Por HECTOR COLLIVADINO (*)
Aquel día glorioso llegó con Maradona ya instalado en la cima. Autor del más extraordinario gol de la historia de los mundiales, redondeaba un torneo perfecto. Había desparramado en su desarrollo gran parte de su genial repertorio consagrándose como indiscutible sucesor de Pelé. Pero ahora la parada obviamente era más que difícil. La Alemania de Rummenigge, siempre temible, destinaba a otra gran figura, Lothar Matthaus, al cabo cinco veces mundialista, como su principal marca. Con todo, un alto volumen de juego consolidaba un 2 a 0 arriba y el título estaba a un paso. Diego había aportado mucho de lo suyo en el trámite, aunque sin convertir.
En lo técnico, como en lo táctico y estratégico, el rendimiento había sido impecable en las siete presentaciones
Nadie lo esperaba, pero los bravíos germanos en arrolladora reacción lograron la hazaña. La cómoda ventaja quedó esfumada como por arte de magia. Un par de grietas defensivas impensables se abrieron cerca del final y el baldazo de agua fría del 2 a 2 sorpresivo pronosticaba alargue y quizá penales. Entonces, en ese momento crucial, el genio del Diez apareció lleno de esplendor para, con gran personalidad y carretel, ponerle el moño a la obra maestra: su zurda exquisita tocó en profundidad al vacío eternizando también a Burruchaga quien con incontenible pique y maestría aprovechó a pleno colocando la chapa del 3 a 2 que cambió la incertidumbre y angustia por alegría irrefrenable convirtiendo a Argentina en la capital del júbilo y el delirio.
¡Cuánta locura y emoción de los hinchas y los escasos periodistas también hinchas- como cuando de Selección nuestra se trata- en ese mítico estadio! En cancha y vestuarios el fervor por la celeste y blanca era inenarrable. Las imágenes más aún. Esa tarde fue perfecta. Todos nos sentíamos un poco Maradona, un poco héroes.
Minutos más tarde, en una reflexión final que nos obligaba a afinar la puntería como nunca, el balance primario denunciaba que salvo Pelé en el mismo Azteca en el 70 coronando su tricampeonato, ningún otro jugador había logrado brillar tanto como Diego; que la Selección se consagró extraordinariamente casi como aquel Brasil del 70 con puntaje ideal; que consecuentemente Bilardo, cuestionado y hostigado al máximo hasta poco antes del debut ante Corea, ya era héroe nacional y reconocido mundialmente.
En lo técnico, como en lo táctico y estratégico, el rendimiento había sido impecable en las siete presentaciones -salvo esos minutos ante Alemania- y lo colectivo armonizaba con lo individual donde las capacidades habían crecido exponencialmente acompañando a la excluyente figura del Diez, el nuevo Rey.
Rebobinando, el ciclo Bilardo, que terminó en Italia 90 con un más que meritorio subcampeonato dejando atrás nada menos que a los locales (“seamo fuori”) y antes a Brasil, entre otros, tuvo un telón excepcional de su primera parte en México.
Empezó con la base del Estudiantes bicampeón. Tuvo actuaciones regulares pero otras excelentes como en los triunfos de visitante ante Colombia en eliminatorias y Alemania por 3 a 1. Todo empeoró en el 85. Especialmente contra Perú (0-1 en Lima) con una clasificación agónica en River con 2 a 2 cuando Gareca cerró angustiosamente el marcador. En los 180 minutos el equipo estuvo ausente con un Maradona increíblemente absorbido por la marca. Apenas Fillol, Passarella que se fue ovacionado y un poco Gareca, esquivaron las críticas generalizadas y amplificadas por algunos grandes medios.
Una vez instalado el grupo en la concentración del América mexicano, la situación se calmó. La unión hizo la fuerza
Bilardo, blanco preferido, con problemas con Diego, el capitán, y finalmente cuestionado hasta por el propio presidente Alfonsín, a quien persuadieron de no actuar, salvó el pellejo por milagro.
Pero una vez instalado el grupo en la concentración del América mexicano, la situación se calmó. La unión hizo la fuerza. Un mes después en el estadio Azteca todo brilló como el oro.
A 30 años, la cosa no varió demasiado, la AFA en particular y la propia FIFA luchan por salir del caos. Con la Selección soñando con que Messi se consolide en 2018 como Diego en México. La grieta, como se le llama ahora, sigue intacta. Entre bilardistas y menottistas inclusive y hasta los héroes como Maradona y Bilardo tan mancomunados en México, ni se saludan. Diego, en un nuevo libro suyo, le tira con misiles. Ni hablar de sentarlos para un café.
En fin, cada quien tiene sus derechos y sus razones para opinar no sólo sobre el tema que nos ocupa, sino sobre Messi o el papa Francisco. Eso todavía es gratis.
Pero por esta vez, sólo por hoy y durante un ratito, seamos buenos: tomémonos de la mano y festejemos por aquel gol contra Inglaterra, por la coronación y por la gente en la Plaza de Mayo con los héroes en el balcón.
¡Eramos tan felices!
(*) Fue uno de los enviados especiales de este diario al Mundial de México de 1986
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