¿Así que Leo Messi no ganó Mundiales? Que se jodan entonces los Mundiales.
Palabras más, palabras menos, lo escribió el gran periodista brasileño Juca Kfouri cinco días antes de la final de la Copa América. “Messi espectacular”, se llamó el artículo, publicado en Folha de San Pablo, el diario más importante de Brasil. Kfouri recordó que décadas atrás, los críticos de Zico, uno de los principales cracks en la historia del fútbol brasileño, le reprochaban siempre que no había ganado Mundiales. Y que fue su colega Fernando Calazans quien entonces escribió: “¿Así que Zico no ganó Mundiales? Mala suerte para los Mundiales”. Un “mala suerte” que, si le añadimos cierto fastidio, podríamos traducir nosotros “que se jodan los Mundiales”. O las Copas América. Porque Messi, dijo Kfouri, y coincidimos con él, después de una década de goles y hazañas en serie, no tiene que demostrarle nada a nadie. “Ni aunque falle penales” en la final de Nueva Jersey, Messi “dejará de ser lo que ya es y será para siempre en la historia del fútbol”, escribió, profético, Kfouri, brasileño que ama el fútbol y que por eso quería ver campeón a Messi. “No porque él lo precise, sí para que los pobres de espíritu no tengan más tonterías que decir sobre él”.
También Jorge Valdano, en su columna semanal en el diario mexicano Record, recordó el sábado que Messi celebró sus 29 años anotando un golazo de tiro libre a Estados Unidos para pasar a la historia como goleador histórico de Argentina, justo en la semana en la que Diego Maradona festejó los treinta años de su coronación en México. “Como su pelea es contra un mito”, escribió Valdano, “nada de lo que haga bastará para que Argentina lo santifique. Messi no juega finales para alcanzar la gloria, sino para que lo perdonen. No se sabe muy bien el qué. Si Argentina gana se atenuará su condena y, en este nuevo matrimonio entre fútbol y política, nos parecerá más patriota. Todo esto no es porque el fútbol se haya vuelto loco. El que se está volviendo loco –cerró Valdano- es el mundo”. Basta ver también de qué modo jugadores hablan de patria, gritan himnos y ven las peleas de sus fanáticos para advertir que también en la culta Europa el fútbol toma dimensiones cada vez más desproporcionadas. Aunque para algunos resulte tentador, no es bueno dejar a la pelota como refugio único de la patria.
Argentina, otra vez, perdió una final por milímetros. El anuncio de renuncia de Messi cambió el debate. Leo aclaró que su decisión no se vincula a las críticas que él había formulado a la AFA días antes de la final. Estalló por el atraso de un vuelo que no era responsabilidad de la AFA. Sumó acaso cuentas previas, como la que permitió que el Tata Martino llegara a las puertas de la Copa con siete meses de atraso salarial. El liderazgo de Leo había vuelto al tapete. Y Messi, sorpresivo en él, decidió lo inesperado: criticar públicamente a la AFA. El mismo se autocriticó luego diciendo que su tuit sobre el “desastre” de la AFA acaso no fue oportuno a tan pocas horas de la final. Martino habló tras la derrota de responsabilidad de toda la dirigencia, de los que están adentro y afuera de AFA. Pero aclaró que no fue esa la causa de la derrota. Por la nueva TV, por el cambio de paradigma de los nuevos tiempos políticos, porque simplemente no quiere que el poder de la pelota quede en manos enemigas, por lo que fuere, el gobierno de Mauricio Macri también ayudó a este desaguisado. No fue sólo la AFA. Ahora, después de la derrota, se percibió ayer un intento de tregua para evitar eventuales represalias de la FIFA. La selección deberá seguir jugando eliminatorias. Y Boca semifinales de Libertadores. Ojalá se hubieran dado cuenta antes.
A todos los gobiernos les interesa la pelota. Estados Unidos, que lo llama soccer y coloca por delante a su football, al béisbol, a la NBA y al hockey sobre hielo, sabe que la Copa América del Centenario fue un gran acontecimiento para buena parte de su población latina. En la transmisión de la final, Hillary Clinton, candidata en las elecciones presidenciales, emitió un comercial a esa parte de la población para reivindicar la política migratoria de Barack Obama, afectada por una reciente decisión de la Corte Suprema. Fue un anuncio en español, que buscó marcar contraste con la política de su rival, Donald Trump, el hombre que, en cambio, quiere construir muros. El fútbol, sabemos, sigue en crecimiento en Estados Unidos. No hay en el mundo otro país con tantos niños de ambos sexos que jueguen al fútbol. Se sumó estos últimos años una Liga profesional renacida, con más estrellas y equipos. La final tuvo un escenario formidable. Pero los números de la Copa no acompañaron ese crecimiento. Dos años atrás, 30.000 hinchas fueron al Soldier Field para ver a Estados Unidos caer ante Bélgica en el Mundial de Brasil. En esta Copa, Estados Unidos jugó en ese estadio ante Costa Rica. Había apenas 40.000 para un escenario con capacidad para 61.000 personas. Los 47.000 hinchas que fueron luego a la victoria contra Ecuador en Seattle superan la media de 30.000 que tienen los partidos de la Liga local. Pero siguen siendo pocos si se los compara con las 80.000 que llenan estadios cuando van a jugar amistosos de pretemporada Manchester United, Milan, Real Madrid o Barcelona.
Messi, como sus compañeros, buscó acaso como nunca el título que se le sigue escapando. Martino sabía de la necesidad. De la lógica de jungla resultadista que domina al deporte de la alta competencia
Messi, justamente, robó los flashes del torneo, aún jugando poco y nada en primera fase. Brasil, que no trajo a Neymar, siguió siendo una sombra, Luis Suárez ni siquiera pudo jugar para Uruguay y la responsabilidad mayor quedó para Messi, figura central de los hinchas que pagaron boletos de 65 a 450 dólares, aunque luego los precios treparon a casi mil dólares. Univisión Deportes (canal en español) tuvo mejores ratings que en el Mundial de Brasil. No fue así en el canal en inglés, cuyas mediciones cayeron drásticamente. La media de Estados Unidos fue superior igualmente a la de 25.000 hinchas que registró la Copa América de Chile. Pero, me cuentan dirigentes sudamericanos, no quedó en la Conmebol una buena sensación de esta Copa que incluyó también a los mejores de la Concacaf. A nivel deportivo, México fue humillado 7-0 por Chile y Estados Unidos 4-0 por Argentina. Los mejores goles de Estados Unidos, dicen irónicos esos dirigentes, fueron los del FBI, que arrestó a los dirigentes más corruptos y se apresta a dictar condenas más leves, a cambio de una delación que jaqueó como nunca a la Soberana República de la FIFA.
Messi, como sus compañeros, buscó acaso como nunca el título que se le sigue escapando. Martino sabía de la necesidad. De la lógica de jungla resultadista que domina al deporte de la alta competencia. “¿Creés que el reconocimiento va a depender sólo del resultado?” de la final, le había preguntado el jueves un periodista. “Mi pensamiento no, pero el de ustedes (los periodistas) sí. Estoy seguro. Y digo que no –siguió Martino- porque ya lo vi en Brasil”. En Brasil, Argentina jugó su mejor partido del Mundial en la final contra Alemania. Pero faltó el título. El título que sigue faltando. Chile, por calidad, por ranking y por historia reciente, fue el mejor rival. Argentina eligió acaso ganar antes que jugar. El miedo a un nuevo fracaso afectó la idea de juego. Messi jugó demasiado aislado. Y se aisló aún más apenas falló el penal, pese a que todavía seguía la serie. La mochila pesa ahora diez toneladas más. Injusto, pero es así. Hay carga ajena, que no le corresponde. Pero hay carga propia. La de su dolor interno.
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