Por MARTIN MENDINUETA
OPINION
¿Cómo pudo ser que otra vez los chilenos (con menos riqueza futbolística) hayan levantado la Copa América superando, aunque más no sea en la definición con tiros desde el punto del penal, a una Selección Argentina considerada auténtica potencia mundial?
El combo de virtudes y defectos que ostenta cada una permite elaborar conclusiones. Chile, con algunas figuras de primerísimo nivel como Claudio Bravo, Arturo Vidal y Alexis Sánchez, fue en todo momento un EQUIPO que compartió disciplina, orden táctico y plena conciencia de que no lo consagraría ningún destello individual; por el contrario, lo haría gracias a la estatura de su fuerza colectiva.
Argentina, en cambio, siempre se mostró partido entre los que debían defender y los que tenían que atacar. Salvo en los primeros veinticinco minutos, de los ciento veinte que duró la pulseada, cuando desplegó su mejor juego arrinconando al rival y sintiéndose propietario del rumbo de las acciones.
Cuando Chile quedó con un hombre menos (expulsión por doble amonestación de Marcelo Díaz, a los 28 minutos del primer tiempo), se abroqueló con más enjundia y lejos estuvo de mostrarse quebrado anímicamente. Argentina nunca pudo establecer diferencias ni “hacer negocio” en superioridad numérica. Para colmo, un cuarto de hora más tarde, Marcos Rojo fue incapaz de “leer” el trámite caliente en ese momento álgido y, realizando una fuerte infracción totalmente innecesaria, le dio al brasileño Heber Lopes el justificativo ideal para que equipare la histeria general echándolo del campo. Allí se subraya una carencia: faltó inteligencia, y también viveza, para bajar los decibeles, interpretar la hipersensibilidad del juez y llegar al final del capítulo inicial con un hombre más.
El mano a mano ideal, con tiempo, dominio total del balón, campo por recorrer y perfil adecuado, desperdiciado por Gonzalo Higuaín (es la tercera final en la que le ocurre algo similar) fue un elemento imposible de soslayar en los errores. Al “Pipita” le faltó puntería. Punto negativo. A Marcos Rojo, “picardía” para no pegar cuando la “sopa se había puesto espesa”. Otra falla. Vaya sumando.
Sería bueno que Messi siguiera jugando en la Selección, que continuara buscando ese título que se le niega. Sería bueno que la AFA se organizara seriamente, pero que quede claro que de ningún modo perdimos por los desmanejos dirigenciales
KRANEVITTER, POR TEMOR A PERDER EL MEDIOCAMPO
Cuando Rojo se fue, Chile advirtió que era su gran oportunidad para, con más espacio, acentuar esa presión generosa y solidaria que impide que lo lleven por delante. Gerardo Martino sintió lo mismo; y ante el temor de perder presencia en la línea media eligió, para reemplazar al maltrecho Di María, a Matías Kranevitter, un volante de neto corte defensivo. Así retrocedió Mascherano y Lionel Messi, que no hizo un mal partido, quedó más solo. En lugar de apostar por Erik Lamela (ingresó recién en tiempo suplementario), el mensaje subliminal pasó a ser “Lío dependemos de tu genio, de tu talento y de tu inspiración, buena suerte”. Allí tenemos otro error. Mientras Chile aprovechó cada circunstancia del partido para profundizar su rasgo de criatura colectiva basada en el esfuerzo y en la colaboración de todos, Argentina, bastante más replegada en su campo, se la tiraba a Messi para que él se convirtiera (tal como ocurrió en otras oportunidades) en el salvador y héroe absoluto.
Chile no tiene a Messi, por ende, sabe que necesita de un entramado sólido que involucre a cada uno de sus hombres. Así jugó. Su libreto, perfectamente aprendido, empezaba en su arquero (figura de enorme relieve) y terminaba en Eduardo Vargas. Mientras Argentina fogoneaba la “patriada” de Messi gambeteando a los que le iban saliendo a la marca, Chile jugaba como equipo, repartiendo roles y sin importar si estaba Edson Puch, Francisco Silva o Nicolás Castillo.
Como si lo descripto fuera poco, llegaron los penales y allí las malas ejecuciones de Messi y Biglia. Si en el momento culminante, el mejor del mundo remata por arriba del travesaño, no hay más para agregar. No fue casual que Chile volviera a festejar ante Argentina. Hubo virtudes y carencias de uno y otro que incidieron para que la historia terminara de esa forma.
PIROTECNIA VERBAL Y ARGUMENTOS DeBILES
Hoy, con la pintura de la derrota todavía fresca, es divertido y caótico sentarse en el sillón a mirar la tele. Se escucha de todo. “Andate Messi y llevate tu mufa perdedora”. “¡Por favor Lío no te vayas, te necesitamos!”. “Argentina perdió por el descalabro institucional en que se ha convertido la AFA”. “La culpa es de Segura y de ‘Chiqui’ Tapia que no supieron organizar los vuelos y hasta dejaron a los jugadores sin comer varados en un avión”. “Nooo, el responsable es Martino, que armó la lista con los amigos de Messi y de Mascherano y se llenó de lesionados”. Hay para todos los gustos.
Sería bueno que Messi siguiera jugando en la Selección, que continuara buscando ese título que se le niega. Sería bueno que la AFA se organizara seriamente, pero que quede claro que de ningún modo perdimos en la cancha por los desmanejos dirigenciales. Sería mejor ejercitar la autocrítica, entender que el equipo, ante el primer gran desafío que le planteó la Copa América, no estuvo a la altura de las circunstancias y que por eso le tocó perder.
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