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Las otras vacaciones

Por Redacción

Por SERGIO SINAY (*)

Mail: sergiosinay@gmail.com

Isaac Newton (1643-1727) desempeñaba varias actividades a la vez. Era físico, teólogo, filósofo, matemático, y solía practicar también la alquimia. Se podría pensar que no tenía un minuto libre. Sin embargo, según cuenta la leyenda, no fue sentado y dedicado febrilmente a alguna de aquellas tareas como descubrió, en 1687, la Ley de la Gravedad, que hoy nos parece tan natural pero en la que nadie había reparado antes que él. Por supuesto se trata de una ley con la cual funciona la Naturaleza y no depende nuestra voluntad ni de la mano del hombre. Según esta ley, todo lo que en universo tenga masa y esté formado por partículas ejercerá atracción sobre otros cuerpos, y es el tamaño de cada uno de esos cuerpos el que determinará cuál ejerce atracción sobre el otro. Los seres humanos, así como todo lo que existe sobre la Tierra, somos infinitamente más pequeños que el globo terráqueo y así es como permanecemos “pegados” a su superficie y todo lo que se eleva cae, a menos que vaya más allá del campo gravitatorio del planeta.

Se dice que Newton estaba echado en su jardín, durante una tarde templada, dejándose envolver por el canto de los pájaros y el suave murmullo de la brisa, con la mirada flotante y la mente detenida cuando, desde esa nada, surgió la idea. Su cerebro no fue dirigido hacia ella. Vagando, y por iniciativa propia, la mente llegó hasta allí.

Por qué es necesario trasladarse, cargar valijas, soportar demoras en los aeropuertos y terminar amontonándose con otros seres humanos en un bullicio a veces ensordecedor, si de lo que se trata de es no hacer nada

No son muchas las oportunidades que nos damos de permanecer en ese estado contemplativo que los antiguos filósofos chinos llamaban “wu-wei”, término que podría traducirse como “vacío fértil”. Para que algo crezca en esa fertilidad, el vacío debe ser provocado. Tiene que existir la voluntad de crearlo y respetarlo. El comediógrafo norteamericano Robert Orben, que solía escribir los discursos del presidente Gerald Ford, dijo alguna vez que “En unas buenas vacaciones no tienes nada que hacer y tienes todo el día para hacerlo”. Siguiendo la línea de ese pensamiento cabe preguntarse por qué es necesario trasladarse, cargar valijas, sufrir embotellamientos, tanto a la ida como al regreso, soportar demoras en los aeropuertos y terminar amontonándose con otros seres humanos en un bullicio a veces ensordecedor, si de lo que se trata de es no hacer nada.

LA NADA FERTIL

Nada es algo que se puede hacer sin moverse de donde uno está. Pero eso no significa que no hay un viaje por hacer. Solo que no se trata de un trayecto físico, sino de una excursión al corazón de uno mismo. Así como Newton no tuvo que ir al confín de la tierra para dar con la Ley de la Gravedad, sino simplemente echarse en el jardín de su casa y no exigirse nada más que contemplar, unas buenas vacaciones pueden consistir en el simple hecho de observar la propia vida, las propias necesidades, el camino recorrido, o, sencillamente, hacer nada. Verdaderamente nada.

Esta palabra suele aterrorizar a los humanos, y huyendo ella acabamos por atiborrarnos de actividades, compromisos y obligaciones, de los cuales luego nos quejamos. Pero eso nos aleja de la nada. Sobre todo de la nada fértil. De saber cuáles son nuestros destellos creativos, nuestras intuiciones más profundas, nuestros pensamientos más propios e intransferibles, cuándo podemos mantenernos, sin angustia ni temor en un estado contemplativo.

El periodista y escritor Elbert Hubbard (1856-1915) pensaba que nadie necesita más unas vacaciones que quien acaba de tomárselas. Detrás de la ironía, en su frase había una buena cuota de verdad. Si se contempla que la misma palabra vacaciones proviene del verbo latino “vacare”, que alude a vacío o desocupado, se verá que ese significado a menudo está distorsionado en los hechos. Pocos espacios de tiempo suelen quedar vacíos durante las vacaciones y las ocupaciones, lo que “hay” hacer, así sea para que todo resulte divertido, para que nadie se aburra se multiplica, de tal manera que el tiempo se acelera, casi todo ocurre “afuera” (salidas, comidas, deportes, compras, etcétera) y no hay tiempo para la contemplación, la interioridad, la reflexión, el descubrimiento de los paisajes que habitan el alma de una persona.

Dado que la vida cotidiana es hoy agitada, atravesada por tareas múltiples y obligaciones diversas, las vacaciones ofrecen una oportunidad que la realidad de cada día niega. En una pareja puede ser la de fertilizar y profundizar su intimidad, aprender qué los acerca y les permite conocerse cuando están solos, lejos del ruido pero en espacios conocidos y poco transitados. Una suerte de retiro afectivo que les permita reconocerse, redescubrirse, reforzar lo establecido, abrir nuevas ventanas. En una familia, puede presentarse la oportunidad de recorrer todos juntos esos escenarios por los que habitualmente pasan sin hacer contacto, rápidamente, y cada uno por su cuenta (la plaza del barrio, un restaurante, algún lugar histórico de esos que, por tenerlos cerca, jamás visitamos). Una familia puede compartir momentos de juego, de tareas conjuntas (arreglos en la casa, reacomodamiento de muebles, limpieza de bibliotecas, bauleras y demás) sin necesidad de viajar kilómetros para después dedicarse a cada uno a lo suyo y regresar sin haber tenido momentos en los cuales cada quien contó las mejores cosas de este momento en su vida y también aquellas que le disgustan o preocupan. En las vacaciones, en fin, una familia puede aprender a conocerse, acercarse e incluso, por qué no, aprender a aburrirse juntos. Porque el aburrimiento es parte de la vida y a menudo ha sido el umbral de grandes descubrimientos sobre uno mismo o sobre el mundo. Y, por fin, a una persona sola las vacaciones le ofrecen la posibilidad de viajar sin equipaje al interior de sí e incluso si este fuera un viaje hasta ahora postergado por temor, acaso sea la oportunidad de aceptar ese temor y explorarlo hasta conocer sus razones y sus verdaderas dimensiones.

Para todos, las vacaciones son un también momento de vocaciones. A veces de vocaciones postergadas: dibujar, pintar, cocinar, iniciar el aprendizaje de un instrumento, escribir (así sea iniciando un diario personal), la jardinería, una huerta y tantas más. Vocaciones que piden tiempo, tranquilidad, poca agitación y ningún reclamo externo.

Unas buenas vacaciones pueden consistir en el simple hecho de observar la propia vida, las propias necesidades, el camino recorrido, o, sencillamente, hacer nada. Verdaderamente nada

LAS VACACIONES DE NEWTON

Esbozamos aquí solo algunas posibilidades de vacaciones que significan transformación, acercamiento, refuerzo de los vínculos, acceso al propio mundo interno. Viajes interiores, sin maletas ni grandes costos económicos, sin decepciones, y de las cuales se sale con nuevos (o fortalecidos) recursos para la vida que sigue. Vacaciones de las que no se regresa con fotos ni videos, desde las cuales no se mandan whatsapp, ni otro tipo de mensajes. Pero que pueden dejar recuerdos menos parecidos unos a otros y huellas emocionales, espirituales y afectivas imborrables.

Pensándolo así podría decirse que Isaac Newton fundó la física mientras estaba realmente de vacaciones.

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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