Algo extraño parece ocurrir entre la política y los colores. Se le asignan una importancia que no sería fácil de entender. ¿Cuál es la manía por imponer un determinado color? ¿Cuál es el beneficio de pintar todo de naranja, de rosa o de amarillo?
Por supuesto, podría argumentarse que los colores han jugado, desde siempre, un papel gravitante: definen las banderas, las camisetas, los uniformes militares... Definen, inclusive, los estados de ánimo, la pureza, la envidia, la esperanza o la oscuridad... Pero ahora la cosa parece pasar por otro lado; como si el color fuera una forma de marcar territorio en la política.
Alguien “vende”, seguramente, los cambios de colores. A algún estratega brillante h asesor estrella se le ocurre que “el amarillo es más amigable”; que el “naranja es más motivador” o que el “azul trae recuerdos del pasado”. Por esas ocurrencias se suelen cobrar jugosos honorarios.
No hace falta decir que los cambios de color cuestan fortunas. Pasar de las obleas naranjas a las rosas y amarillas no es gratis para los platenses. ¿Será un gasto justificado? ¿Beneficiará a los vecinos?
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