Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Son prisioneros, particularmente, los que están detenidos en cárceles o instituciones semejantes, privados de su libertad física. Pueden ser jóvenes o adultos, varones o mujeres. Todos, siempre, están necesitados y pueden ser socorridos por los cristianos.
Dios ha creado al ser humano dándole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. En efecto, dice la Biblia: “No digas: Fue el Señor el que me hizo claudicar, por él no hace nunca lo que detesta. No digas: Él me hizo extraviar, porque él no necesita de un hombre pecador. El Señor detesta toda abominación, y nada abominable es amado por los que le temen. El hizo al hombre en el principio y lo dejó librado a su propio albedrío. Si quieres, puedes observar los mandamientos y cumplir fielmente lo que le agrada” (Eclesiástico 15, 11-15).
Hemos sido creados por Dios para hacer siempre el bien y vivir en la libertad, en “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom. 8, 21), y así ser realmente felices. Pero, las consecuencias del pecado original, nos llevan a la rebeldía, a la desobediencia, y a obrar en contra de lo que nos hace felices. De ahí que, en los ordenamientos civiles se juzga y se condena a cuantos han transgredido las leyes naturales y positivas. Son penas temporales. Mientras que las penas que dispone Dios para los que delinquen o pecan, en contra de las leyes naturales o divinas, purgan o pagan sus penas en el tiempo y sobre todo en la eternidad.
De todos modos, aquellos que sufren la prisión o cárcel temporal pueden llegar a purgar de alguna manera por el o los males cometidos. Siempre hay esperanza de cambio, de conversión y de salvación. Mientras tanto, los cristianos que - aun siendo pecadores y quizás teniendo que purgar después la muerte - podemos aminorar las penas que merecemos si actuamos de acuerdo al Evangelio, amando y sirviendo a los demás, como por ejemplo a los prisioneros o carcelados.
Todas las obras de misericordia que hagamos también pueden redundar en beneficio nuestro, con tal que nos anime la recta intención. Por eso, socorrer, o al menos visitar, a los que están prisioneros, es una obra de suma importancia, ya que se puede ser instrumento del Amor de Dios para motivar el arrepentimiento y cambio de conducta. Todo es posible, con la ayuda de Dios.
Jesús fue arrestado, torturado y crucificado, sólo por envidia de las autoridades políticas y religiosas… sin haber cometido ilícito alguno. Por eso, en la parábola del juicio final también afirma: “estuve prisionero y me vinieron a ver” (Mt 25, 36).
Socorrer, o al menos visitar, a los que están prisioneros, es una obra de suma importancia
¡Cuántos perseguidos, prisioneros, torturados… en todo el mundo! ¡Cuántos están presos por motivos religiosos o políticos! ¡Cuántos inocentes entre rejas, mientras los delincuentes siguen haciendo estragos!
A los cristianos que no tenemos el cargo de administrar la justicia, nos corresponde rezar para que no se imponga la injusticia ni la impunidad; y, en la medida de nuestras posibilidades, ayudar en la pastoral carcelaria. Muchos sacerdotes son capellanes en las cárceles, y no pocos laicos hacen su labor apostólica para prestar el servicio evangelizador a los que sufren en esos lugares.
Seamos misericordiosos, y alcanzaremos misericordia.
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