El 28 de junio de 1966 un golpe militar reemplazó a un gobierno que procuraba consolidar los cimientos de un retorno pleno a la vida institucional, con apego y respeto por los derechos cívicos y las libertades individuales. Se instaló en su lugar una conducción autocrática y mesiánica, que desde el primer día mostró sus intenciones de eternizarse en el poder. Ese acto de prepotencia -como aquí se ha destacado- abrió sembró el terreno para que germinaran los extremismos que, pocos años después, provocaron en el país las peores atrocidades de su historia moderna.
En esa misma jornada, el presidente Illia opuso una resistencia moral frente a la fuerza de los autoritarios. “Sus hijos se lo van a reprochar”. Con serenidad, sin sobresaltarse, Illia repitió varias veces esa premonitoria frase durante la noche de aquel 28 de junio. Su interlocutor era el entonces coronel del Ejército Luis Perlinger, encargado de desalojarlo del despacho de la Casa Rosada en el marco del levantamiento armado de sectores de las Fuerzas Armadas.
Apenas diez años después, Perlinger reconoció públicamente su arrepentimiento por haber actuado en ese golpe. “(Illia) Tenía tanta razón. Hace tiempo que yo me lo reprocho, porque entonces entonces caí ingenuamente en la trampa de contribuir a desalojar un movimiento auténticamente nacional”.
La de Perlinger no fue, ni mucho menos, una voz solitaria. Pocos años después del golpe de Estado que desembocó en la denominada “Revolución Argentina”, muchos de los protagonistas de la época manifestaron su arrepentimiento público por haber contribuido de una manera u otra al derrocamiento del gobierno de Arturo Illia.
Incluso Alejandro Agustín Lanusse, en 1983, hizo una reflexión autocrítica por su activa participación en el período comprendido entre 1966 y 1973. Allí calificó al golpe que ayudó a construir como un “error garrafal”.
“Reconozco mi error al haber apoyado aquel acto militar. Me comprometo a no repetirlo”, dijo Lanusse a pocos días del retorno a la Democracia.
Los arrepentimientos también llegaron de parte de la prensa, donde la figura de Illia fue ridiculizada y desprestigiada en varias ocasiones. En 1982, el periodista Ramiro de Casasbellas -quien durante la presidencia del radical fue director de la revista Primera Plana- realizó una autocrítica pública por haber sumado su voz al coro de críticas desmedidas contra el gobierno.
Y escribió: “¿Qué diablos sucedía en 1966, cuando las Fuerzas Armadas volaron la democracia argentina sin hallar resistencia en el pueblo? No sucedía nada. Nada más que esto: inflación del 1% mensual; deuda externa disminuida en un tercio; subida del producto bruto interno a razón del 10% anual; crecimiento industrial del 35% en dos años; 41% de participación de los salarios en el ingreso; descenso del déficit fiscal del 25% en dos años; ninguna adquisición de empresas por parte por parte del Estado, que dedicaba el 25% de sus fondos a la enseñanza; ningún torturado, ningún preso político, ningún desaparecido (...) y el máximo imperio conocido desde 1930 de las libertades, la justicia económica y la honradez administrativa”.
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