Las microcasas se han convertido en un fenómeno arquitectónico e inmobiliario mundial.
Se trata de viviendas mínimas que son capaces de aglutinar todo tipo de comodidades (e incluso algunos pequeños lujos) en apenas 25 metros cuadrados. Y, además, pese a su reducido tamaño tienen algunas ventajas propias, como ser son portátiles y sustentables.
Entre sus características se destaca estar construidas con materiales reciclados y utilizar energías renovables.
LOS BENEFICIOS
Los impulsores de las minicasas coinciden en que no siempre lo más grande es mejor. Al contrario, sostienen que habitar viviendas reducidas trae aparejado al menos tres beneficios notorios.
En primer lugar son construcciones que respetan principios ecológicos, y en ellas se utilizan materiales reciclados y al ser pequeñas, tienen un reducido impacto medioambiental.
Además pueden instalarse en zonas verdes y son baratas.
En segundo lugar permite ahorrar en gastos comunes. Así quienes impulsan las microcasas afirman que el gasto en calefacción y aire acondicionado es bajísimo, así como los de mantenimiento y reparaciones.
Y por último, permite simplificar la vida cotidiana, reduciendo el estrés y el esfuerzo que supone ocuparse de una casa grande, es decir que se vive mejor, más tranquilos y con mejor calidad de vida.
El movimiento de las microcasas o tiny houses surgió en Japón en la década de los noventa con el nombre de kyosho jutaku (es decir microcasas), en una época en la que los precios desorbitados de las viviendas y la recesión obligaron a miles de jóvenes habitantes de Tokio a mudarse a espacios más pequeños en la periferia.
Y en los últimos años, esta tendencia se ha convertido en un auténtico e imparable boom dado que el número de seguidores de esta filosofía de vida aumenta día a día en todo el mundo.
Y es que esta nueva acepción del concepto de buena vida, que consiste en vivir holgadamente en una microcasa de diseño, con menos gastos de hipoteca, calefacción, electrodomésticos, reparaciones, y todo ello, en un bosque, en una playa o a la orilla de un río, suena irresistible.
En Estados Unidos, el precursor e impulsor de la iniciativa en todo Occidente es el joven diseñador Jay Schafer. En 1997, ante la imperiosa necesidad de simplificar su vida, decidió crear una casa tan pequeña que apenas entraran su ropa, los muebles indispensables, los electrodomésticos, los utensilios básicos de cocina e higiene y, por supuesto, el propio diseñador.
Su motivación inicial fue el deseo de no tener que dedicarle tiempo a limpiar y ordenar objetos superfluos; y, en este sentido, el planteamiento era perfecto, pues cuando no hay espacio, los artilugios sobran.
Hoy, Schafer tiene sus propias empresas de fabricación y venta de nanohabitats que forman un pequeño imperio nanoinmobiliario.
Lleva entregadas más de 3.000 microviviendas a personas convencidas de que menos puede ser mucho más.
Y en su afán por encoger el mundo ha creado webs y comunidades donde los propietarios pueden compartir sus vivencias y forma de vida.
Si bien las microcasas nacen del deseo de reducir al mínimo las posesiones, también parten de un concepto vital basado en el compromiso con el medioambiente que va más allá de las casas.
Esto ha hecho que el fenómeno de minichalets se haya convertido en todo un movimiento social y cultural, más que en una nueva moda. Ya abundan los espacios en internet que venden desde tablas para construir las casas, hasta remolques para transportarlas, pasando por casas rodantes de tamaño reducido, pensadas para los nómadas y aventureros.
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