sino una realpolitik como la que encarna Tyrion Lannister: el personaje más querido de la serie, astuto como Maquiavelo pero adepto a los placeres mundanos y de buen corazón, se fugó de una ciudad que quería matarlo y apareció del otro lado del mundo para equilibrar las intenciones de Daenerys y llevarlas así no a la autodestrucción.
Sus intenciones de política pragmática, de hecho, parecieron en un inicio chocantes incluso para los televidentes: en lugar de abolir la esclavitud por la fuerza, el consejero de la madre de los dragones propuso un plan de siete años para modificar la economía en las ciudades esclavistas de Essos, y el pacto fue leído como debilidad y resultó atacado por la oligarquía.
Pero el consejo de Tyrion, finalmente, encamina a Daenerys hacia, finalmente, Poniente: de esta manera el show sugiere que el camino hacia la justicia implica una alianza entre fuerzas revolucionarias y un pragmatismo con un ojo puesto en el modo en que el mundo funciona para los hombres de a pie y sus realidades materiales. Se necesita una Daenerys para romper la rueda y cambiar el mundo, pero es esencial un Tyrion para arreglarlo.
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