No son muchos los que festejan un nuevo feriado. En contra de lo que podría suponerse, varias encuestas muestran que la mayoría se opone a este jolgorio de fechas en rojo. Y quizá no resulte tan extraño.
Para los profesionales independientes y los cuentapropistas, un feriado es un día que no cobran; para muchos comerciantes, es sinónimo de pocas ventas; para pequeños y medianos empresarios, una jornada que cuesta el doble. Y para la mayoría de los trabajadores del sector privado, es un día como cualquier otro, sólo que los chicos no van al colegio, y a veces eso implica esfuerzos y malabares para organizar la rutina familiar.
Los que los votan con entusiasmo son los legisladores. Pero está claro que no son un “gremio” precisamente mayoritario.
A esta altura, ni siquiera está claro que sea redituable para el sector turístico. Son tantos los feriados, que el impacto sobre ese rubro se termina diluyendo. No son mayoría los que pueden hacerse una escapada todos los fines de semana largos. Y en todo caso, muchos achican el presupuesto para administrar las frecuentes minivaciones.
En ese sentido, el del 17 de junio -si es que ya se aplica este año- no parece ser un feriado turísticamente muy tentador: se pega con el Día del Padre; cae en plena ola polar y estará más cerca del fin de mes que del cobro del aguinaldo.
Los feriados antes tenían el sabor especial de lo ocasional, de lo que se salía de la rutina. Hasta eso parecen haber perdido. De muchos ya ni se sabe por qué se celebran. Quizá sea lo bueno: la excusa para repasar libros de historia. Pero las bibliotecas y las escuelas estarán cerradas.
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