Por SERGIO SINAY
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Poul Anderson (Poul y no Paul, ya que sus padres eran suecos) fue un destacado escritor de la Edad de Oro de la ciencia-ficción. Era físico de profesión, historiador por inclinación y novelista a causa de una profunda vocación y una fértil imaginación. De hecho escribió más de 150 cuentos, y otras 60 obras más entre novelas y ensayos. Quienes no lo conocen pueden internarse en su apasionante saga “La patrulla del tiempo”, cuyo protagonista (Manse Everard) integra un cuerpo policial dedicado a evitar que algún intruso de cualquier origen provoque, por error o voluntariamente, una alteración en algún período de la historia de manera que trastorne el futuro. Cumpliendo su misión Everard se desplaza por la antigua Grecia, por la Jerusalén del Rey David, por el Imperio Inca, por la Galia que también pisó Asterix y por otros tantos escenarios. Anderson murió en 2001, a los 75 años, pero no su obra. Alguna vez escribió: “No hay ninguna respuesta definitiva. Probablemente las soluciones generarán otros problemas. El cerebro sólo no basta, aunque ésta sea la eterna ilusión de los intelectuales. ¡Pero qué caray, el cerebro existe para ser usado!”.
En este tiempo la “cerebromanía” nos arroja minuto a minuto toneladas de novedades sobre el cerebro. Algunas son comprobables y vienen de fuentes confiables, una gran cantidad no. Todas se superponen, a veces se contradicen y la mayoría de las veces son rápidamente olvidadas, o confundidas, por el lego. Y no es para menos. Posiblemente no haya cerebro capaz de absorber y retener todo lo que en estos tiempos se investiga y se informa sobre él. Es que, contradiciendo a Poul Anderson, pareciera que el cerebro, va dejando de ser usado para, en cambio, solo ser estudiado.
“Ahora el cerebro se ha tomado a sí mismo como objeto de estudio”, apunta Benasayag. Es sujeto y objeto a la vez. Un perro que intenta morderse la cola y cuando lo consigue se da cuenta de que la cola le pertenece, es él
De pronto hasta el menor de nuestros gestos y la más recóndita de nuestras emociones, pasando por sueños, imaginación, temores, esperanzas, sentimientos e incluso el amor parecen reducibles a procesos fisiológicos del cerebro. Como si no hubiera en cada individuo un “yo” nacido de la conciencia, forjador de identidad, base de una subjetividad siempre única, inédita e irremplazable, sino que podemos ser sencillamente decodificados en términos de sinapsis y neuronas. Así como alguna vez fue la vesícula, en los lejanos tiempos del gran Hipócrates, padre de la medicina, mientras surgían las grandes preguntas sobre el hombre y la vida, o en otro momento fue el corazón, durante ese movimiento sísmico que significó el romanticismo para el arte y la filosofía en el siglo XIX, al contravenir todas las reglas clásicas, ahora el órgano de turno es el cerebro. Y le toca serlo en consonancia con el desarrollo desmesurado de una tecnología que se extiende voraz, más allá de la funcionalidad o la real necesidad de ese galope.
IR POR EL CEREBRO
En su apasionante ensayo “El cerebro aumentado, el hombre disminuido” el psicoanalista y filósofo argentino Miguel Benasayag (radicado hace largo tiempo en Francia), señala que el objeto de estudio e interés por lo humano ya no está en el mundo externo. Como si, fascinados por la promesa tecnológica (promesa confusa y aun no realizada) los humanos consideráramos que ya lo sabemos todo sobre el universo que habitamos, sobre sus leyes y sus misterios, que podemos manipularlo a nuestro antojo y ponerlo a nuestro servicio, y ahora vamos por aquello que resiste a entregar sus secretos. El cerebro.
“Ahora el cerebro se ha tomado a sí mismo como objeto de estudio”, apunta Benasayag. Es sujeto y objeto a la vez. Un perro que intenta morderse la cola y cuando lo consigue se da cuenta de que la cola le pertenece, es él. “Buscando y buscando, curioso como es, el cerebro encontró…un cerebro”, escribe el ensayista. Como si parada ante un espejo una persona creyera que su propia imagen es otra persona y se dedicara a estudiarla para sonsacarle hasta el último de sus enigmas. Es obvio que se encontraría con un límite infranqueable: ella misma.
Si se pudiera saberlo todo sobre el cerebro, si se pudiera modelarlo y amaestrarlo también sería posible replicarlo en el exterior. Un cerebro exterior al cuerpo, lo llama Benasayag. ¿Será esa la finalidad, consciente o inconsciente (valga la ironía) de la cerebromanía? ¿Llegar al momento en que, finalmente, pueda ser observado como algo ajeno al organismo del que forma parte y en el cual cobra sentido y funcionalidad? ¿Y a que en ese momento, convertido ya en artefacto, se le puedan bajar aplicaciones como a cualquier adminículo tecnológico y ponerlo a producir?
Miles de años de historia humana (con sus grandezas y sus miserias, con sus esperanzas y sus terrores) parecen decir que somos algo más que eso, que somos hijos de la voluntad y de lo aleatorio
La cerebromanía trae una novedad. Disocia el propio cuerpo, enajena un órgano como si fuera forastero. Si fuera así, si los electrodos y los estudios computados pudieran explicarnos por qué amamos a quién amamos, por qué votamos a quién votamos, por qué compramos ese saco y no el otro, por qué somos hincha del equipo de nuestros desvelos, cómo podremos retener tantos números como las antiguas guías telefónicas, o tantas hipótesis más, ¿qué habríamos ganado? A lo sumo descubrir que somos unas pobres criaturas programadas, que creen tener voluntad, tomar decisiones, ejercer responsabilidades, desplegar sentimientos, obrar como seres morales, cuando en realidad están predeterminadas y responden a los programas que administra su amo, el cerebro. Adiós a la subjetividad, a la identidad, a la responsabilidad.
Miles de años de historia humana (con sus grandezas y sus miserias, con sus esperanzas y sus terrores) parecen decir que somos algo más que eso, que somos hijos de la voluntad y de lo aleatorio, de preguntas insondables y de respuestas admirables, de dudas profundas que nos siguen impulsando y de certezas labradas a través de la experiencia y de la exploración del universo tangible e intangible, exploración que realizamos con todo lo que somos, cerebro incluido, no excluido. El ser humano como integridad busca su realización, el sentido de su existencia, realizar sus potencialidades. Eso incluye riesgo y misterio. Lo suyo va más allá de la ilusoria seguridad de saberse una criatura fisiológicamente programada.
JONAS Y EL DADOR
Por supuesto que mucho se avanzó en logros que permiten entender y abordar problemas neurológicos y, como en otros campos de la medicina, esos avances son bienvenidos y deseados. Pero hay más. En “El dador”, clásico de la literatura juvenil, la estadounidense Lois Lowry, cuenta la vida de Jonás, de 12 años, quien vive en una sociedad donde se eliminó el dolor y la angustia y predominan la uniformidad y la Monotonía (con mayúscula). A través de la memoria de Jonás (los personajes reciben memorias ajenas), aparece el Dador, quien trae de regreso las dudas, las preguntas, aquello que guió siempre el devenir humano. “Mis instructores de ciencia y tecnología nos han enseñado cómo funciona el cerebro. Está lleno de impulsos eléctricos. Es como un ordenador. Si estimulas una parte del cerebro con un electrodo...no“, empieza a decir Jonás, pero calla al ver el gesto del Dador, quien le dice con tono amargo: “No saben nada”. No impugna el saber científico. Se refiere a todos los temas de la existencia cuya exploración requiere del ser íntegro. Un ser con cerebro, no un cerebro aislado y destinado a la monotonía.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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