América también tuvo su Homero, su primer cronista, historiador y poeta que dejó narraciones inaugurales. Se lo considera como precursor de la literatura hispanoamericana y ese calificativo deja de parecer exagerado al internarse en cualquiera de sus páginas. En su estilo se anticipan las prosas estilizadas y coloridas de Alfonso Reyes, Manuel Scorza, Mario Vargas Llosa, José Arguedas, Gabriel García Márquez o Alejo Carpentier, entre otros grandes escritores casi aún contemporáneos.
Nació en Lima, Perú, el 12 de abril de 1539 y murió en la ciudad andaluza de Córdoba, España, el 23 de abril de 1616, es decir hace 400 años al igual que Cervantes y Shakespeare. Y fue en este 2016 que se le rindieron homenajes como nunca antes en distintos países, al compartir el año de fallecimiento con esas dos cumbres literarias. La historia cuenta que el autor del Quijote estuvo a punto de conocerlo.
Su nombre de nacimiento fue el de Gómez Suárez de Figueroa, pero fue por su apodo -el Inca Garcilaso de la Vega, que adoptó en España- que aún se lo recuerda y venera. Era hijo reconocido del español Sebastian Garcilaso de la Vega y de su madre la ñusta o princesa inca Isabel Chimpu Ocllo, nieta del Inca Túpac Yupanqui y sobrina del Inca Huayna Cápac, emperador del “reino de las cuatro partes o suyos” o Tahuantinsuyo (nombre del Imperio incaico en su lengua nativa quechua).
“Fue hijo de un vencedor y de una vencida”, se dijo en alusión al triunfo del conquistador español sobre el imperio indígena. Se lo llama también como “el primer mestizo biológico y espiritual de América”, el primero que fusionó las dos herencias, la indígena ancestral y la que llegó de Europa. Se lo conoció también como el “príncipe de los escritores del Nuevo Mundo”, aunque para el Inca Garcilaso nunca existieron en realidad dos mundos.
Todos los mundos son espacios habitables, decía. Los occidentales hablamos de Viejo Mundo y Nuevo Mundo, pero el Inca Garcilaso en su mejor obra, “Comentarios Reales”, nos enseña que “Mundo Viejo y Mundo Nuevo es por haberse descubierto éste nuevamente para nosotros, y no porque sean dos, sino todo uno”
Críticos literarios de distintas épocas, como Ménendez y Pelayo, Ricardo Rojas, Raúl Porrás Barrenechea o el dominicano y casi platense Pedro Henriquez Ureña, entre muchos otros, destacaron el precioso manejo del idioma castellano que caracterizó al Inca Garcilaso de la Vega que, por otra parte, era sobrino nieto del célebre poeta Garcilaso de la Vega del Siglo de Oro de España.
Otras obras suyas fueron “Traducción de los diálogos de amor de León Hebreo” (1590); “La Florida del Inca” (1605); Historia General del Perú (1617, póstuma) y Genealogía o relación de la descendencia del famoso Garci Pérez de Vargas (1929, póstuma).
Su obra principal, los Comentarios Reales, publicada en Lisboa en 1609, expone un colorido y detallado cuadro de las costumbres y de la cultura de los Incas y de otros pueblos del antiguo Perú
EL IMPERIO INCA
Su obra principal, los Comentarios Reales, publicada en Lisboa en 1609, expone un colorido y detallado cuadro de las costumbres y de la cultura de los Incas y de otros pueblos del antiguo Perú. Allí, por caso, describe a la majestuosa ciudad de Cuzco –capital de aquel reino maravilloso- a la que define como “otra Roma en aquel imperio”.
En los Comentarios, dice, “se verán las cosas que en aquella República había antes de los españoles, así en los ritos de la vana religión, como en el gobierno que en paz y en guerra sus reyes tuvieron, y todo lo demás que de aquellos indios se puede decir, desde lo más ínfimo del ejercicio de los vasallos hasta lo más alto de la corona real”.
El oro, el oro abundante y pródigo brilla en los párrafos del Inca Garcilaso, como habrá brillado en el enorme disco de oro dedicado al dios Sol, que fue el dios de los Incas –un disco sólido de diez o más metros de diámetro- como los tablones de oro que cubrían las paredes de ese palacio de ensueño desde el techo hasta el suelo. Todas las casas reales de los Incas, dice, “excedieron a todas las casas de los reyes y emperadores que hasta hoy se sabe que hayan sido en el mundo”.
Habla luego de las paredes de esas casas, hechas “de cantería maravillosamente labrada”. Y entonces el Inca Garcilaso explica por qué los españoles derrumbaron esas casas, por qué no dejaron ninguna en pie, que no fue por una cuestión religiosa o política. Como se verá, la explicación es simple:
“En muchas casas reales y templos del Sol echaron plomo derretido y plata y oro por mezcla (porque los indios del Perú no supieron hacer cal ni yeso, teja ni ladrillo)”. Echaban esa mezcla ilógica, imposible de imaginar, “para mayor majestad” de la casa, lo cual fue la causa de la total destrucción de aquellos edificios; porque por haber hallado estos metales en algunos de ellos, los han derribado todos buscando oro y plata, que los edificios eran de suyo tan bien labrados y de tan buena piedra, que duraran muchos siglos, si los dejaran vivir”.
Aquellos indios capaces de hacer obras arquitectónicas asombrosas no sabían escribir, al menos con nuestro alfabeto. En cambio “contaban por hilos y ñudos: había gran fidelidad en los contadores” dice el Inca Garcilaso. Lo que para nosotros se llama palabra o número, para ellos se llamaba “quipu” y eran nudos en hilos de diferentes colores. La explicación de este lenguaje (capítulo XVIII) de la obra es compleja: la trama (el alfabeto de signos) mezclaba nudos y colores.
Había escribanos e historiadores que custodiaban ese lenguaje y que, como tales, “guardaban los registros, que eran los quipus anuales que de los sucesos dignos de memoria se hacían”. A través de ellos se comunicaban las ordenanzas y se daba noticias de los sacrificios y de las fiestas”. Eran como bibliotecas de quipus, de nudos, y de ellas no quedó rastro alguno. Se perdió ese lenguaje para siempre.
“De manera que cada hilo y ñudo les traía a la memoria lo que en sí contenían, a semejanza de los mandamientos o artículos de nuestra santa fe católica”, relata el Inca, que allá por 1590 decidió ordenarse sacerdote, luego de una vida de intensa actividad literaria y humanística en Sevilla, Córdoba y Montilla.
En 1612 Garcilaso compró la Capilla de las Ánimas en la Catedral de Córdoba, donde su hijo sería sacristán y donde quiso ser enterrado, y murió cuatro años después, entre el 22 y el 24 de abril de 1616 como fechas probables. El 25 de noviembre de 1978 el rey Juan Carlos I de España hizo entrega de una arqueta que contenía una parte de sus cenizas, que reposan actualmente en la Catedral del Cuzco peruano.
TESTIMONIOS
Luego de señalar que la prosa del Inca Garcilaso dejó la epopeya de un imperio y de una conquista, Vargas Llosa lo llama como “el más artista entre los cronistas de Indias”, dueño de una “palabra tan seductora y galana (que) impregnaba todo lo que escribía de ese poder de sobornar al lector, que sólo los grandes creadores infunden a sus ficciones”.
El también peruano y escritor, José Antonio Mazzoti, dice del Inca Garcilaso que “su familia materna eran los antiguos gobernantes Incas, y por ello, él describe a los Incas como monarcas benévolos que gobernaban un país donde todos vivían en una patria de justicia y abundancia, donde no había mendigos ni ociosos”. Garcilaso niega que en el tiempo de los Incas se hicieran sacrificios humanos, pero reconoce que era una práctica ancestral anterior al imperio inca, en una época brumosa a la que denomina gentilidad.
Sigue diciendo Mazzoti: “Este 2016 se cumplen 400 años de la muerte del Inca Garcilaso de la Vega y el mundo lo conmemora en grande. Pero ¿por qué tanto barullo? Todo parecería indicar que un autor muerto hace cuatro siglos ha perdido actualidad. Sin embargo, hoy más que nunca el Inca Garcilaso nos ofrece respuestas válidas a algunos de los problemas urgentes de la región.
“Basta releer sus Comentarios reales para entender el tratamiento respetuoso que las culturas indígenas daban a la naturaleza, el sentido de la reciprocidad entre Estado y pueblo, que eliminó el hambre y el desempleo en una sociedad preindustrial (aunque teocrática), las ventajas del bilingüismo y de la tolerancia ante cosmovisiones distintas de las nuestras; en fin, muchos otros temas y propuestas que se encuentran en su obra mayor.
La periodista Laura Ventura define así a los Comentarios Reales: “Este tesoro monumental provee de un acervo único en su especie, no sólo lexicográfico, ya que allí se preservan la historia, los mitos, las costumbres, el saber y la cultura popular del imperio inca, una civilización que ha dejado sus huellas y cuyo legado aún se palpa en América latina”.
El origen de los incas, sus costumbres, sus idolatrías, sus leyes y gobiernos en épocas de paz y guerra, la ornamentación de sus templos y casas, las guerras entre Pizarro y el Virrey, el lenguaje enhebrado con párrafos que contienen visiones suntuarias y a veces, también, terroríficas, todo ello formando un libro fundacional, una deslumbrante crónica de esa epopeya librada entre memorias y olvidos que son los Comentarios Reales, el libro de ensueño del Inca Garcilaso, el primer mito de la literatura latinoamericana.
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